jueves, 4 de agosto de 2011

La Royale

Recientemente, y no sin parte –mucha, diría- de razón, pero también con una pizca de severidad, algunos lectores de este blog me han recriminado –siempre de la mejor de las formas- que cada día que pasa tiendo más a repetir restaurantes en mis crónicas y que, en consecuencia, ofrezco menos novedades. No voy, pues ni puedo ni quiero, a negarlo, aunque si me lo permitís, en dos líneas me justificaré, aunque solo sea en parte.

Sonará a Perogrullo, pero la oferta gastronómica de Barcelona, y particularmente la que merece ser reseñable, la que entiendo que buscáis en este blog, es finita, y considero que la segunda, la tercera, la cuarta y la enésima entrega sobre restaurantes como Alkimia, Dos Cielos, Coure…, crónicas que versarán sobre nuevos platos, nuevos conceptos, aportan más que la reseña de un restaurante cuya única “virtud” reside en su novedad.

No obstante, debo ser agradecido con la sana exigencia de algunos, pues vuestra voracidad de novedades y cierta tendencia mía a la complacencia me han abocado a una semana de frenesí descubridor, en el que la hamburguesería La Royale ha sido uno de los que mejor sabor de boca me ha dejado.

La Royal, una hamburguesería situada en la zona alta de Barcelona –parece que estos lares son propicios a ellas (La Burg, OK…)-, de una más que cuidada decoración, dotada de una muy agradable terraza, que ofrece una magnífica selección de gin-tonics y, sobre todo, en la que anteayer disfruté de dos de las mejores hamburguesas que he comido en tiempo –eso sí, a la de L’Atelier del Coure, todavía nadie le ha podido hacer sombra-.





La Royale, una hamburguesería que cuenta con el asesoramiento del genial, aunque su última aventura en Barcelona (The Mirror) no termine de hacerme “tilín”, Paco Pérez. ¿En serio era precisa una asesoría gastronómica de tan alta cuna? No lo creo, pero ya es sabido: hoy un nombre, una marca –es en lo que se han convertido- vende más que mil horas de trabajo anónimo, discreto tras unos fogones.

La Royal, una hamburguesería en la que el martes por la noche (en verano estará abierta todas las noche de la semana) disfruté de:

Unas excelentes, de las mejores de Barcelona junto con las del Gastrobar 3, alitas de pollo caramelizadas con soja y miel: de verdad, para relamerse los dedos.

Una buena hamburguesa de wagyu (150 g) con lechuga romana, cebolla braseada, pepinillo, salsa Royale y stilton, en la que, este último invitado, por su potencia gustativa, era el peor recibido de todos.

Una excelente hamburguesa de vaca vieja con pesto rojo, tomates cherrys, champiñones y provolone.

Mereciendo ser destacados sus perfectos puntos de cocción -¡Qué agradable sorpresa!-, y quedando en el tintero para futuras –que seguro que las habrá- visitas, sus hamburguesas de angus, bisonte, pato, atún, avestruz, cerdo, pollo y vegetal.

Hamburguesas correctamente acompañadas por unas patatas Deluxe (con su piel), y, casi ni aceptablemente, por unas falsamente anunciadas en la carta como patatas Pont Neuf, que, en la práctica, no eran más que las patatas fritas de toda la vida no especialmente bien ejecutadas.

Una de cal y otra de arena –lo segundo suele, desafortunadamente, ser lo habitual en este tipo de locales- en los postres.

Bien para las fresas con helado de caramelo y crema de marshmallow (nube). Una interesante versión de las fresas con nata.

Y muy floja la anunciada como mousse de chocolate –que ni era mousse, ni ganache, sino más bien una crema desagradablemente densa de chocolate- con galleta de mantequilla y helado de toffee: todo una bomba.

Y para “bajarlo” todo, de entre su cuidada selección de ginebras y tónicas –muy mejorables, en cambio, dado el precio de los combinados, las copas en las que se sirven- me decanté por un gin-tonic de Junipero con Fentimans.

En definitiva, solo dos meses pesan en sus espaldas y La Royale exhibe ya un buen hacer tal que, o mucho se tuercen las cosas, o devendrá una, sino la hamburguesería de referencia de la Ciudad Condal.

Bodega: L’Equilibrista (Garnacha, Syrah y Cariñena). Ca N’Estruc. DO Catalunya.

Precio: hamburguesas entre 10 y 18 €; entrantes entre 6 y 10 €; patatas 4 €; postres 5 €; copas de vino entre 2 y 4,5 €; y gin-tonics entre 10 y 14 €.

En pocas palabras: Hamburguesas, y muy buenas, para rato.

Indicado: Para los que saben que la informalidad en la mesa, en una propuesta gastronómica no está reñida con la calidad.

Contraindicado: Para fans de Mc Donald’s.

Plaza del Camp 5, Barcelona
93 254 73 93

martes, 2 de agosto de 2011

Can Bosch (IV)

Joan: jefe de cocina, propietario… alma de Can Bosch, y uno de los grandes cocineros –sumido demasiados años en un injusto ostracismo- de nuestro país.

Manel: un sumiller como pocos, una persona todavía mejor.

Montserrat: responsable de la sala de Can Bosch, a la que quiere a la par que exige como si de una hija se tratase.

Hijos –de futuro prometedor-, sobrinas –todo amabilidad-, y un largo y más que solvente etcétera, componen la orquestra del restaurante Can Bosch de Cambrils.

Orquestra capaz de interpretar, tras unos meritorios entremeses –en su acepción culinaria, pero también teatral-, y encarnados en un perfecto Dry Martini (ginebra 6 o’clock), uno de los mejores crujientes de parmesano con los que uno puede darse en los dientes, unas notables “air baguete” de sanfaina y anchoa y croqueta de conejo, una buena tostada de salmón y una mejorable versión de la patata brava,


Por momentos de forma perfecta, las siguientes piezas:

Delicadez y potencia gustativa de la mano en la esqueixada de espineta (agalla de atún salada y desalada) con vieira, esparragaos ahumados y crema de sesos y hierbas.

Producto de primerísima calida y sabor a raudales, aunque algo desacompasado por el exceso de solistas presentes, en el tártar de cigala, sardina confitada al vacío al pesto, láminas de aguacate, crujiente de arroz, tomate confitado y romesco de pimentón. Una pieza que, personalmente, hubiese disfrutado más en dos actos: cigala, aguacate, crujiente de arroz y tomate; y sardina al pesto con romesco al pimentón.

Una tatin de berenjena con tomate (gelatina) y queso de cabra, con gambas de Tarragona en tempura –espectaculares- y caviar de berenjena que, a pesar de la ya reseñada calidad de las gambas, supusieron los compases, por cierta falta de complementariedad de sabores y, sobre todo, de texturas, menos harmoniosos de la noche.

Que, afortunadamente, vino sucedida por el aria de la noche: una antológica caldereta de espardeñas que, por si sola justificaría la visita a Can Bosch, el viaje, fuera cual fuera el origen, a Cambrils.

Excelente también, aunque que pagó los alardes de la caldereta, la ventresca de atún con sanfaina y crujiente de manitas de cerdo.

Sublime el prepostre de maría luisa (parfait y bizcocho bulliniano), helado de yogurt, cerezas e hibiscos.

Y, en cambio, demasiados referentes, que dificultaban su disfrute, en el postre de cacao, melindro, albaricoque, vainilla, mantequilla, amareto…: Sacher, tiramisú y, seguro, vosotros hallaréis algún referente más.

De vuelta a la excelencia con los petit fous, uno de los buques insignia de la casa: macarron de coco, gominola de frambuesa, bombón de mango y yogurt y sus “choco-crispis”.

En definitiva, una nueva visita a Can Bosch, otro gran menú degustación y un nuevo plato con la firma de Joan Bosch que pasa a engordar la selecta lista de “mis platos inolvidables”.

Bodega: Saint Joseph 2006 (Marsanne). Ferraton Père-Fils. Cotes du Rhone.

Precio: 80 € (gran menú degustación) + 30 € (bodega)

En pocas palabras: El mejor restaurante en el que he estado entre Barcelona y Denia, y uno de los mejores en los que he comido.

Indicado: Para los que gustan disfrutar de la tradición, de la innovación, del mejor producto, en definitiva, de la cocina.

Contraindicado: Para los que en los meses de verano, estación en la que este fenómeno es, desafortunadamente, más patente, entienden las comidas como meros acto de alimentarse.

Jaume I 19, Cambrils (Tarragona)
977 36 00 19

Y en próximas entregas, atendiendo a la sana exigencia de algunos: La Royale, Àtica, 21 Plats y lo nuevo del “viejo” Dopo.

jueves, 28 de julio de 2011

Coure, L’Atelier (II)

Segunda ocasión -enésima visita- en la que me dispongo a hablar de la magnífica propuesta gastronómica que Albert Ventura ofrece en lo que, vistos los resultados, era el desaprovechadísimo recibidor de su restaurante: el imperdonablemente ignorado por tantas guías y críticos, Coure.

Propuesta gastronómica a la que, sin el beneplácito del bueno de Albert, bauticé en su día como L’Atelier del Coure y que, a mi parecer, se erige como la mejor oferta de Barcelona en su segmento.

¿Y cuál es esta parcela de la oferta gastronómica de Barcelona en la que L’Atelier del Coure “se sale”?

Pues la que gira entorno a las tapas y platillos de cocina tradicional, con un leve barniz de creatividad y con un denominador común: siempre elaborados con una materia prima de primerísima calidad.

Y dan fe de ello la media docena de tapas y platillos que me regalé hoy hace una semana.

Una ensaladilla de ibéricos que, a pesar de ser una de sus tapas que más éxitos cosecha, a mi siempre me deja algo frío, afortunadamente servida junto con unas perfectas, las mejores de Barcelona junto con las de jamón del restaurante Vivanda, croquetas de pollo.

Unas colosales almejas de carril para ser degustadas crudas cual ostras: al natural o con un toque de limón o pimienta.

Unas excelentes mollejas “poelée” con alcaparras y vinagre.

La mejor hamburguesa de Barcelona –por supuesto, de buey-, y cuyo secreto, además de en una excelente materia prima, residen en… no creerías que iba a defraudar la confianza de Albert.

Y un notable steack tàrtar, en esta contienda, el de Dopo o el de Vivanda –de la misma factura-, se imponen, acompañado con mascarpone a la mostaza antigua.

Y para terminar, un agradable, aunque no al nivel de su babá, bizcocho de almendras con amareto y mascarpone a la vainilla.

En definitiva, lo que nació como respuesta a la necesidad de dar rentabilidad a un espacio desaprovechado se ha convertido hoy, y por méritos propios, en la “niña de los ojos” de Albert. Aunque ya veremos qué sucede cuando, tras el parón estival y las obras que éste comportará, se presente en sociedad el nuevo Coure. La sana contienda para erigirse como el “buque insignia” del Sr. Ventura está servida.

Bodega: Philippe Chavy 2008 (Chardonnay). Philippe Chavy. Borgoña.

Precio: 35 € (comida) + 25 € (botella de Philippe Chavy 2008)
Calificación: ¿A qué no la extrañáis?

En pocas palabras: “L’Atelier” de Barcelona.

Indicado: Para descubrir o confirmar que las tapas y los platillos pueden ser colosales.

Contraindicado: Para los que no gustan de los taburetes y requieren amplitud para comer. Aunque os confesaré que, si la sala del restaurante Coure no está hasta los topes, puede que os dejen disfrutar “como señores” del tapeo del Atelier.

Passatge Marimon 20, Barcelona
932 007 532

sábado, 23 de julio de 2011

Gresca (II)

Dice la sabiduría popular qua a la tercera va la vencida, pues siento discrepar, pero en mi idilio con el restaurante Gresca, la definitiva ha sido la cuarta.

Y así, hasta el pasado lunes, por tres se contaban mis visitas a este restaurante del ensanche más noble de Barcelona, y en ninguna de ellas, a pesar de haber comido bien, nunca mis labios habían saboreado las mieles de las que tanto me habían hablado dos de los grandes de la restauración de Barcelona y, sobre todo, amigos.

Pero ni hay mal que cien años dure, ni romance que a la perseverancia no ceda –para los que no suscriban esta afirmación, solo puedo recomendarles la magnífica película “Grandes esperanzas”-, y por fin, hace una semana mal contada, pude regalarme tres horas de placer en el restaurante Gresca.

Sin duda, la velada no estuvo exenta de sombras, no obstante, por primera vez, las luces se impusieron, gracias a un par de platos perfectos, a la belleza de casi todos ellos y a la personalidad de Rafa (propietario, cocinero, alma…y hasta el momento un desconocido para mi), de manera abrumadora.

Dos, si me apuráis tres, son los tipos de restauradores que existen: (i) los que podrían regentar tanto un restaurante como una tintorería, en definitiva, los que entienden la restauración como un mero negocio; (ii) los que la amaron pero, en pro de la supervivencia, de la rentabilidad, de la comodidad…se subieron al carro de los primeros; y (iii) los que morirán poniendo todo su corazón, su vida, sus recursos en cada plato (Alkimia, Can Bosch, Coure, Gresca –por supuesto, y tantos –o no tantos- más).

Y a fe de Dios que esta última forma de entender la restauración, no solo como un oficio sino como un estado civil, se puede saborear en cada plato.

Platos como los que compusieron el menú degustación del que disfruté el pasado lunes en el restaurante Gresca.

Menú degustación al que puso un flojo prólogo un crujiente de parmesano y pimentón algo reblandecido y un correcto “sashimi” de jurel con brunoise de tomate y coliflor.


Y cuyos capítulos estuvieron…

Más que notablemente interpretados en el caso del lomo de sardina, perfecta su textura, con mantequilla de especias y crujiente de bizcocho de nueces.

En bien se quedaría el foie micuit –tal vez el contracte de texturas y sabores hubiese resultado mejor de optar por un foie fresco a la plancha- acompañado de un caldo de escabeche, cebolla y puerro.

De espectacular para arriba –presencia, textura, sabor…- su versión de la tostada de tortilla a la francesa (tortilla, butifarra, jamón, caviar de tomate “de penjar”) que, por si sola, justifica la visita al Gresca, y que demuestra que rafa, además de ser un buen “arquitecto” de platos, los “pinta” a las mil maravillas.

Luces y sombras en un excelente bacalao (tripa y morro) con arroz, en absoluto bien acompañado por unos astillosos guisantes –es lo que tiene cocinar con producto fuera de temporada- y un exceso de perejil.

Solvencia pero sin emoción para el pez araña con cebolla en escabeche y canela.

Y de vuelta a la excelencia con las dos carnes del menú:

Lengua de vaca, salvia, parmesano, coliflor y salsa española. ¡Olé para esta última!

Pichón –perfecto en su cocción- al jengibre.

Lástima que ninguno de los dos postres,

Ni un “bajativo” que por nombre llevaba “Frutos rojos”;

Ni un buen, sin más, suflé de chocolate con helado de nata agria –todavía le sigo buscando tan sensación al paladar-;

Pusiesen la guinda merecida al menú.

En definitiva, cuatro años han trascurrido –a visita por año- para que el romance con el restaurante Gresca cuajase, pero a la vista de mi última experiencia, mucho tengo que equivocarme para que éste no sea largo y muy feliz.

Bodega: Goliardo Caiño 2009 (Caiño). Bodegas Forjas del Salnés. Rías Baixas. Por cierto, bravo por, su magnífica selección y sus precios -como muy pocos en Barcelona o en cualquier parte- la bodega del restaurante Gresca.

Precio: 50 € (menú degustación) + 30 € (botella de Goliardo Caiño 2009)
Calificación: Colorín colorado, las puntuaciones, por injustas –aunque solo una lo haya sido, ya serían demasiadas-, por decir mucho y nada si se entienden como un elemento ajeno a la crónica que las precede, por, ahora que son más de doscientas, adolecer, seguro, de falta de coherencia interna, y porque rectificar es de sabios –o no hacerlo es de necios-, se han acabado. ¡Gracias Rafa!

En pocas palabras: Cocina creativa y, sobre todo, con amor y honradez.

Indicado: Para los que gustan de la gastronomía con personalidad.

Contraindicado: Para los que comer es más el dónde que no el qué o con quién.

Provença 230, Barcelona
934 516 193

domingo, 17 de julio de 2011

Gastrobar 3 (III)

Un restaurante, una estirpe de restauradores que a nadie deja indiferente.

Hablar del Gastrobar 3 es hablar de la familia Arola, pues este local de diseño situado en el ensanche más noble de Barcelona, zona abonada a la restauración, aunque no siempre de calidad, lo dirige, a su manera –manera que o uno ama u odia, aquí no hay término medio- mi tocayo Eduard Arola, lo asesora en la distancia el talentoso y jamás esquivo a polémicas, Sergi Arola, y lleva excelentemente las riendas de su cocina el genial Matteo Pancetti (Arola Arts, Alain Ducasse…).

Y me dispongo a radiografiar –reitero, bajo el influjo del tamiz de subjetividad inherente a toda crónica gastronómica-, por tercera ocasión el Gastrobar 3 –por media docena se cuentan mis vistas a este local, siempre con idéntico parecer-, pues son muchas las voces levantadas, los comentarios expresados en este blog en una línea casi hasta antagónica a lo que expuse allá sobre el mes de enero, tras mi primera visita al Gastrobar 3, trasncurridos unos pocos días desde su apertura.

3: Food, People and Music.

Food: Por cuanto a continuación expondré, y refrendado por todas mis anteriores vistas, a un altísimo nivel.

Music: De los locales en los que he estado en los que ésta está -perdonad el trabalenguas- mejor integrada. El mejor exponente de ello es que pasa desapercibida hasta que el susurro de una de “tus canciones” –en mi última visita fue una balada de Kiss- llega a tus oídos.

People: Lo dicho, una forma sui generis de llevar el local por parte de Eduard Arola, alias “Eddy”, al que ya definí en su día como el Flautista de Hamelín de la restauración de nuestra ciudad, que se me antoja como “el pal de paller” –que diríamos en catalán- de las filias y las fobias hacia el Gastrobar 3. Para qué esconderse: a mí me cae de lo más simpático. Pero sin duda, si uno busca una sala aséptica, el Gastrobar 3, así como Libentia o Casa Paloma –aunque en otro sentido-, La Tasquita de Enfrente (Madrid), y tantos otros, no son su destino.

Pero vayamos al grano, a lo, desde mi punto de vista, incontrovertidamente meritorio del Gastrobar 3: su propuesta gastronómica. Propuesta encarnada en mi última visita por:

Una notable ostra en ceviche, cuyo sabor, a pesar de la suavidad del ceviche (tomate, flor de cilantro y pepino), quedaba en exceso empañada.

Una excelente “esqueixada” de corvina con infusión de arbequinas, pimiento, tomate y cebolla.

Debo reconocer que, aunque no soy muy amante del foie micuit caramelizado, el servido por Matteo (aquí se advierte la mano Ducasse) con pistachos, PX y una confitura de albaricoque y vainilla estaba excelente.

Una magnífica versión de las migas: ¡Imprescindible!

Dos destellos de producto de primera a los que la excelente cocción, casi nula, dada por parte de cocina acababa de resaltar su calidad: unas navajas del Delta con ralladura de limón y;

Unas gambas de Arenys al natural.

Un muy buen mar y montaña encarnado por una vieira –casi cruda: ¡Perfecta!-, con panceta y aire de ibéricos, y piña a la vainilla –quizás algo de reiteración en el uso de esta especia por parte de Matteo-.


Y aunque algo fuera de temporada, puso una magnífica guinda a la partida de “entrantes y principales”, un rabo de toro con tupinambo, pera y haba tonka: potencia, pero con control, gustativa al límite.

Y para terminar, dos notables postres –la asignatura pendiente del local, pues en mi primera visita los firmaba por debajo del nivel del resto de la comida el bueno de Paco Torreblanca-:

Su versión del clásico helado Solero: brunoise de mango, espuma de vainilla, sopa de maracuyá y helado de yogur.

Y un brownie –receta tradicional-, al que le sobraba el azúcar glas que lo cubría, pero al que acompañaban magníficamente una ralladura de naranja, helado de vainilla y toffee.

En definitiva, dónde dije "Digo" sigo diciendo "Digo", o lo que es lo mismo, que la propuesta gastronómica del Gastrobar 3 siempre se me ha antojado como merecedora de un sonoro aplauso.

Bodega: Botella de Riesling Spatlese 2010 (Riesling; Trocken), y copa de Abadía de San Quirce Crianza 2006 (Tinta fina; Ribera del Duero).


Precio: 35 € (comida) + 23 € (bebida)
Calificación: 15/20

En pocas palabras: Uno de los mejores gastrobares de Barcelona.

Indicado: Para disfrutar de la cocina de Matteo Pancetti: uno de los grandes de Barcelona.

Contraindicado: Para los que no gustan de una sala que, en ocasiones, puede llegar a resultar invasiva.

Còrsega 231-233, Barcelona
677 887 565