¿Bistró? Pase.
Y solo a regañadientes puedo aceptar el bautismo popular dado al restaurante Cañete –bueno, al Cañete Bistró- pues como solemos decir los abogados “las cosas no son lo que las partes dicen que son, sino lo que realmente son” y, en este sentido, pedo aseguraros que no encontraréis por la calles de París, patria de estas casas de comidas sin más pretensión que hacer del alimentarse un acto algo más cultural y algo menos fisiológico, un bistró cuya propuesta gastronómica pueda compararse a la auspiciada por Josep María Masó en la vecina y hermana de mantel casa de comidas de una de las grandes barras de tapas y platillos de Barcelona: el Bar Cañete.
¿Cañí? En absoluto.
Y con esta rueda de molino no comulgo, por aquí sí que no paso, pues la vuelta de tuerca que Josep María Parrado (el artífice de que la calle Unió haya dejado de ser una desconocida -o una conocida por motivos no especialmente honrosos- y se haya convertido en un polo de la restauración barcelonesa) ha dado a la última de las modas gastronómicas que asola Barcelona acepta mil y un calificativos, pero todos ellos a las antípodas de cañí.
Sin duda, uno de los grandes activos del restaurante Cañete es su sala. Una sala vestida (interiorismo, pero también servicio) con un patrón franco-hispánico. De aquí, lo castizo, la pasión mesetaria por la taxidermia de bustos de venados… De allí, el “savoir faire” -¡Qué triste es tener que celebrar, pues en una rara avis se ha convertido, que un servicio de sala conozca, al dedillo, su carta!–, su “habilidad” para el enlatado de comensales, el perfume afrancesado que desprenden su mobiliario, su vajilla o su cubertería. En definitiva, una sala que muchos tildarán de kitsch –y parte de razón no les faltará- pero que a un servidor se le antojó, por paradójico que os pueda parecer, un fresco y bello matrimonio entre “topicazos” de la España y la France de ayer –lo antiguo es lo moderno, la vanguardia está pasada de moda, ¡Quelle follie!-.
Y, por supuesto, el otro es su cocina. Cocina que, bajo el paraguas Josep María Masó, Christián Bermell (responsable de los fogones de Cañete de mantel) ejecuta casi a la perfección.
Y así, el chaparrón gastronómico del restaurante Cañete lo dibujan: unos cuantos platos solo disponibles previo encargo (i.e. langosta, filete Wellington, cabracho a la brasa), arroces, grandes piezas (rodaballo, lenguado, costillar de vaca…) a la brasa, un par de menús: Gourmet (35€, de lunes a viernes) y Degustación (60€, consensuado entre chef y comensal -¡Bien!), y mucho más.
Mucho más que, bien acompañado por el hilo musical del restaurante Cañete –ni pasaba desapercibido ni quería erigirse como el protagonista del ágape-, en mi almuerzo del pasado sábado, se materializó en:
Un aperitivo de la casa, o toda una declaración de intenciones, en forma de un muy buen escabeche de champiñones, pimiento rojo, zanahoria y cebolla.
Un notable servicio de pan (horno Vilamara), aceites y sal.
Unas excelentes anchoas de Santoña –las del Cañete, barra o mantel, son, sin duda, de las mejores de Barcelona- acompañadas por una mejorable coca de pan con tomate.
Unas perfectas vieiras (calidad del producto, punto de cocción y acompañamiento) a la plancha y aderezadas con una vinagreta de erizo.
Unos sorprendentes y sabrosísimos –y también sorprendentemente sabrosos- mejillones “belgas”, esto es, con crema de leche, champiñones, beicon y cebolla. Sin duda, lo de los belgas no es la dieta mediterránea, pero, visto lo visto, puede que su gastronomía trascienda del bocata de patatas fritas –aunque no sería dable descartar que lo que convertía este plato de mejillones en un pozo sin fondo, en unas arenas movedizas para el pan eran las manos que lo habían preparado y, por supuesto, el “mediterráneamente” que desprendía, particularmente los mejillones-.
Unos excelentes guisantes de Llavaneras (pelados), con alcachofas, butifarra negra -buena, buena, y lo dice uno de Lleida cuyo abuelo materno cría cerdos y la abuela paterna del cual tenía una carnicería- y menta.
Un pulpo a la brasa casi de matrícula.
Un muy buen canelón de liebre a la Royale.
Un muy meritorio pichón de Bresse al vino tinto en el que unos medallones de foie tan finos como pasados de cocción (causa-efecto) –calidad, porque el foie era bueno, echada a perder- encarnaban lo menos lucido y lúcido del plato.
Unas excelentes –probablemente, el mejor plato del almuerzo- mollejas de vaca con mantequilla a las finas hierbas y cítricos.
Un buen –esto es, afinados- dúo de quesos (Munster y Payoyo), elegidos de entre una docena de sugestivas opciones, y acompañados –mejor solos que mal acompañados- por una rebanada de pan del horno Crustó, mermelada de pimiento del piquillo y miel.
Una correcta interpretación del chocolate, pan, aceite y sal de Abellán –un postre casi tan plagiado como el coulant DO Bras-.
Un excelente chiboust (crema ligeramente montada) de limón y crumble de coco.
Y unas muy buenas trufas de cacao y guindilla, y de chocolate blanco y frambuesa.
En definitiva, un restaurante y un bar, una casa de comidas de barra o mantel que está ayudando a devolver el lustre a una de las zonas más bellas de nuestra ciudad, pero que, desaprensivamente, los barceloneses habíamos dejado a la merced de lateros y de turistas de sombrero mejicano.
Bodega: Buena –cuantitativa y cualitativamente, pero no así por sus precios- carta de vinos y excelente carta de licores. Barbazul 2011 (Tintilla de Rota, Syrah, Merlot y Cabernet Sauvignon). Bodega Huerta de Albalá. Vino de la Tierra de Cádiz.
Precio: 60 € (precio medio a la carta 45-65€)
En pocas palabras: Regreso al futuro.
Indicado: Para disfrutar del mejor bistró de Barcelona y descubrir que es mucho más.
Contraindicado: Para los que en las Ramblas se sienten “En tierra hostil” y ni visitar el que ya auguro como uno de los restaurantes del 2013 es un pretexto suficiente para adentrarse en ellas.
Unió 17, Barcelona
932 703 458
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martes, 12 de febrero de 2013
Cañete
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Tradición
miércoles, 2 de febrero de 2011
Bar Cañete
De tapeo fue la cosa el pasado fin de semana y así, mientras el domingo comía en la zona alta de Barcelona en el restaurante Montesquiu, el día antes me había dejado caer por el barrio del Raval para, por fin, descubrir la cocina del Bar Cañete.

Las críticas leídas sobre este restaurante eran muy interesantes y, para no teneros en vilo, ya os adelanto que, en líneas generales, el Bar Cañete no me decepcionó en absoluto.
Tras un agradable –aunque cada día lo es menos- paseo por las Ramblas, me adentré en la calle Unió, justo por debajo del Liceo, y, con cierto asombro, descubrí que el antro en el que creía iba a tapear no es que no lo fuese tanto, es que no lo era en absoluto.



Acomodado, por decir algo, ya en la barra del Bar Cañete, tres sorpresas todavía me aguadaban antes de comenzar a comer.
La primera, que a pesar de la notable capacidad del local, diría que para unos cuarenta clientes, unos minutos después de la una y media el Bar Cañete ya estaba hasta los topes y, al tiempo de irnos, eso sería sobre las tres, la espera media para sentarse en uno de sus incómodos taburetes era de media hora. Así que, o paciencia o a comer, como un servidor ese día, en horario de nuestros vecinos franceses.
La segunda, que se respiraba un ambiente más “pijo” o “pijipi” de lo esperado. Supongo que es lo que acarrea estar de moda.
Y la última, fue encontrarme con una carta bilingüe. Y diréis: ¿Qué tiene de raro esto, será que no hay restaurantes con cartas en catalán, castellano, inglés…? Pero es que en el Bar Cañete no es que haya varias versiones de carta en distintos idiomas, los que sucede es que en una única se suceden platos y tapas escritos en catalán y en castellano alternativamente. ¡Bravo por este ejemplo de normalización y riqueza cultural!
A partir de ese momento, todo lo ocurrido, el resto de sensaciones ya traían causa en su propuesta gastronómica. Propuesta de entre las que nos fijamos y escogimos las siguientes tapas y platillos:
Un excelente ostra Gouthier nº 3.

Otro bocado de excelencia a cargo de una “auténtica” –así está definida en la carta, y doy fe que lo era- anchoa del Cantábrico.

Unas notables croquetas de jamón ibérico de las que destacaría la suave, casi sedosa textura de su bechamel. Sin duda, al día siguiente, las croquetas de Joselito del restaurante Montesquiu no superaron el listón puesto por el Bar Cañete.

Sí, en cambio, que lo hicieron con la tortilla de camarones, pues en esta desigual contienda se enfrentaron las excesivamente enharinadas del Bar Cañete con, tal vez, las mejores que he probado lejos de Cádiz.

Magníficas por su cremosidad y su intenso sabor las ortiguillas del Delta sobre un lecho de patatas fritas.


(Aquí pescando mis ortiguillas).
Aprovecho para reseñar los panes, blanco y con tomate, DO Crostó que acompañaron la comida.


Pan que se hacía indispensable con el huevo con trufa y foie fresco. Un plato que se convirtió en la mayor decepción del ágape por su escaso sabor y por la temperatura de servicio. De tener que poner un titular al plato me quedaría con un: “De cuando la presentación va en detrimento del sabor”.

Recuperamos la sonrisa con un muy buen steak tártar, de nuevo, acompañado por sus excelsas patatas fritas, por supuesto, con piel.

Sonrisa que se convirtió en una tímida mueca de aprobación con los postres.
Así, ni una torrija servida fría, escasamente empapada y en la que se había abusado de canela y piel de limón, ni un babá, en su justo punto de almíbar pero al que le faltaba una buena borrachera de ron para ser un auténtico babá al ron, y acompañados por una nata azucarada –desterremos, por favor, el binomio nata-azúcar, mucho mejor sola que mal acompañada-, resultaron de nuestra entera satisfacción.


En definitiva, mucho más que un bar -¡Qué modestos son estos del Cañete!-, que, difícilmente, decepcionará –sabed a lo que vais- a alguien.
Bodega: Disfruté de cuatro mini-copas de vino, a las que, como tenía que ser, había precedido una caña -qué si no, en el bar Cañete-, y de las que debo decir que, a tenor de los escasos centilitros de vino que contenían, sus precios, entre 3 € y 4,5 €, aunque pueda parecer que no, se reputan como excesivos.

Los vinos que acompañaron la comida sabatina fueron: un Val de Sil 2008 (Godello de Valdeorras), un Acustic 2008 (Garnacha blanca del Montsant), un Barbazul 2008 (Syrah, Merlot y Cabernet de Cádiz) y un Vallegarcía Syrah (Syrah manchego).
Precio: 30 €
Calificación: 13/20
En pocas palabras (hoy solo una): probadlo.
Indicado: Para los que buscan una excusa para pasear de nuevo por las Ramblas.
Contraindicado: Para los poco amantes del jaleo o con problemas de espalda.

Unió 17, Barcelona
932 703 458
Las críticas leídas sobre este restaurante eran muy interesantes y, para no teneros en vilo, ya os adelanto que, en líneas generales, el Bar Cañete no me decepcionó en absoluto.
Tras un agradable –aunque cada día lo es menos- paseo por las Ramblas, me adentré en la calle Unió, justo por debajo del Liceo, y, con cierto asombro, descubrí que el antro en el que creía iba a tapear no es que no lo fuese tanto, es que no lo era en absoluto.
Acomodado, por decir algo, ya en la barra del Bar Cañete, tres sorpresas todavía me aguadaban antes de comenzar a comer.
La primera, que a pesar de la notable capacidad del local, diría que para unos cuarenta clientes, unos minutos después de la una y media el Bar Cañete ya estaba hasta los topes y, al tiempo de irnos, eso sería sobre las tres, la espera media para sentarse en uno de sus incómodos taburetes era de media hora. Así que, o paciencia o a comer, como un servidor ese día, en horario de nuestros vecinos franceses.
La segunda, que se respiraba un ambiente más “pijo” o “pijipi” de lo esperado. Supongo que es lo que acarrea estar de moda.
Y la última, fue encontrarme con una carta bilingüe. Y diréis: ¿Qué tiene de raro esto, será que no hay restaurantes con cartas en catalán, castellano, inglés…? Pero es que en el Bar Cañete no es que haya varias versiones de carta en distintos idiomas, los que sucede es que en una única se suceden platos y tapas escritos en catalán y en castellano alternativamente. ¡Bravo por este ejemplo de normalización y riqueza cultural!
A partir de ese momento, todo lo ocurrido, el resto de sensaciones ya traían causa en su propuesta gastronómica. Propuesta de entre las que nos fijamos y escogimos las siguientes tapas y platillos:
Un excelente ostra Gouthier nº 3.
Otro bocado de excelencia a cargo de una “auténtica” –así está definida en la carta, y doy fe que lo era- anchoa del Cantábrico.
Unas notables croquetas de jamón ibérico de las que destacaría la suave, casi sedosa textura de su bechamel. Sin duda, al día siguiente, las croquetas de Joselito del restaurante Montesquiu no superaron el listón puesto por el Bar Cañete.
Sí, en cambio, que lo hicieron con la tortilla de camarones, pues en esta desigual contienda se enfrentaron las excesivamente enharinadas del Bar Cañete con, tal vez, las mejores que he probado lejos de Cádiz.
Magníficas por su cremosidad y su intenso sabor las ortiguillas del Delta sobre un lecho de patatas fritas.
(Aquí pescando mis ortiguillas).
Aprovecho para reseñar los panes, blanco y con tomate, DO Crostó que acompañaron la comida.
Pan que se hacía indispensable con el huevo con trufa y foie fresco. Un plato que se convirtió en la mayor decepción del ágape por su escaso sabor y por la temperatura de servicio. De tener que poner un titular al plato me quedaría con un: “De cuando la presentación va en detrimento del sabor”.
Recuperamos la sonrisa con un muy buen steak tártar, de nuevo, acompañado por sus excelsas patatas fritas, por supuesto, con piel.
Sonrisa que se convirtió en una tímida mueca de aprobación con los postres.
Así, ni una torrija servida fría, escasamente empapada y en la que se había abusado de canela y piel de limón, ni un babá, en su justo punto de almíbar pero al que le faltaba una buena borrachera de ron para ser un auténtico babá al ron, y acompañados por una nata azucarada –desterremos, por favor, el binomio nata-azúcar, mucho mejor sola que mal acompañada-, resultaron de nuestra entera satisfacción.
En definitiva, mucho más que un bar -¡Qué modestos son estos del Cañete!-, que, difícilmente, decepcionará –sabed a lo que vais- a alguien.
Bodega: Disfruté de cuatro mini-copas de vino, a las que, como tenía que ser, había precedido una caña -qué si no, en el bar Cañete-, y de las que debo decir que, a tenor de los escasos centilitros de vino que contenían, sus precios, entre 3 € y 4,5 €, aunque pueda parecer que no, se reputan como excesivos.
Los vinos que acompañaron la comida sabatina fueron: un Val de Sil 2008 (Godello de Valdeorras), un Acustic 2008 (Garnacha blanca del Montsant), un Barbazul 2008 (Syrah, Merlot y Cabernet de Cádiz) y un Vallegarcía Syrah (Syrah manchego).
Precio: 30 €
Calificación: 13/20
En pocas palabras (hoy solo una): probadlo.
Indicado: Para los que buscan una excusa para pasear de nuevo por las Ramblas.
Contraindicado: Para los poco amantes del jaleo o con problemas de espalda.
Unió 17, Barcelona
932 703 458
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