lunes, 20 de diciembre de 2010

Alkimia y Dopo (Quáter)

Podría llenar páginas sobre todo –la mayoría bueno, diría que hasta buenísimo- lo que me evoca la cocina de Jordi Vilà, pero pocas cosas serían nuevas, pues como veréis por el título de esta crónica, será la cuarta ocasión en la que escribo sobre los restaurantes Alkimia y Dopo, así que me limitaré a decir que Jordi, como siempre, sin hacer ruido, sigue creciendo y, sin ninguna duda, el último menú Alkima del que he disfrutado, y han sido muchos los que he probado desde que pisé por primera vez su casa de comidas allá por el año 2003, ha sido el mejor.

Alkimia

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Si así lo creyese supongo que me dedicaría a la fotografía y no a escribir en un blog y en un periódico local. No obstante, y dada la plasticidad y lo sugerente de los nombres de algunos platos del menú Alkima que me regalé hace unos pocos días, hoy no habrá nada de achaques de verborrea –bueno, éste será el único- y solo teclearé las palabras justas.

Anchoa, panceta y lima: todo sencillez, todo sabor.

Coca, escalibada, papada y trufa blanca: sabor a raudales.

Croquelón: croqueta de la farsa del canelón del menú Tradiciones del restaurante Alkimia. Una versión divertida de uno de los clásicos de la casa, pero que se queda a años luz del genuino canelón que tantos elogios ha reportado a la cocina de Jordi.

Falsos espaguetis de calabacín al fruti di mare (mújol, caviar, percebes, cañaíllas y caracoles de mar, matizados por toques de albahaca, algas y cítricos). Perdonad la paradoja, pero un plato de sutil intensidad.

Gamba en mano (gamba ligeramente cocida sobre un lecho de sal aromatizado con limón, orégano, pimienta, laurel y calvo): el único clásico del menú que, de no estar, hubiese echado mucho en falta.

Calamar, tinta, trompetas de la muerte, pimiento rojo y tomate a la brasa. Belleza visual y gustativa.

Crema de garbanzos, setas y tuétano: ¡Brutal! Lo mejor de la noche.

Salmonete, cebolla, aceituna negra y aceite de remolacha y ajo: Jordi ama a los salmonetes y éstos lo aman a él.

Liebre al Senador Coteaux (entre liebre a la Royal y rillete). Potencia gustativa llevada al límite, pero sin cruzarlo. Un plato perfecto.

Calabaza, sus pipas, naranja amarga y vainilla. Un buen postre.

Crema de queso, granizado de vinagre y naranja, pera de Puigcerdà, galleta y trufa blanca. Un mucho, mucho mejor postre: de los mejores que le he probado.

Petit fours: bombón de cacahuete y sal, ganache de chocolate limón y avellanas, arroz con leche y piruleta de chocolate blanco y pasión. Como siempre, una magnífica guinda a la cena.

En definitiva, y a la vista de este menú, uno se plantea qué es lo que lleva a los inspectores de la Michelin a castigar al restaurante Alkimia sin una más que merecida segunda estrella. No obstante, Jordi, como Albert Ventura (Coure, otro ignorado por los “men in red”), saben que no hay mayor reconocimiento que un restaurante lleno de comensales satisfechos, y visto que es prácticamente imposible sentarse en una de sus mesas sin reservar con suficiente antelación, ambos dan su talento y esfuerzo por pagados.

Bodega: Epigone 2006 (Merlot y Cabernet Franc). Château Vieux Verdot. Saint-Emilion GC AOC. Champagne Jaques Picard Sélection


Precio: 95 €
Calificación: 17/20

Indicado: Para disfrutar del mejor cocinero de Barcelona.

Contraindicado: Para los que exigen que el continente esté a la altura del contenido.

Indústria 79, Barcelona
93 207 61 15

Dopo

¿Qué decir del restaurante italiano clandestino que Jordi, junto a otros socios, regenta al lado de su pública pizzería SaltimBocca?

Pues que es de los pocos restaurantes clandestinos –tan de moda últimamente- que no limita sus argumentos para visitarlo al hecho que sea clandestino.

Que se trata de uno de los mejores restaurantes italianos de la ciudad.

Que solo el marco, a diferencia de lo que sucede con el restaurante Alkimia, justificaría una visita.


Que recientemente ha cambiado su dirección de sala y, actualmente, el puesto de Guillem (Espai Sucre, Icho) lo ocupa José Luis (La Massia, Evo desde su apertura hasta su incorporación a Dopo).

Que se puede disfrutar de platos como:

Unas cocas de sardina, mozarela y berenjena ahumada, o de presa ibérica, parmesano y rúcula.

La pizza Saltimbocca -Maldonado para los amigos- (panceta Maldonado, parmesano Regiano y rúcula).

Los espagueti con botarga (huevas secas de pescado sobre una base de aglio e olio con un toque de limón).

Los gigantoni a la Norma (macarrones gigantes con ricota, albahaca, berenjena y tomate fresco).

De un buen –prefiero el del Coure (el mejor de Barcelona)- babá al ron con nata semi-montada y naranja confitada.

De una casi celestial –eso si, no es la malograda de Mugaritz- torrija con helado de yogurt.

En definitiva, Dopo es uno de los mejores, tal vez el mejor restaurante de Barcelona para dar comienzo a una noche canalla, de esas que canta Sabina, sin renunciar al buen gusto –segunda y tercera acepciones de la palabra-.

Bodega: Bassus 2008 (Pinot Noir). Bodegas Hispano-Suizas. Utiel-Requena.

Precio: 55 €
Calificación: 14/20

Indicado: Para disfrutar de una muy buena cocina italiana en un marco increíble.

Contraindicado: Para los que sienten aversión al rojo y entienden la cocina italiana solo como un recurso para comer bonito y barato.

Loreto 22, Barcelona
93 363 72 15

domingo, 19 de diciembre de 2010

Fastvínic

Dos días habían transcurrido desde que Segi Ferrer Salat abriera el Fastvínic justo al lado de su buque insignia, el restaurante Monvínic, y mucho –y poco bueno- había ya leído sobre esta propuesta “eco-proxy-fast-quality-friendly” -sí, algo así como la navaja suiza de la gastronomía barcelonesa-. Pero yo, como Santo Tomás, y a pesar de los malos augurios que los comentarios de algunos críticos a los que reputo una notable valía apuntaban, me dije: “si no lo veo, no lo creo, y todavía menos escribo sobre ello”, y ayer, cuando el gallo cantaba la una -¡Qué bíblico estoy en esta mañana de domingo!- entraba en el magnífico local que alberga la –y aquí acaba el suspense sobre si me alineé con los que arrojaban sombras o con los que veían más luces en este Fastvínic- meritoria propuesta gastronómica del pequeño y rápido de los Vínic.

Sin duda, detalles de local de comida rápida los tiene, pero es que Fastvínic es un local de comida rápida –que nadie, a pesar del ruido que ha hecho su inauguración, se confunda, incluso su nombre lo indica- pero eso sí, el marco y la calidad del producto distan mucho de los ofrecidos en propuestas no mucho más baratas como Bocatta o Pans.


Que preferiría que los magníficos vinos que sirven, bueno, que nos servimos, pues corresponde a cada comensal –si es que existen comensales en un Fast-food (yo creo que somos solo clientes)- servírselos de un dispensador automático, estuviesen mimados por el delicado cristal de una buena copa: por supuesto, pero no debemos olvidar que esto es un Fast-food y no un Wine-bar, y que los vasos en los que se sirven son unos más que dignos vasos Riedel. En este apartado, debo reconocer que me molestan más los paupérrimos 80 mililitros que van en cada servicio de vino y, particularmente, debido a que no son que digamos baratas las “copas”.


Como supongo que ya os irá apeteciendo –pues de eso va este blog, de apetencias- conocer que es lo que ofrece Fastvínic, aquí van las cuatro –en sentido literal- cosas que pude degustar.

Un muy buen bocata “caliente” de berenjena, tomate braseado, espinacas, queso y nueces.

Un algo más flojo, principalmente por la textura algo gomosa del pan –tras mi comentario de tal circunstancia a los responsables del local, éstos me señalaron que ya habían advertido tal defecto y que estaban en proceso de darle solución- bocata “frío” de roast beef, miel, rúcula y mostaza.

El cheese-cake y el postre de chocolate que Oriol Balaguer prepara en versión mini para Fastvínic. Merece aquí destacarse que, a diferencia de lo que sucede con los vinos, los mini postres tienen mini precios (2,5€ la unidad).

En definitiva, Fastvínic es una demostración más de que a los críticos, cronistas gastronómicos o como queráis o queramos llamarnos hay que cogernos con pinzas, pues como ya he escrito en repetidas ocasiones, escribimos sobre experiencias sensoriales y, en consecuencia, sujetas a cierta contaminación subjetiva. En mi opinión –que algunos compartiréis y otros reprobaréis con todo el derecho del mundo- Fastvínic es una más que interesante propuesta para los que desean comer bien –de calidad y de precio- en poco más de media hora y sin renunciar a la calidez que ofrece un buen vino y un marco alejado de los decorados “en serie” y de cartón piedra que ofrecen las grandes cadenas de comida rápida.

Bodega: Copa de Paradetes (4€, tinto joven de la Conca de Barberà) + copa de Petit Caligó (3€, notable vino “dulce” para acompañar los postres)

Precio: 32 € (dos personas)
Calificación: 12/20

Indicado: Para comer bueno, bonito y barato, y mucho más saludable que en tantos Fast-foods.

Contraindicado: Para los que las bandejas, las servilletas de papel y la ausencia de platos sean un hándicap insalvable.

Diputació 251, Barcelona
93 272 61 87

jueves, 16 de diciembre de 2010

La Pèrgola

Sin razón aparente o, como mínimo, conocida -¡Poderoso subconsciente!- el restaurante que hoy nos ocupa, La Pèrgola, había desaparecido de mi lista de alternativas para una buena cena en Lleida.

Hoy, tras la cena del pasado sábado, La Pèrgola vuelve a figurar en mi lista de las mejores mesas de la capital de “Ponent” y, además, lo hace en una posición de privilegio.


Como seguro habéis notado, acabo de dejar escrito “en mi lista…”, y me gustaría aprovechar esta ocasión que, con toda la intención, me he brindado, para recalcar la componente subjetiva de toda lista, clasificación, valoración o crítica gastronómica, pues resulta imposible realizarlas sin la intervención de los sentidos –creo que debe ser una de las pocas actividades en las que todos se ponen en liza- y que, inexorablemente, aportan el barniz subjetivo apuntado y por el que en tantas ocasiones se critica a los críticos. Críticas, tantas veces, injustas, pues, a mi entender, es una solemne tontería, por su contenido imposible, pretender exigir una crítica gastronómica aséptica, siendo solo exigibles a éstas: veracidad, honestidad, respeto, responsabilidad, sapiencia y, a ser posible, algo de gracia al escribir. Luego, y en función de lo que el crítico demuestra –pues por involuntario que sea, en una crítica siempre se vislumbra algo del crítico, sus filias, sus fobias…-, corresponde a cada lector identificarse con unos u otros.

No se me ocurre mejor forma de abandonar la excursión –o escapar del berenjenal- a propósito de la crítica gastronómica con el que acabo de castigaros que presentaros el cocinero y propietario del restaurante La Pèrgola.

(Unos segundos de repicar de tambores y…)

Con todos ustedes, Lluís, o lo que es lo mismo, el paradigma de un buen cocinero –y una mejor persona-.

Lluís, un cocinero forjado al calor de los fogones y no al calor de las estufas de las escuelas de cocina –y que conste que no tengo nada contra estos últimos-, sobre el que ya recaen casi 60 primaveras y cuya entrada en su primera cocina con a penas 14 años recién cumplidos nunca olvidará, pues al asustarse por el crepitar de un aceite hirviendo justo al ir a freír un huevo, éste se rompió y, como represalia, su jefe de cocina le propinó una patada allí donde la espalda pierde su honesto nombre –va por ti “iaio”- de cuyo eco todavía se resiente.

Pero Lluís es mucho más que un cocinero forjado a si mismo, es un trabajador incansable, un perfeccionista, un enamorado del territorio, una persona honesta… virtudes, todas ellas, visibles en muchos de los platos con los que me deleité en mi reciente visita a La Pèrgola. Visibles, por ejemplo:

En unos caracoles que, a pesar de encontrarnos en Lleida, eran de mar, en unos buenos boquerones y en una todavía mejor “coca de recapte” que hacían las veces de aperitivo de la casa.



En unos notables buñuelos de bacalao que, tal vez, adolecían de un exceso de patata.

En un correcto, tal vez el plato más flojo de la noche, tártar de atún con soja y mostaza.

En un excelente ravioli de setas.

En un buen bacalao confitado, algo pasado en su –en mi- punto de cocción, gratinado con muselina de ajos –probablemente, la culpable del punto excesivo de cocción- y servido junto a unos níscalos y puré de patata.

En un potaje de garbanzos con tripa de bacalao, todo melosidad e intensidad de sabor y que, sin duda, fue lo mejor de la noche.

En unos notables postres, tal vez algo barrocos en su presentación, que compusieron una mouse de yogur con frutos rojos y una Tarta Sacher –de las mejores que he probado en un restaurante-.


Y en unos petit fours “de proximidad” compuestos por unas mini “Orelletes” (típica torta de “les terres de Lleida” preparada a base de harina, agua, huevos, aceite, azúcar y anís) y almendras garrapiñadas.

En definitiva, al restaurante La Pèrgola, incomprensiblemente, lo ignoré durante un buen tiempo, pero como dicen que es de sabios rectificar, Lluis y su esposa, la atenta encargada de la sala, tendrán que aguantar mi careto espero, no más de lo que deseen y así, de paso mato dos pájaros de un tiro: ceno bien, muy bien y, aunque solo sea por el hecho de rectificar, algo de sabio me atribuyo. ¡Qué más se puede pedir!

Bodega: Saó Blanc Fermentat en Barrica 2009 (Macabeo). Mas Blanch i Jové. DO Costers del Segre.

Merece igualmente destacarse la magnífica selección de whiskys de la que dispone el restaurante. Una rara avis y todo un lujo en los tiempos que corren.

Precio: 60 €
Calificación: 14,5/20

Indicado: Para descubrir o redescubrir uno de los mejores restaurantes de Lleida.

Contraindicado: Para los que solo toleran un servicio de sala de corte francés, pues en La Pérgola se estila el trato familiar.

Passeig de Ronda 123,Lleida
973 238 237

viernes, 10 de diciembre de 2010

Itinere

Si ayer le hincábamos el diente a un restaurante que no figura, y, mal que me pese, difícilmente figurará entre los “favoritos” del Valle de Arán, hoy le toca a un restaurante que si bien es todavía un absoluto desconocido en el Valle -puede contar sus servicios con los dedos de las dos manos- seguro que, en breve –a más tardar estas Navidades- estará en boca de todos.

A qué puede deberse la rotundidad de mis palabras, seguramente os preguntáis.

¿A una sólida propuesta gastronómica? Sí, pero no.

¿A un cuidado diseño del local? Seguro.

¿A unos precios competitivos? Seguro que no.

¿A un bautizo acertado? Restaurante Itinere a mi me lo parece.

¿A un esmerado servicio de sala? Por el momento, le concedo el beneficio de la duda.

¿A su emplazamiento? Un sí rotundo.

Sí, falta algo, y no solo algo, sino tal vez el elemento más determinante en el éxito del restaurante Itinere: su firma, pues es la estilográfica de Ricard Camarena, el chef del estrellado restaurante Arrop de Valencia -¡Enhorabuena Ricard por el merecido reconocimiento que te ha llegado en esta última edición de la Guía Roja y que supuso una de las pocas alegrías de esa infame noche!-, la que rubrica la propuesta gastronómica del restaurante Itinere.

Restaurante Itinere que, como su nombre indica, no tendrá patria ni bandera y así, en la época invernal tendremos que buscarlo en Baqueira (de diciembre a Semana Santa) y en la estival (el resto del año) en Menorca. ¡Qué bien conocen los responsables de este proyecto por donde se mueven los bolsillos amantes del lujo que ofrece este restaurante –sirva de ejemplo el hecho que se trata del único restaurante del Valle que ofrece Champagne Krug (casi 150€ la botella en tiendas especializadas) por copas-!

(Me comenta uno de los responsables del proyecto que, bajo este nombre, pero en este caso de una forma no itinerante, Ricard ofrecerá a vecinos y turistas de Nueva York su cocina. ¡Suerte!)


Situándonos de nuevo en nuestro lado del charco, esto es, en el Itinere de Baqueira, y detallando algunas cosas ya apuntadas, es de justicia aplaudir el cuidado diseño del restaurante, con capacidad para 100 comensales, y dotado de una amplia y acristalada cocina a la vista -¡Ojo con lo que hacemos en la cocina, que se ve todo!- dirigida por el segundo de Ricard en Arrop, y que estará “desterrado” en el Valle hasta que del restaurante Itinere pueda decirse eso de: viento en popa a toda vela…

En lo que se refiere a la propuesta gastronómica del restaurante Itinere –de cierta inmadurez, comprensible pero también reprochable, por el escaso rodaje que acumula- debe señalarse que actualmente se ofrecen solo tres menús. Uno de arroces solo disponible al mediodía y dos menús degustación (uno algo más extenso que el otro) disponibles todo el día. Nuestra elección –el menú corto (pues nos gustaban más sus platos) pero ampliado- nos permitió degustar los siguientes platos:

Una excelente espuma de brandada de bacalao.

Tras la que se nos ofreció un pobre servicio de panes (resecos) y aceite, del que solo se salvaba la coca de pan.

Seguidamente se nos ofreció un capuccino de setas con espuma de queso que, por su intensidad excesiva, tanto de la crema de setas como del queso –supongo que debido a su temperatura-, no encajaba en su rol de aperitivo. En vez de abrir el apetito lo cerraba.

En primer entrante lo encarnó una sosa ensalada de pollo de corral con aguacate. Impropia la simplicidad –que no sencillez: la cara que brilla de la misma moneda-, a pesar de la excelente textura del pollo, del plato e inaceptable que tanto la ensalada como el aguacate estuviesen oxidados.

La sucedió una ensaladilla rusa con bogavante, perfecto en su cocción. A pesar de que desde la cocina me apuntan que es uno de los platos del repertorio Arrop que más éxito tiene, a mi sigue sin convencerme la supuesta complementariedad entre el bogavante y las aceitunas y una crema de pimiento rojo.

Muy sabrosa la coca de esturión con mostaza, beicon, cebolla, pimiento y una crema de frutos secos.

Y también muy bueno el último entrante, aunque se echaba en falta algo de bechamel, que, como ya os podéis imaginar, interpretaba un canelón, eso sí, de olla aranesa. ¡Bravo por el guiño al territorio!

Aunque si algo de esa noche mereció un sonoro aplauso fueron los segundos.

Increíble la merluza, en su punto y de una calidad espectacular, con crema de patatas y “salsa verde”, judías verdes al dente y cebollitas caramelizadas.

Y, aunque no al nivel de la merluza, también más que meritorio el bacalao confitado, translúcido, como siempre debería ser pero casi nunca sucede, y acompañado por unas alcachofas, unas habitas y un excelente huevo rebozado.

Afortunademente el nivel de los postres se asemejó más al de los platos principales que al de los entrantes y así pudimos disfrutar de un buen babá al ron con sorbete de mandarina y gajos de mandarina y naranja.

Y de una muy buena tarta tatin –con lo que a mi me gustan templaditas, incluso calentitas, y últimamente todo el mundo se empeña en servirlas frías: ¡Dichosas neveras!- acompañada por una insuperable crema de caramelo y un buen helado de vainilla.

En definitiva, estoy convencido que con algo de rodaje la mayoría de los desajustes que en la noche del pasado viernes advertí en el restaurante Itinere encontrarán solución, aunque sirva de aviso para navegantes: sin bajar del autobús o solo con el nombre no se ganan los partidos.

Vino: El Rocallís 2006 (Incrocio Manzoni). Can Ràfols dels Caus. DO Penedés

Precio: 75 €
Calificación: 14/20

Indicado: Para disfrutar de una cena en el ambiente más lujoso y vanguardista del Valle de Arán.

Contraindicado: Para los que no soportan “las franquicias” de los grandes de la cocina.

Residencial Val de Ruda, Galería Comercial, Baqueira.
973 116 611

jueves, 9 de diciembre de 2010

Era Coquela

El restaurante que hoy nos ocupa no se encuentra entre los más famosos del Valle de Arán, pero ya se sabe, mientras unos crían la fama, otros cardan la lana.

Así, con discreción, atributo que también definiría a la perfección su localización, pues se encuentra casi a las afueras –si es que éstas existen en un pueblo en el que todo se encuentra a tiro de piedra- de Vielha, justo al lado de su palacio de hielo, honradez, talento y una buena dosis de trabajo duro, en Era Coquela se han hecho más que merecedores de que su nombre figure entre los restaurantes más destacados de esta parte del Pirineo leridano.

Los que lo conozcáis seguro que comprendéis de qué os hablo y a los que todavía no os habéis decidido a dejaros seducir por los encantos del Arán, a parte de animaros a hacerlo, os pediría un pequeño voto de confianza: el Valle es algo, o mucho, peculiar y, evidentemente su panorama gastronómico no podía escapara a tal circunstancia y, en este sentido, Era Coquela merece un aplauso por su “normalidad”.

Condición que, por lo general, no goza de mi admiración pero que en un contexto de pizzerías de lo más normalitas en las que se sirve Flor de Pingus, de restauradores prepotentes que no saben digerir su éxito, de restaurantes que inflan sus precios pues saben que nunca les faltaran “visones” –sin duda, el animal, o como mínimo sus pieles, que más abunda en el Valle de Arán en el período invernar- que paguen sus abultadas facturas, de comedores en los que el comer es algo secundario y lo que cuenta es la ostentación.

Evidentemente, no toda la oferta gastronómica del Valle de Arán está viciada -éstos son solo una minoría aunque, desafortunadamente, tengan mucha visibilidad- y así, restaurantes como la Sidrería Era Bruixa, Era Mola (Gustavo i Maria José), Eth Restillé, Eth Tharo (para mi, el mejor del Valle) y Tikolet, entre muchos otros, encarnan lo mejor del Arán gastronómico. Lista de ilustres en la que intencionadamente no figuran algunos nombres de postín y donde, tal y como apuntaba hace unas líneas, el restaurante Era Coquela está haciendo méritos para aparecer.

¿Cuáles son?

A parte de la honestidad, el talento, la honradez y el espíritu de sacrificio ya señalados, un servicio de sala más que correcto y notablemente dirigido –sirva de ejemplo el detalle que la jefa de sala tuvo cuando al solicitar una segunda botella de La Montesa 2008 advirtió que la ya consumida era la única: ofrecer su “hermano mayor”, un Propiedad 2007, al precio del mediano de los hermanos riojanos de Álvaro Palacios-, y una comida, por calidad y creatividad, bastante por encima de la media del Valle.

La cena que el pasado domingo encerraba una calidad y una creatividad poco frecuentes en esta zona del Pirineo catalán la compusieron:

Un notable foie micuit con membrillo, un buen crujiente de parmesano, una emulsión de maracuyá y ginebra y un helado de quicos en el papel de aperitivos.

Un excelente “canelón” de foie –un muy buen micuit recubierto de manzana caramelizada- con yogurt y pan de especias.

Un correcto huevo a baja temperatura con crema de patata y trufa al que le sobraba un foie micuit que, por la temperatura excesiva del conjunto, solo acababa aportando grasa y pesadez al conjunto.

Un buen risotto, en su punto, de setas con carpaccio de ciervo.


Un correcto pichón, algo pasado en su punto de cocción, con foie fresco que, de nuevo, aportaba demasiada grasa.

Una más que correcta torrija, ligerísima -tal vez demasiado-, coronada por crema caramelizada y acompañada de un buen helado de nata.

Unos meritorios petit fours –que te sirvan petit fours en el Valle sí que es una auténtica rara avis- que componían unos agradables macarrons y unas trufas no aptas para abstemios.

Hasta aquí muchos pros y algún que otro contra –¡Ojo con las grasas, las carga el diablo! ¿O eran la armas?- a los que hay que sumar una sala, que por sus dimensiones, sonoridad y decoración, no está a la altura de la cocina y una impropia entrada al restaurante através de un bar que ahumaría hasta el salmón más correoso.

En definitiva, por su buen hacer, tanto en la cocina como en la sala, por la honradez, reflejada también en la factura del ágape, de su propuesta gastronómica y por su sencillez, un bien escaso en el Arán, Era Coquela merece contarse entre los restaurantes con diploma del Valle. Las medallas las reservo para Eth Taro (Artíes), Eth Portalet (Bossost) y Tikolet (Baqueira).

Vino: Propiedad 2007. (Graciano, Mazuelo, Tempranillo y Garnacha). Bodegas Palacios Remondo (Rioja).

Precio: 40 €
Calificación: 13,5/20

Indicado: Para confirmar que las apariencias no importan.

Contraindicado: Para los que solo salen a cenar para lucir palmito.

Avenida Garona 29, Vielha
973 64 29 15