miércoles, 11 de marzo de 2015

Espai Kru

Tras dos fallidos experimentos –al menos fueron con gaseosa- puse el resto por el restaurante Espai Kru y, como era de prever, la apuesta fue todo un éxito.

Pero antes de entrar en el detalle de la mejor, de la más completa de la cenas que me he regalado en el “spin off” del restaurante Rías de Galicia, divaguemos algo sobre esta estrella –injusta y cicateramente en la sombra- del panorama gastronómico barcelonés.

Hay matrimonios de conveniencia (los de tantos cocineros estrellados con todavía más estrelladas cadenas hoteleras), otros que fagocitan (la trayectoria de Pellicer o de Franco dan fe de ello) y otros claramente simbióticos y, sin lugar a dudas, éste último es el caso del enlace entre los Iglesias y los Adrià.

Simbiosis, o efecto positivo –apunte hecho para algunos de los lectores que están sufriendo los planes educativos del Ministro Wert (el “Voldemort” para la academia y la cultura españolas y también para casi todo hijo de vecino)-, que, a mi entender, dónde más se advierte, por paradójico que pueda parecer, es en los negocios, en las casas de comidas –denominación mucho más prosaica y que, a la vez, hace justicia a lo que la familia Iglesias siente y ha hecho, hace y, de bien seguro, hará por la gastronomía de nuestra ciudad- regentadas en solitario por los hermanos Iglesias (Borja, Pedro y Juan Carlos) y cuyos fogones capitanea el cada día más brillante Ever Cubilla.

Y tras esta breve -¿Lo habéis agradecido, verdad?- excursión, y el siguiente aviso para navegantes…

Vaya por delante que, sintiéndolo mucho –solo en términos estilísticos, pues este pesar se transforma en gozo en el paladar-, en la crónica de hoy no disfrutaréis de una paleta de calificativos o adjetivos demasiado plural –por no decir que será muy parca-.

He aquí una de los mejores ágapes que uno puede regalarse a día de hoy en Barcelona.

Ágape que no solo hace honor al bello y acogedor marco que lo cobija, sino que, con creces, lo sobrepasa, y al que dieron forma:

Un muy buen pan de algas acompañado por un buen –de los pocos campos en los que el margen de mejora es amplio- aceite.

Una excelente croqueta de gamba y centolla. Croqueta que, por su untuosidad, su crocante y, sobre todo, por su intensidad, sitúo en mi Top 3 barcelonés (con las de los restaurantes Coure y Vivanda).

Una colosal navaja XXL de las Cíes –viva, por supuesto-, aderezada con mostaza y jengibre. Sin duda, si la dificultad en la captura de este molusco fuese pareja a la de los percebes, seguro que su precio sería astronómico. Algo parecido sucedería con las sardinas o los huevos si no tuviésemos la suerte que estos majares sean tan abundantes -¡Qué manía con valorar las cosas más por lo que cuestan que por lo que valen!-.

Unas yemas de erizos con aguacate, fondo de mar, gelatina de leche de almendras y shisho, que identifico como uno de los mejores bocados de la ciudad por el precioso y sabrosísimo collage que forman las notas iodadas del erizo y del fondo de algas, las de frutos secos y lácteas que aportan el aguacate y la leche de almendras y las frescas que aportan el aguacate y el shisho –para ser la hoja perfecta, solo le faltaría que se pudiese fumar-.

Un notable langostino con leche de tigre de maracuyá, aguachile y aguacate. Sin duda, mejora la versión con gamba probada en anteriores visitas, pues la textura del langostino, a mi entender, marina más con estos “ceviches”, no obstante, esta versión, y dado que la cabeza del langostino tiene mucho más que ver con la de algunos políticos que con la rebosante de sabor de las gambas, yo la reformularía como canelón de aguacate y langostino.

Una pornográfica –el término que el genial David de Jorge reserva a la excelencia en el terreno de la comida “guarra”- arepa de anguila, erizo y citronela –¿Demasiada? Para muchos seguro que sí, aunque el punto refrescante que aporta se antoja necesario en esta versión de lujo de Fast food-.

Un muy buen sashimi soasado de dento, envuelto en alga combu –delicado el matiz dulce que le aporta- y acompañado de un majado de wasabi, erizo y soja. Así el Dento sí –hasta corvina comería con esta preparación-.

Un sashimi de ventresca de atún D.O. Balfegó –sin duda, el mejor del mercado-. Un plato, por sí solo, de 10, pero venía con sorpresa de…

¡Trufa de la Ribagorza ilerdense! Como la de Graus, pero mejor –barriendo para casa-.

¡Vaya matrimonio! Para que luego digan que no pueden tenerse dos gallos en un mismo gallinero. El cacareo resultante: un plato de 11.

Una buena, aunque no al nivel de la de Ángel León, parpatana de atún con puré de celerí a la vainilla y pimientos escalivados.

Una excelente costilla de cerdo ibérico –se deshacía solo mirarla- con tuétano y “katsuobushi”. Envuelta con la alga que la acompañaba, tres bocados nuevamente pornográficos.

Y la gran primicia: ¡Habemus postres!

Por fin en el restaurante Espai Kru, y para que las comidas no acaben en coitus interruptus –cómo estoy hoy- no hará falta recurrir a su magnífica selección de quesos D.O. Vila Viniteca (gran labora la de Eva). Dan fe de ello:

Un tan divertido, como sabroso y refrescante “hongo” impregnado con fruta de la pasión y lima. Una vuelta de tuerca a las ya algo ajadas, y mal denominadas, frutas osmotizadas.

Una excelente crema de calabaza, con gelée de limón y helado de tiramisú.

Un irregular, por plano a la vez que desequilibrado, borracho de mojito con menta y saque. Sin duda, el único postre que requiere de una revisión.

Y un soberbio –en la mejor, la tercera, acepción de la palabra- taco de quicos, cilantro, guayaba y melaza mejicana. Uno de los mejores postres que he comido en mucho tiempo y que, con nostalgia, me evocó la “tatin” de pera con crema de queso, crujiente de quicos y helado de palomitas de la que tantas veces había disfrutado en el malogrado Libentia.

La guinda a la noche: un merengue de café, cacao y regaliz (algo subido de éste último) y un “limoncello” de maracuyá de los que disfruté en su agradable terraza.

En definitiva, por relación calidad (el producto con el que trabajan es insuperable y además lo trabajan bien) – satisfacción (a lo recién dicho os remito) – precio (de los más bajos de entre los grandes de la ciudad), tal vez, el mejor restaurante de Barcelona.

Bodega: Una de las más extensas cartas de Barcelona, aunque algo apolillada, algo falta de referencias más modernas, a excepción de la cuidadísima selección de vinos naturales de la que puede hacer gala. De entre éstos últimos, y gracias a la acertada recomendación de Paco, disfruté, y mucho, del vino tinerfeño Táganan Tinto 2013 (Negramol, Listan Negro, Moscatel Negra, Listan Gacho, Vijariego Negro) de la Bodega Envínate.

Precio: 80€ (precio medio 60€-90€)

En pocas palabras: Me he quedado sin ellas.

Indicado: Para todo Dios y, en particular, para descubrir que la buena cocina de fusión no es la que hace mecanos con países o tipos de restaurantes sino que es la que suma ideas o conceptos.

Contraindicado: Para… para… los que aceptan pulpo como animal de compañía y la Sirena como pescadería.

Carrer Lleida 7, Barcelona.
934 234 570

domingo, 8 de marzo de 2015

Mitja Galta

Todavía con los sentimientos encontrados –aunque más próximos al sinsabor que al éxtasis por tantos pregonado- a propósito de la cena en el restaurante El Pràctic, tropecé -¡Toma “spoiler”!- por segunda ocasión en pocos días, por enésima en toda una vida, en la piedra de tomar por buenos los elogiosos comentarios –los cantos de sirena- de aquellos que, por benevolencia en ocasiones o por intereses espurios la mayoría de veces, viendo siempre los montes teñidos de verde orégano no se dan cuenta de que con sus hechos, con sus palabras, no solo restan valor al mérito de muchos restauradores sino que –y lo que es más grave- frivolizan con los maltrechos bolsillos de quienes los leen.

Y tal tropiezo, caprichos del destino, tuvo lugar en la antigua morada del restaurante El Pràctic, hoy convertida en las ocho, pues está distribuido en dos acogedoras salas, paredes que dan cobijo al restaurante Mitja Galta.

Tras este arranque de crónica tan farragoso como propio en estas coordenadas web, pongamos algo de sintético negro sobre blanco.

Mitja Galta es el restaurante de Manel López (formado en las cocinas del estrellado Manairó) y de sus tíos Xavier y Elisenda.

Mitja Galta es el paradigma de la cocina popular.

Mitja Galta es menos de 1 metro cuadrado por comensal.

Mitja Galta es una política de precios cuanto menos surrealista, pues su menú degustación o su plato estrella valen –y de verdad que lo valen- solo 6 y 2 veces, respectivamente, lo que cuesta –que no lo que vale- su paupérrimo vermut.

Mitja Galta es un servicio tan amable y voluntarioso como flojo.

Mitja Galta es una propuesta gastronómica tan sugerente sobre el papel como excluyente para aquellos para los que el Almax es su fármaco de cabecera.

Y mi Mitja Galta, en la noche de ayer, fue:

Una chapata y un aceite de Osuna que, como Pepi, Luci y Bom, relegaríamos al montón.

Una tortilla de bacalao y alcachofas (solo sus tallos) de mucho mejor aspecto que sabor. A pesar de la notable textura y sabor de los tallos de alcachofa, un bacalao que lindaba con lo insípido y un huevo en exceso cocinado hacían de ella un plato a todas luces mejorable.

Una “cansalada viada” con calamarcitos –por su tamaño, debían ser de Bilbao-, judías blancas y ajada que era un paradigma de los claroscuros en cocina, pues unos excelentes calamarcitos rellenos de sus patas y un fondo para mojar pan hasta la saciedad -aunque éste no fuese propicio para tales menesteres- eran ensombrecidos por unas judías mediocres y, sobre todo, por una panceta cuyo corte, en exceso fino a tenor de su cocción posterior, afeaba mucho tanto a su textura como a su sabor.

Unas excelentes “Orejas de Antonio” –sin duda, en esta casa, ya sea regentada por Manel o por Andrés (aunque me quedo con las de éste último), y valga la redundancia, las orejas se sienten como en casa- absolutamente emborronadas por el barroco y pesado “empedrat” de lentejas y pimientos que las acompañaban. -¡¿Por qué?!-

Un buen meloso, carrillera… “Mitja Galta” de ternera con “parmentier” y fondo de carne que, a pesar del agradablemente subido punto de chocolate del fondo –sin duda, lo mejor del plato-y por culpa de una textura irregular de la carrillera y por un “parmentier” liviano –todo un oxímoron hablando de “parmentiers”-, no revestía de los galones suficientes, a mi entender, como para bautizar a un restaurante.

Una, según ellos, versión del Carrot Pie que, a mi entender, lo era más de una Sara dado el excesivo protagonismo del bizcocho y de la mantequilla. No obstante, ya fuese un pastel Sara o uno de zanahoria, era un postre de lo más anodino.

Y una resultona crema inglesa con compota de fresas, galleta de mantequilla y polvo de tomillo.

En definitiva, el restaurante Mitja Galta es una diáfana expresión de lo que hoy entendemos como cocina popular y a propósito del que me planteo si ésta, la cocina popular, democratiza o vulgariza nuestro acervo gastronómico.

Bodega: Más que mejorable carta de vinos dado el bajo perfil de sus referencias –sintomático que ellos mismos no crean que sus platos merezcan mejores partenaires en la copa-. Altrejo Roble 2013 (Tinta fina). Bodega Cid Bermúdez. D.O. Ribera del Duero.

Precio: 30€

En pocas palabras: Cocina popular.

Indicado: Para salir de casa, mojar pan y los que lo deseen, reflexionar, por menos de lo que cuesta un peine.

Contraindicado: Para los que prefieren unos “Manolos” a media docena de zapatos de Zara.

Carrer de la Constitució 181, Barcelona.
932 505 844

viernes, 6 de marzo de 2015

El Pràctic

Voy tarde, muy tarde, y lo sé, pues hablar hoy del restaurante El Pràctic puede parecer más trasnochado que beber Anís del Mono.

No obstante, creo no está de más que, en esta sociedad que padece de un mal de Alzheimer voluntario, busquemos en el retrovisor aquellas formas por las que, no hace tanto, suspirábamos a la vez que las encumbrábamos en caducos pedestales de hielo –en ocasiones, más efímeros que los dos peces de hielo que surcan los whiskies “on the rocks” de Sabina-.

Y así, ayer, el otrora rutilante restaurante -¡Qué rimbombante!- al que tocaba tomarle el pulso no era otro que El Pràctic: la pequeña-gran casa de comidas de Andrés Huarcaya (formado en elBulli Catering y curtido en el Bar-Restaurante Velódromo) que, sin duda, fue “trending topic” en 2013.

¿Y qué arrojó el electro?

Que la mano ganadora en el restaurante El Pràctic es el Sota, Caballo y Rey, y que perseguir pókeres, repóqueres o escaleras de color es muy probable que desemboque en gatillazo. Y para los más púdicos o aquellos que prefieren metáforas menos lúdico-lascivas, decirles que al restaurante El Pràctic le van como anillo al dedo las dos siguientes perlas de sabiduría popular: “los experimentos con gaseosa” o “zapatero a tus zapatos”.

Sintetizando -un casi imposible en este blog a tenor de mi verborrea-: a mi entender, El Pràctic es mucho menos que un restaurante al uso, o mucho más, pues como en el caso de la Cova Fumada (con sus Bombas), Juana la Loca (con su pincho de tortilla) u otras tantas casas de comidas, su oferta gastronómica no es redonda, pero puede alardear de uno, dos, tres y hasta media docena de platos que, por sí solos, justifican la visita. Un servidor, en gastronomía, como en la vida, prefiere las arritmias a las asistolias. Y para muestra, un botón, o una cena.

Cena que tuvo lugar en un espacio sobrio –eufemismo de frío, aunque, por lo que cuentan, mucho menos que su antigua morada en L’Hospitalet-, de la mano de un servicio mucho más atento que ágil, y que discurrió por:

Unas correctas aceitunas (aperitivo de la casa).

Un pan al que lo hacía bueno el aceite de Jaén que lo regaba.

Un dispar dúo de ceviches de corvina.

Excelente –uno de los platos que justifican la visita al restaurante El Pràctic- el “D.O. Perú”, esto es, con un aliño tradicional de leche de tigre (lima, jengibre, rocoto, ajo, aceite y, por supuesto, cilantro). Equilibrado -lo que no es fácil en un ceviche-, de textura sedosa y en el que una zanahoria dulce a la par que especiada le ponía la guinda.

Mucho menos lucido, por poco lúcido, el “Nikei”, pues el pisco, el sake y, sobre todo, la salsa teriyaki que, teóricamente, se sumaban a la causa de la leche de tigre, en la práctica, restaban mucha frescura al plato.

Unas anodinas patatas bravas con salsa de rocoto y alioli suave. Y no pasarán a la historia –la arena barcelonesa es muy brava para saltar a ella con reservas- pues a pesar de una buena fritura de patata, el alioli era más suave que Mimosín y a la salsa brava le faltaba mucha pegada (el pimiento rocoto está a años luz de sus primos tailandés o habanero).

Unos correctos “wontons” rellenos de gambas y salsa agridulce. Y solo correctos, pues a una, de nuevo, buena fritura, le restaban enteros un relleno de textura correosa y una salsa que solo era agridulce sobre el papel (en boca era todo dulzura).

Una colosal oreja de cerdo crujiente. El secreto a voces (basta ver el desnudo integral que de su receta se hace en las paredes del restaurante) de esta tapa: una cocción a baja temperatura durante 12 horas y un aderezo de pimentón de la vera, mantequilla de cacahuetes, ajo, perejil, almendra y vino tinto. ¡Con la de Van Gogh, otra oreja para la historia!

Un plato, y cito literalmente, de “Presa ibérica de bellota de la Dehesa con chimichurri a su manera” que, desgraciadamente, hizo buena la expresión “el papel lo aguanta todo”, ya que los lustrosos orígenes del cerdo se quedaron en la cocina por culpa de una desafortunada cocción y el chimichurri sería el suyo, pero no el mío ni creo que tampoco el vuestro –más que un chimichurri era una “brunoise” agazpachada-.

Un magnífico rabo de vaca deshuesado con espuma de patata. Un plato que, por su textura y por la intensidad típica de estos guisos, aquí atinadamente matizada con un toque dulce –uno de los dejes de la casa-, contra todo pronóstico y por los puntos, batió a la tapa estrella y buque insignia del restaurante El Pràctic: la oreja de cerdo crujiente.

Un flan de huevo a la vainilla, con caramelo y nata. El flan, a pesar que los granos de vainilla podían contarse con los dedos de una mano, era notable, no obstante, una nata solo apta para adictos al azúcar lo afeaba bastante.

Unas resultonas cuatro texturas (bizcocho exprés, liofilizado, helado y espuma) de yogur con fruta de la pasión y fresas.

Y una de las mejores versiones que he probado del helado Drácula: corte helado de vainilla, espuma de frambuesa y una muy buena gelatina de Coca-Cola.

En definitiva, un restaurante en el que la buena puntería es sinónimo de éxito rotundo (por la relación calidad-satisfacción-precio) y la mala de moderado fracaso (aquí la factura final nunca se viste de “dolorosa”).

Bodega: Modesta (el continente ya anticipaba el contenido) carta de vinos. La Comedia 2013 (Garnacha y Cariñena). Celler Comunica. D.O. Montsant.

Precio: 35€

En pocas palabras: Ceviche, oreja, rabo, Drácula y ¡Olé!

Indicado: Para disfrutar de los “antojitos” peruano-españoles de Andrés Huarcaya

Contraindicado: Para los que exigen una digestión sin sobresaltos.

Carrer Tenor Masini 20, Barcelona
933 315 644

jueves, 5 de marzo de 2015

Segundas partes…

Érase una vez un chico (para mi abuelo lo es cualquier persona nacida en democracia) que había vestido el sombrero de químico, también el de abogado, pero que con los que más guapo se sentía era con el de cocinero -¡Menos lobos Caperucita!-, rectifico, con el de cocinillas -un concepto mucho más amplio y amable que el misógino al que lo constriñe la RAE- y, sobre todo, con el de gastrónomo. Y si, además, a este gastrónomo la cámara y el teclado le pierden más que a un tonto un lápiz, más pronto que tarde tenía que acabar el letargo de este blog.

Sin duda, la objetividad y la independencia -bienes más escasos en el panorama gastronómico que una liebre à la royale "comme il faut"-, matizadas, eso sí, por una pátina de subjetividad consustancial a cualquier expresión que requiera de los sentidos para su juicio, seguirán siendo el faro de mis palabras, pero seréis vosotros –dejar el voseo en el tintero es ya toda una declaración de intenciones de la nueva etapa de este blog- los que habréis de terminar el encabezamiento que da pie a mi retorno.

¡Buen provecho!