Tras quince días de sabrosísimos ágapes, muchos de ellos, a salto de mata, en mi última noche en Tailandia el cuerpo me pedía un homenaje gastronómico algo –o mucho- más convencional.
Tras casi una hora de buceo por internet en busca de la perla de la gastronomía de Bangkok, y descartadas una cuantas segundas marcas de chefs franceses, británicos, nórdicos…, una cena en el restaurante Nahm se me antojó como el mejor colofón a algo más de dos semanas fantásticas.
Sin duda, los argumentos para visitar el restaurante Nahm no eran pocos. Entre ellos: estar considerado el quincuagésimo mejor restaurante del mundo según The World’s 50 Best Restaurants; ser el restaurante insignia de uno de los mejores hoteles de Bangkok (Metropolitan); o que uno de los mejores chefs de Oceanía (el australiano David Thompson) llevase la batuta en la cocina de este restaurante. Y, en líneas generales, las expectativas generadas –que eran una cuantas- quedaron satisfechas –otro cantar, y en lo que ahondaré someramente al final de la crónica, es qué cabe esperar de un ranquin como el que ofrece The World’s 50 Best Restaurants-.
Y así, el éxito de la velada en el restaurante Nahm se fraguó en:
Su cuidadísimo interiorismo, tanto el de la sala como el de la terraza, siendo esta última la acertadísima elección de mi compañera de fatigas gastronómicas para nuestra última cena en Tailandia.
Su magnífica carta de cócteles. Solo en Martinis pueden contarse más de veinte referencias. Excelente el “Cool Martini”: ginebra, limón, menta y pepino (10 €).
Y, por supuesto, en su menú degustación (40 € sin bebidas).
Menú degustación presentado, desafortunadamente –parece que, por esos lares, la temperatura de los platos no es un valor- en tres servicios –especialmente sangrante el correspondiente a los platos principales, pues, en un visto y no visto, en la mesa se agolparon cinco platos-:
Aperitivos:
Buenísima la caña de azúcar de palma con cerdo picante y cacahuetes.
Y más que notables los rollitos crujientes de pollo aromatizado con coco y citronela; el cerdo picante con menta, arroz crujiente y cacahuetes; las gambas en gabardina; y los dumplings de tapioca y pescado.
Platos principales:
Delicada la ensalada de pollo con berenjena, tomate, soja, naranja y plátano…
Todo un alarde de sabor la sopa de pato asado con setas y aromatizada con albahaca y coco.
Correctos, sin más, los dumplings de pescado acompañados por unos excelentes tallos de espinacas salteados con chiles.
Excelente el mar y montaña de cerdo y gambas con leche de coco, chalotas, chiles y verduras crocantes.
Y, desafortunadamente, y por culpa de un punto de picante indescriptible, injustificable, insufrible –y cuantos “ins” se os ocurran- no puedo valorar el curry rojo de Wagyu.
Postres:
Excelente –y más que necesaria- la labor de regenerar el paladar llevada a cabo por el mango verde con azúcar, lima y ají.
Muy buenos los “waffles” crujientes de caqui persimons, huevo hilado y tamarindo; y diferente a la par que incomible dado el sabor y el aroma putrefactos que aporta el durian, el arroz glutinoso con leche de coco y la dichosa fruta ya mencionada.
Y más que dignos los petit fours que giraban entorno al arroz, los frutos secos y el plátano.
En definitiva, y haciendo un alarde de temeridad, pues cuatro, literalmente, son los restaurantes de Bangkok en los que he comido, el restaurante Nahm es una casa de comidas que, de conduciros el destino por esos lares, no debéis perderos.
Y lo prometido es deuda: ¿Qué decir de The World’s 50 Best Restaurants?
Pues que ya de muy pequeño me enseñaron que no se pueden sumar peras y manzanas o, en otras palabras, que no hay nada más injusto que comparar dos situaciones, por naturaleza, desiguales.
Que es tan aberrante e injusto y sesgado hacer una lista de los cincuenta mejores restaurantes del mundo como de los cincuenta mejores lienzos de la historia.
O, y pudiendo servir esta última aseveración como conclusión, que la imposibilidad material de que todos los críticos encargados de confeccionar la “Lista” hayan visitado todos los restaurantes del mundo barre por completo cualquier atisbo de valor, de veracidad que el ranquin de The World’s 50 Best Restaurants pueda haber pretendido ostentar. En este sentido, los que me conocéis, de sobra sabéis que no soy un fan de las chovinistas e igualmente injustas Guías Rojas, pero al menos, en éstas, los “Michelines” se limitan a clasificar los restaurantes del mundo en cinco grandes grupos, dejando la temeraria osadía de definir las cincuenta mejores casas de comidas del mundo para sus vecinos de las Islas.
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lunes, 17 de septiembre de 2012
domingo, 16 de septiembre de 2012
Ayutthaya y Bangkok
Ayutthaya y, particularmente, su parque histórico (reconocido como patrimonio de la humanidad allá por los jóvenes noventa) deberían ser de visita obligada de viajar uno al antiguo Reino de Siam.
Sin duda, sus templos, palacios, pagodas… parcialmente reconstruidos tras devastación que ocasionó la invasión birmana de mediados del siglo XVIII son el mayor argumento para visitar esta ciudad del centro de Tailandia. No obstante, su mercado fluvial, algunos “wats” de las afueras de la ciudad, el sano ambiente que en ella se respira y su oferta gastronómica merecen ser también destacados.
En este sentido, y como fue la tónica dominante de mi estancia por esos lares, buena parte de mis ágapes se solventaron con tentempiés en los exuberantes mercados callejeros que vertebran la mayoría de las ciudades tailandesas, y así, a un excelente desayuno, algo desubicado en su latitud, en la pastelería My First Cake;
Y a una buena cena en el restaurante Sai Thong, protagonizada por unas excelentes gambas con pasta de curry rojo, unas buenas alitas de pollo con salsa de soja picante y un salteado de cerdo y verduras con salsa dulce y picante;
Se ciñeron mis ágapes en los que disfruté de la comodidad de una mesa y una silla en la bellísima ciudad de Ayutthaya.
Bangkok es...
Una ciudad algo decepcionante si uno espera despedirse de ella con los ojos vidriosos con los que uno abandona Nueva York, Londres, París…
No obstante, muchos son los tesoros que la capital de Tailandia encierra, también en el terreno gastronómico. En mi estancia de poco más de tres días, dos fueron las agradabilísimas sorpresas que, en este plano, la ciudad de Bangkok me brindó. La mayor de ellas la capitalizó el restaurante Nahm (quincuagésimo restaurante del mundo según The World’s 50 Best Restaurants y para el que tengo reservada en exclusiva la próxima crónica), y la otra la encarnó el restaurante Kuppa: una casa de comidas de cuidadísimo interiorismo;
En la que, por algo menos de 25 € (sin bebidas), dos personas disfrutamos de: unas cortezas con boloñesa picante, un muy buen bocadillo de roast beef, un excelente pollo asado y unos magníficos pasteles de zanahoria y queso.
Y para terminar de disfrutar de la ciudad que nunca duerme, nada mejor que perderse en la inmensidad de la noche de Bangkok, por ejemplo, en alguno de los siguientes tres “rooftop bars”:
Sirocco:
Moon Bar at Vertigo:
Long Table: (el menos afamado pero el que más me gustó)
Sin duda, sus templos, palacios, pagodas… parcialmente reconstruidos tras devastación que ocasionó la invasión birmana de mediados del siglo XVIII son el mayor argumento para visitar esta ciudad del centro de Tailandia. No obstante, su mercado fluvial, algunos “wats” de las afueras de la ciudad, el sano ambiente que en ella se respira y su oferta gastronómica merecen ser también destacados.
En este sentido, y como fue la tónica dominante de mi estancia por esos lares, buena parte de mis ágapes se solventaron con tentempiés en los exuberantes mercados callejeros que vertebran la mayoría de las ciudades tailandesas, y así, a un excelente desayuno, algo desubicado en su latitud, en la pastelería My First Cake;
Y a una buena cena en el restaurante Sai Thong, protagonizada por unas excelentes gambas con pasta de curry rojo, unas buenas alitas de pollo con salsa de soja picante y un salteado de cerdo y verduras con salsa dulce y picante;
Se ciñeron mis ágapes en los que disfruté de la comodidad de una mesa y una silla en la bellísima ciudad de Ayutthaya.
Bangkok es...
Una ciudad algo decepcionante si uno espera despedirse de ella con los ojos vidriosos con los que uno abandona Nueva York, Londres, París…
No obstante, muchos son los tesoros que la capital de Tailandia encierra, también en el terreno gastronómico. En mi estancia de poco más de tres días, dos fueron las agradabilísimas sorpresas que, en este plano, la ciudad de Bangkok me brindó. La mayor de ellas la capitalizó el restaurante Nahm (quincuagésimo restaurante del mundo según The World’s 50 Best Restaurants y para el que tengo reservada en exclusiva la próxima crónica), y la otra la encarnó el restaurante Kuppa: una casa de comidas de cuidadísimo interiorismo;
En la que, por algo menos de 25 € (sin bebidas), dos personas disfrutamos de: unas cortezas con boloñesa picante, un muy buen bocadillo de roast beef, un excelente pollo asado y unos magníficos pasteles de zanahoria y queso.
Y para terminar de disfrutar de la ciudad que nunca duerme, nada mejor que perderse en la inmensidad de la noche de Bangkok, por ejemplo, en alguno de los siguientes tres “rooftop bars”:
Sirocco:
Moon Bar at Vertigo:
Long Table: (el menos afamado pero el que más me gustó)
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Restaurante Sai Thong,
Tailandia
domingo, 9 de septiembre de 2012
Chiang Mai
En el norte de Tailandia el reino de Siam sigue muy vivo, y la ciudad de Chiang Mai lo ilustra a la perfección.
Ciudad de Chiang Mai en la que disfruté como un niño de la exuberancia de sus mercados y puestos de comida callejeros (imprescindible el Sunday Walking Street) y de la autenticidad de su barrio chino.
(Sí, son insectos fritos o caramelizados).
Genuino carácter tailandés que, con alguna sabrosísima excepción –dile excepción o zumo + pastel de zanahoria en el bellísimo Fern Forest café-...
También se respiraba en la práctica totalidad de sus restaurantes. Y prueba de ello, el restaurante Lert Ros y su ensalada picante de papaya o su cerdo frito con salsa dulce y picante y acompañado por arroz al vapor y arroz glutinoso.
Ciudad de Chiang Mai en la que disfruté como un niño de la exuberancia de sus mercados y puestos de comida callejeros (imprescindible el Sunday Walking Street) y de la autenticidad de su barrio chino.
(Sí, son insectos fritos o caramelizados).
Genuino carácter tailandés que, con alguna sabrosísima excepción –dile excepción o zumo + pastel de zanahoria en el bellísimo Fern Forest café-...
También se respiraba en la práctica totalidad de sus restaurantes. Y prueba de ello, el restaurante Lert Ros y su ensalada picante de papaya o su cerdo frito con salsa dulce y picante y acompañado por arroz al vapor y arroz glutinoso.
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Restaurante Fern Forest,
Restaurante Lert Ros,
Tailandia
sábado, 8 de septiembre de 2012
Phuket y Phi Phi
Phuket y Phi Phi son, seguramente, las islas más renombradas de Tailandia y, en consecuencia, son las que, desafortunadamente, más padecen el peso del turismo.
Y así, ni los rostros de sus habitantes, a diferencia de lo que sucede en tantos rincones de Tailandia, dibujan una perenne sonrisa, ni se percibe la esencia de Siam, y en lo que aquí nos atañe, ni sus mercados y puestos de comida callejeros son tan ricos y en las cartas de sus restaurantes se lee muchas más veces “hamburguesa” o “pizza” que “pad thai” o “curry”.
Mercado de Phuket Town: el más interesante de la isla –el tuerto en el país de los ciegos-.
(Sobre estas líneas, unos cuantos durians: una fruta cuyo sabor no oso describiros)
Restaurante Le Grand Bleu: un oasis de calidad y autenticidad en el corazón de la isla de Phi Phi.
(Comida para dos personas: 30 €)
Pan de ajo como aperitivo de la casa.
Tempura de verduras con una salsa dulce de chiles tailandeses (solo superados en picante por los jamaicanos) y salsa tártara.
Pad thai de gambas, con sus clásicos acompañantes (azúcar, polvo de chiles secos, aceite de jalapeños, salsa de pescado, verduras crocantes y cacahuetes).
Curry amarillo de pollo y verduras acompañado por arroz salvaje.
Plátano flambeado al ron con helado de “vainilla”.
Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, deciros que, para playas tailandesas, las de Krabi o Koh Yao Noi
Y así, ni los rostros de sus habitantes, a diferencia de lo que sucede en tantos rincones de Tailandia, dibujan una perenne sonrisa, ni se percibe la esencia de Siam, y en lo que aquí nos atañe, ni sus mercados y puestos de comida callejeros son tan ricos y en las cartas de sus restaurantes se lee muchas más veces “hamburguesa” o “pizza” que “pad thai” o “curry”.
Mercado de Phuket Town: el más interesante de la isla –el tuerto en el país de los ciegos-.
(Sobre estas líneas, unos cuantos durians: una fruta cuyo sabor no oso describiros)
Restaurante Le Grand Bleu: un oasis de calidad y autenticidad en el corazón de la isla de Phi Phi.
(Comida para dos personas: 30 €)
Pan de ajo como aperitivo de la casa.
Tempura de verduras con una salsa dulce de chiles tailandeses (solo superados en picante por los jamaicanos) y salsa tártara.
Pad thai de gambas, con sus clásicos acompañantes (azúcar, polvo de chiles secos, aceite de jalapeños, salsa de pescado, verduras crocantes y cacahuetes).
Curry amarillo de pollo y verduras acompañado por arroz salvaje.
Plátano flambeado al ron con helado de “vainilla”.
Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, deciros que, para playas tailandesas, las de Krabi o Koh Yao Noi
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