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lunes, 17 de mayo de 2010

Una, dos y hasta tres

Tres son las propuestas gastronómicas que este fin de semana he podido degustar en Lleida.

Isidro y sus brasas.

Los arroces y cocina de mercado de la Clasca.

Blanc Restaurant y su cocina creativa.


Tres propuestas que luchan por conquistar las voluntades y los estómagos de los ilerdenses.

Lucha en la que, visto el tamaño de su ejército, o lo que es lo mismo, el lleno absoluto del restaurante en la comida matutina del sábado, de momento, se impone el calor de la brasa, aunque mi espada, este fin de semana, sirviese a la causa de la Clasca.

Las armas que se blandieron, al tiempo que en Lleida se celebraba la Fiesta de los Moros y Cristianos –que este año ganaron los cristianos y que, tal vez, es el motivo por el cual he iniciado esta crónica con varios símiles bélicos- fueron las siguientes:

Brasería Isidro:

En el margen derecho del río Segre se erige, según los paladares ilerdenses, este templo de las brasas, en cuyas entrañas Isidro cocina caracoles y carnes de primer nivel.

La cocina de Isidro es sencilla y así lo demuestra la elección de la comida de este sábado:

Una ensaladilla rusa que dista mucho de la que mi “iaia” preparaba sólo con productos frescos.

Un plato de un buen jamón ibérico cortado a chuchillo, como no podría ser de otra manera.

Unos caracoles que, por desgracia, me olvidé de fotografiar. No obstante, si queréis ver caracoles, este fin de semana se les rinde tributo en Lleida en el “Aplec”. Fiesta que cada año reúne a más de 200.000 personas.

Un “blanc y negre”. Esto es, una butifarra blanca y una butifarra negra, ambas de magnífica calidad, preparadas a la brasa.

Un poco de requesón con miel y nueces.

En definitiva, tradición cocinada al calor de las brasas y calidad de producto a algo más de 30€, son lo que Isidro ofrece en su brasería.

La Clasca:

Tres hermanas y un restaurante en el margen izquierdo del río Segre.

Dos en la dirección de la sala, y la otra, tras los fogones, preparando los mejores arroces de Lleida.

Indiscutible la calidad del producto con el que se trabaja en la Clasca, tal vez el denominador común de la gastronomía ilerdense, como lo acreditan las magníficas anchoas, de preparación propia, que sirvieron –modo y manera- de aperitivo.

Excelentes también los calamares a la andaluza con un muy ligero alioli.

A pesar de su calidad, el arroz blanco con algas y su caldo, servido con gambas de Málaga no estuvo a la altura de otras de sus preparaciones como podrían ser su arroz Denia con calamares y patata, sus arroces caldosos o su paella de lentejas con bogavante: ¡increíble!

Sus postres, de corte tradicional, merecen ser igualmente destacados. En las fotos, el clásico coulant, algo dulce a mi juicio, y al que le sentaría magnífico un toque de sal y pimienta o de curry, una excelente caña de yema, y una croqueta de chocolate fluido, excelente para acompañar el café.


En definitiva, tres hermanas y un restaurante que ofrecen una cocina de mercado que mima al producto y rinde pleitesía al arroz, sin duda, en la Clasca, se degustan los mejores de Lleida. El precio, unos 60€, es, seguramente, su asignatura pendiente.

Blanc Restaurant:

Primero fue la pastelería, la siguió un elegante complejo para la celebración de banquetes de gran formato, luego vino el Hotel-SPA de lujo (5*) y, finalmente, la familia Prats se atrevió con un restaurante en el que se ofrece un menú de cocina creativa a 60€.

Ante todo, debo confesar que, a diferencia de lo que cabía esperar, esta segunda visita no fue lo satisfactoria que la primera .

Así, sería una verdadera lástima que, con la calidad profesional y humana que derrochan los padres de todos estos proyectos, terminasen por hacer buena la expresión: “quine mucho abarca, poco aprieta”.

No obstante, estoy convencido que no será así, pues partiendo del talento que exhiben algunos de sus platos, y efectuando algunos reajustes tanto en su personal de sala como en su carta de vinos, una sólida propuesta gastronómica puede edificarse.

Talento como referencia que puede extraerse de la espuma de patata con mejillones en escabeche y el Carpaccio de vieiras con toques herbales que se sirvió de aperitivo.

O del steak tártar, sin duda, el mejor de Lleida, acompañado por una notable “nieve” de mostaza que maridaba a la perfección con la carne de altísima calidad cortada a cuchillo.

No estaba a su mismo nivel, pero el bacalao con “crosta” de pil-pil y “trinxat” era más que correcto. Mejoraría notablemente si en vez de cocinado al horno, el bacalao se confitase.

Y también tenía sus virtudes la tagliatta de ternera ahumada (casi no era necesario ni masticarla de lo tierna que era) con puré de manzanas (algo dulce), parmentier de patata y crujiente de jamón.

En cambio, ni la merluza en cocotte, ni el carré de cordero con crosta de mostaza, ambos cocinados en exceso, se hacen merecedores de ningún aplauso.


Los postres, tampoco merecen más calificativo que correctos, pues el pre-postre debe reputarse como un play-food esteril, y del postre que consistía en una tatin de pera (algo cruda), con toffee (excesivamente dulce), sólo sobresalía, eso si, mucho, el helado de leche.


En definitiva, el marco, la capacidad de trabajo y el talento para proponer una oferta gastronómica de referencia, la familia Prats los tienen, ahora sólo falta que concurra el firme deseo de que tal proyecto se materialice para que todo lo que apuntaba Blanc Restaurant no se hunda a escasos metros de la orilla.

Este fin de semana, la democracia, el sistema menos imperfecto que conocemos, ha dado la victoria a la leña incandescente, no obstante, si media el propósito de enmienda que Blanc Restaurant y la Clasca conocen que precisan, auguro un signo político muy diferente en próximos combates por el favor del público, a la postre, y a pesar de nuestros pareceres –permitiendo la inmodestia de considerarme crítico- la última y más alta instancia.

lunes, 1 de marzo de 2010

Finca Prats: Blanc Restaurant

Un enorme ventanal;

Una sala dominada por el blanco con destellos de pasión; y

Un servicio de sala atento pero imperceptible.

Son el inmejorable marco para que una estudiada cocina creativa, elaborada siempre con productos de primerísima calidad, se erija como el referente gastronómico que tanto tiempo llevábamos reclamando los ilerdenses.

Blanc es el restaurante del hotel cinco estrellas La Finca Prats, y siguiendo con la filosofía que tantos hoteles de lujo han adoptado en los últimos años, esto es, entender que para que una estancia sea realmente cinco estrellas no puede prescindirse de la experiencia gastronómica, en La Finca Prats han apostado por ofrecer, en un ambiente casi idílico, una revisión de muchos de los platos que conforman las raíces de nuestra cocina.

Tradición puesta al día gracias a:

Una excelente crema de coliflor coronada por una suave espuma de “botifarra negra” y crujiente de jamón. Un plato que evoca a los sabores intensos del “trinxat” pero de textura casi etérea. Un aperitivo inmejorable.

Unos chipirones con su tinta acompañados por unos guisantes con su crema y huevas de salmón. Visual y conceptualmente el mente el plato era perfecto, lástima que los guisantes no alcanzasen la excelencia que la práctica totalidad de los productos servidos atesoraba.

Un notable tataki de atún sobre brotes de soja, acompañado por una excelente hoja de cacao y sésamo y un caramelo de salsa de soja. Un producto de calidad al que los toques tostados de la soja y el cacao le dan la mejor réplica.

La pasta de arroz rellena de vieiras acompañada por una salsa de múrgula. Una notable revisión del “tan nuestro” “mar y montaña” al que sólo le puedo achacar una intensidad un punto subida de la salsa de múrgulas.

El steak tártar, de factura tradicional, esto es, solomillo de ternera cortado a cuchillo con sus condimentos habituales (chalota, alcaparras, tabasco, Salsa Perrins, anchoas, aceite, huevo, brandy...), acompañado por un mejorable helado de mostaza, pues no aportaba la untuosidad, la cremosidad que el steak tártar demanda. No obstante, es de los mejores que he comido en los últimos años.


La terrina de rabo de toro con chips de verduras (patata violeta, entre otros) y una burnoise de calabacín y zanahoria. No sólo fue el mejor plato del menú, sino que se erigió como un plato perfecto.

Otro de los momentos más agradables de la velada llegó con el pre-postre. Un sorbete de mojito, acompañado por un geleé neutro, galleta de naranja y peta-zetas. Cumplía todo lo que puede exigirse a este tipo de platos: refrescante, divertido y, sobre todo, muy bueno.

En cambio, la espuma de crema catalana acompañada por una ligera crema de yogur, un fino pastel de chocolate y sorbete de mandarina fue el palto más inconsistente del menú. Inconsistencia que no se la otorgaba la ejecución de los componentes, aunque el pastel de chocolate estuviese demasiado hecho, sino que esta venía dada por la falta de complementariedad de los sabores que componían el postre.

Los cafés y la bonita caja de petit fours (mandarina y fruta de la pasión bañadas en chocolate y surtido de bombones), regresaron al notable nivel exhibido durante todo el ágape.

Por último, reseñar la excelente vajilla en la que se ofrecen los distintos paltos y que contrasta con una cristalería algo corta en cuanto a referencias.

En definitiva, Blanc Restaurant me ofreció una experiencia gastronómica de casi tres horas en la que sólo dos notas desentonaron en una melodía casi perfecta, y, por ello, estoy de enhorabuena por qué por fín, la gastronomía leridana ha decidido gritar a los cuatro vientos:

¡Here I am!

Vino: Solanes 2003 (Priorat, 90% Cariñena y 10% Garnatxa). Color granate intenso. Nariz inicialmente apagada pero a medida que evoluciona destaca su fruta negra madura (recuerdo olfativo a mermelada), para cristalizar en notas tostadas con una madera muy equilibrada al final. En boca tiene una acidez agradable, un recuerdo frutal y con un final largo y armónico.

Calificación:14,5/20