martes, 9 de abril de 2013

Pakta

La última frase que el Tío Ben dedicó a Peter Parker puede leerse de vez en cuando –tal vez con más frecuencia de la que muchos desearían- en mis crónicas, y aun a sabiendas de que ésta podría ser la gota que colmase el vaso de todos aquellos que nunca han soñado con enfundarse el traje de Spiderman –si es para marcar tipito el día del orgullo gay y no para trepar por los edificios de vuestras ciudades, también me estoy refiriendo a vosotros-, no puedo hoy dejarla en el tintero, pues si existe un apellido todopoderoso gastronómicamente y al que se le exige –creo que justamente- más que ningún otro, éste es Adrià.

Y si el segundo apellido de la criatura es Iglesias… ni os cuento -bueno sí, que a eso, a leer qué es esto del Pakta, habéis venido-.

Y haciendo bueno su nombre (Pakta significa, en quechua, unión), el restaurante que hoy nos ocupa es el tercer fruto –a pesar de que con éste ya son familia numerosa, el cuarto está ya en camino- de la referida unión de dos familias de restauradores y, sobre todo, su cocina es la que resulta de la unión, de la fusión de dos identidades gastronómicas: la peruana y la japonesa.

Una fusión de cocinas por todo el mundo conocida –como mínimo, de un tiempo a esta parte- como cocina nikkei, aunque, por obra y gracia de Albert Adrià, afirmar que lo que se cuece en el restaurante Pakta es “solo” cocina nikkei, es tan impreciso, tan sesgado como afirmar que lo que en elBulli se hacía era cocina mediterránea.

La vanguardia gastronómica fue, en su día, la creatividad, también han copado portadas y movido masas las cocinas de la técnica y de las emociones y muchos son los indicios –del tamaño de una biga en ojo ajeno- que apuntan a que lo étnico es ahora la tendencia.

Pero ojo, pues todas las monedas –la gastronomía es cultura, es arte, pero es también, o sobre todo, un negocio- tienen su cara y su cruz, y si bien es sencillo para lo étnico, por nuestra ancestral curiosidad por lo desconocido, captar inicialmente nuestra atención, nada hay más fugaz que la novedad y, en consecuencia, sin una sólida y compleja construcción de lo étnico, el suyo será un reinado frugal.

A pesar de mi retórica, no suelo dar puntada sin hilo, así que acabáis de leer la que, hasta esta aclaración, era la primera crítica velada al restaurante Pakta -ahora es ya solo una crítica-. Una de las pocas críticas, aunque de calado –a un arroz a la cubana, tradicional o creativo, difícilmente le dedicaré jamás un no, en cambio, no creo que ni la chalaca, ni la causa de pollo, ni el anticucho de Albert merezcan un bis-, que verteré sobre el restaurante Pakta, pues su precoz virtuosismo –hoy cumple una semana- no tiene casi parangón.

Pero no adelantemos acontecimientos y antes del qué, reseñemos, brevemente, el dónde y el quién.

¿Dónde?

En Lleida, la calle –ya me gustaría a mí-, número 5. O lo que es lo mismo, puerta con puerta con los restaurantes Rías de Galicia, Espai Kru y La Cañota.

Y en una sala sencillamente bella y cálida.

¿Quién?

En la cocina: por Japón, Kioko Li; por Perú, Jorge Muñoz; por los Adrià, Sebastián –no, no me he confundido de nombre, pues Sebas es una prolongación del menor de los Adrià- y, por supuesto, Albert. Y ocho más.

En la sala, Zet Chung, de la que me quedé prendado -de su buen hacer, que aquí abundan las salsas, pero ninguna es rosa- en el malogrado Foc Ca la Nuri. Y cinco más.

Ahora sí. ¿Qué?

Pues dos menús bautizados con los nombres de las enseñas orográficas del origen y del destino de este puente aéreo gastronómico que es la cocina nikkei, esto es, un menú Fujiyama (una quincena de servicios, 68€) y otro –el mío- Machu-Pichu (más de veinte creaciones, 90€).

¿Y qué de qué?

Pues un crujiente de mar (“llengüeta blanca”, góbido de cristal o “crystallogobius linearis” frita) con kimchi, lima y polvo de algas, cuyo alegre picante entendí como una declaración de intenciones de lo que iba a suceder, pero me equivoqué, pues de la veintena de platos que probé solo dos alegraban –por picantes, muchos más lo hacían por otros motivos- el paladar.

Una bella, y poco más, zanahoria “encevichada” con gomasio (sal de sésamo) y piel de naranja sanguina.

Una oportunidad perdida de enjoyar con lujosas materias primas, las grandes ausentes a la cita con el restaurante Pakta –deberían ser invitadas-, una composición humilde, en este caso, la chalaca (tomate, maíz tierno y cebolla al mortero, aderezado con lima, ají y choclo -maíz en quechua- tostado), con chips de yuca.

Un magnífico –DO Adrià- tofu de aguacate con erizos, huevas de salmón, wasabi y salsa “dashisoja”.

Un bocado de hortelana frescura en forma de una excelente –muy Bras, muy Noma, muy Mugaritz- composición de “cebiche de tomate” con granizado de leche de tigre de naranja sanguina y remolacha, y acompañado con jugo de oxalis, tomillo limonero, cilantro y menta.

Una bella, delicada, y sabrosísima composición de caballa ahumada con jugo de alga codium y ensalada de algas (flor de daikon, wakame…).

Un sublime montadito de tártar de atún picante con quinoa inflada, huevas de pez volador, cristales de soja, alga nori (en el papel de rebanada de pan), aceite de sésamo y, por supuesto, cilantro –el cilantro suele estar presente en la mayoría de los platos de la cocina nikkei y, en muchas ocasiones, reclama demasiado protagonismo. Circunstancia que no ocurrió ni una sola vez en toda la cena en el restaurante Pakta y que es una prueba más del preciosismo gustativo de Albert Adrià-.

Un buen “maki” de causa de salmón con mayonesa de miso, salsa aburi (de ajo frito) y wasabi. Sin duda, de subirlo de sabor un par de escalones -más ají, más miso, más ajo... ¡Más madera!, el salmón y la patata pueden con ellos- podría ser un plato excelente.

Otra buena, sin más –a diferencia de la anterior, tiene el recorrido gustativo que tiene, y que es poco- causa frita de pollo con mayonesa de estragón, aguacate y nuez de pecán.

Dos excelentes nigiris, a los que, casi sin solución de continuidad, los sucederían otros tantos de matrícula de honor.

De calamar con sal de huacatay y lima.

De atún con salsa mirin (vino de arroz, azúcar y soja) y tapioca.

Un tan, tan, tan buen, como de sabores ya tan, tan, tan vistos –lo dicho, la novedad se devalúa rápido- ceviche de corvina con leche de tigre de kumkuats, boniato asado, choclo y cebolla morada.

Los anunciados superlativos nigiris, a los que entronizo como los reyes de Barcelona, y de parte del extranjero.

De anguila –sutil, ahumada en su justa medida, imperceptiblemente dulce, que se deshacía en la boca…-.

De papada con salsa “siu panka” –un bocado celestial-.

Una sabrosamente untuosa gyoza a la plancha de cochinillo y setas niponas.

Un ejemplo de sabrosísima sencillez a cargo de unos sobas, pero de harina de sarraceno –fusión culinaria italiano-japonesa-, a la huancaína, esto es, con ají y cilantro. Tras degustarlos, y a la vista de cómo estaba yendo todo, creí que el menú del Pakta me abriría las puertas del Nirvana. Por desgracia, y con un par de excepciones, el resto del menú se encargó de cerrarlas a cal y canto.

Y así, las primeras encargadas de despertarme de ese dulce estado de ensoñación fueron unas vieiras a la parmesana (emulsión de queso parmesano y polvo de panko con coral de vieiras). Un plato poco lucido (mejorable cocción de las vieiras y un panko con mucho sabor a panko y poco a vieira) y lúcido –sí, en el restaurante Pakta tienen bien atado al cilantro, pero… ¿Quién controlaba al parmesano? Visto quedó que nadie-.

Un excelente bacalao negro al estilo Nobu (curado en miso y braseado), con ajo negro y “flor de daikon” encurtida.

Un anticucho de pierna, no de corazón como mandan los cánones -¿Miedo a la víscera, Albert?-, de cordero, con piña a la parrilla y aderezado con polvo de oliva negra, ají y miel. Un plato vulgar, esto es –RAE dixit-, común, impropio de personas cultas, educadas… -de ti, Albert-.

Un lomo de ternera gallega –será gallega, pero el hábito no hace al monje-, acompañado por patatas suflé con sal de ají, bizcocho exprés de maíz, wok de pimientos y cebolla, y huevo poché de codorniz. Un plato si bien no vulgar, sí muy por debajo del nivel de Albert –tocará trabajar los platos principales-.

Un buen, aunque algo soso, sorbete de mango con crujiente de castela (bizcocho nipón de té verde, lima y menta).

Un “mochi” de chantillí y fresas –entrecomillado que responde a que a una esfera gelificada de chantillí no es de recibo presentarla como un mochi-. Sin duda, el plato, conceptualmente, más flojo de la velada, pues en la cuestión de “ser o no ser, versionar o desnaturalizar”, Albert se quedó con ésta última.

Unos notables dorados suspiros (merengues de fruta de la pasión y oro) a la limeña (acompañados con un helado de dulce de leche y un chorrito de pisco).

Unos muy buenos –y muy, muy dulces y muy, muy, muy fritos- picarones (rosquillas) de boniato, con miel de higos secos y canela.

Y una tableta de chocolate blanco con té, que, a pesar de su belleza y sabor, se me antoja como un impropio colofón a un menú de tanta alcurnia.

En definitiva, un gran, un grandísimo restaurante que, con el debido rodaje –solo la falta de rodaje, de la perspectiva que éste aporta, puede explicar que el menú se sirva en una cuarentena de platos de una vajilla hecha ad hoc para el restaurante Pakta y que, en cambio, uno tenga que disfrutar de todo el menú con unos vulgares palillos de madera que, al tercer plato, ya estaban impregnados de mil y un sabores-, y algo más –más materia prima, por ejemplo, pero también más seso en los platos principales y postres-, puede llegar a ser superlativo.

Bodega: Un par de cócteles: muy bueno el Kimidori (shochu, umeshu, lima, tomillo) y bueno, sin más, el Pisco Sour. Una garrafa de sake: Sohomare Kimoto Junmai Ginjo. Y, contra viento y marea –bueno, contra las “recomendaciones” de la sumiller-, una botella de vino tinto: Il Fait Soif 2010 (Garnacha y Syrah). Domaine Gramenon. Côtes du Rôhne.

Precio: 130 €

En pocas palabras: Lo nikkei hecho trascendente.

Indicado: Para disfrutar de 10.000 millas de viaje gastronómico, y para comprobar que los Adrià son los actuales Midas –entendiendo el oro en el que se convierte todo lo que tocan como valor económico, pero, y sobre todo, como metáfora de la máxima calidad- de la gastronomía.

Contraindicado: Hoy, para los que no hallan belleza en las vueltas de calentamiento, y mañana y pasado, para los que añadir champiñones a una pizza prosciutto es toda la aventura gastronómica en la que desean embarcarse.

Lleida 5, Barcelona.
Reservas en la web del restaurante.

sábado, 6 de abril de 2013

L’escola

Lejanos, difusos, grises… así eran los recuerdos de mi última visita a la “escola”.

¡Alto, antiguos compañeros del colegio Thau! No encolericéis todavía creyéndome ver arrojar piedras sobre aquellos maravillosos años, pues de la escuela de la que, hasta ayer, tenía recuerdos tan pocos nostálgicos no es aquella en la que compartimos casi tantas enseñanzas como fechorías, sino la de hostelería de Barcelona y, particularmente, de su restaurante –una casa de comidas que, siendo francos, más parecía el comedor de un hospital que un restaurante-.

No obstante, y tras mi visita de ayer a la renovada, reubicada… –casi reinventada- Escola Superior d’Hoteleria de Barcelona (en adelante, la “ESHOB” -si la cabra tira al monte, los abogados lo hacemos a definir términos-), me atrevo a afirmar que en el proceso de mudanza del Eixample al 22@ muchas de las cajas marcadas como “Vicios” se extraviaron.

No me extenderé en mi descripción de la ESHOB que dirige Iñaki Gorostiaga, y me limitaré a aventurarme a sentenciar que, de su mano, de la de Javier, de la de Carlos y de tantas otras, y gracias a las nuevas instalaciones -en el triple de espacio caben muchos más “juguetes” como cocinas demostrativas vestidas de mil y un botones, cuidados paneles de cata, aulas de formación para dar y tomar…-, a la renovada ilusión y a las sinergias creadas con reputados profesionales y más poderosas marcas, no es una quimera el sueño que una segunda edad de oro de la escuela llame, en un futuro cercano, a sus puertas –aunque, en puridad, debe señalarse que repetir una generación como la de los Arola, Abellán, José Andrés, Raurich… es casi tan difícil como que de la “Masia” salgan otros Messi, Xavi, Iniesta o Busquets-.

Tampoco será farragoso mi tránsito por el restaurante de “trinchera” de la ESHOB, el restaurante L’h@m, y en un:

¡No me extraña que con un menú, de tan cuidada como barata factura (9,90€), disponible tanto para almuerzos como para cenas, lo petéis –lo que en un lenguaje menos chabacano significa “colguéis el cartel de completo”-!

Y es ya de vuelta al cole, al restaurante L’escola de la ESHOB, cuando me entran las dudas, no las que cantaba Aute de si “enamorarme o morir”, sino las de si es un restaurante recomendable o –no temas, Iñaki- muy recomendable.

L’escola: un restaurante en el que, bajo la dirección de Javier Villero en los fogones y la de Carlos Cuende en la sala, los alumnos de la ESHOB demuestran lo aprendido.

Incipiente sapiencia culinaria que, Javier (recién aterrizado a la ESHOB para sumar en la causa que ésta viva una segunda juventud, proveniente de Vilaplana Catering y con los galones de Can Fabes o Louis XV de Alain Ducasse) mediante, se traduce en una triple propuesta gastronómica (a la carta (precio medio 35 €), menú Maridaje (50€) y menú Mercado (18,50€)) tan interesante como poco armoniosa por culpa de las demasiadas –aunque imperativas, pues no debemos olvidar que estamos ante el restaurante de una escuela- notas (cocina tradicional, de mercado, internacional, creativa, de autor…) que desea tocar.

Intentando abarcar el máximo –suerte, pues como veréis, si aprieto más los ahogo- me decanté por el menú Maridaje y así mi cena discurrió por:

Un sorprendentemente, pues su base era el Cynar, dulzón, y por ello nada propicio para despertar el apetito –afortunadamente, traía de sobras de casa-, “cóctel del alumno”.

Un flojo servicio de pan (hojaldrado, de nueces y beicon y focaccia al romero). Cada día me gustan menos los panecillos –diminutivo cuantitativo y cualitativo- y, como en las carnes o pescados, el tamaño sí que importa.

Un buen foie mi-cuit acompañado por una gelée de fondo de cordero, un crujiente de pan de briox y un bouquet de ensalada.

Una más que mejorable –tanto su presentación, demodé, como su sabor y textura- mini-hamburguesa de calamar.

Un excelente ajo blanco con uva, caviar de arenque y nube de esencia de almendra amarga.

Una buena vieira con calabaza (crujiente y escalivada).

Una composición de tripas de bacalao, habitas, butifarra negra y sofrito de tomate, tan poco lúcida –por la acidez del tomate que enervaba el disfrute tanto de las habas como, y sobre todo, de la tripa- como lucida –por la ejecución de un reblandecido crujiente de butifarra-.

Un notable San Pedro con puré de celeri –un parmentier hubiese aportado la untuosidad de la que carecía el plato-, salsifís y salsa de Jabugo.

Un muy buen –y muy Santamaria- pichón de sangre en “crapaudine” con su fondo, cebollitas mal glaseadas y puré de nabo.

Una más que afinable selección de quesos.

Un muy buen sorbete de mango “al estilo Tijuana”, esto es, aderezado con sal, limón, chile y… tequila.

Un excelente bizcocho de coco, acompañado por un canelón de piña y tamarindo, un sorbete de lima y un granizado de ron.

Un prescindible “postre del alumno”. Un postre firmado por un alumno de la ESHOB y cuyo demérito residía en la concatenación, con fines exhibicionistas y no al servicio del sabor, de texturas de frutos rojos, lácteos y frutos secos que le daban forma.

Y un buen trío de petis: nube cítrica, trufa y crujiente –éste sí- de sésamo.

En definitiva, el restaurante L’escola, a pesar de los numerosos peros que acabáis de leer, es un restaurante recomendable o muy recomendable pues su relación calidad-precio es más que destacable y, asimismo, disfrutar de los futuros “cracks” de la cocina no tiene precio.

Bodega: Agustí Torelló Mata Reserva Brut (Macabeo, Xarel•lo y Parellada); Agustí Torelló; DO Cava. Miranda d’Espiells (Chardonnay); Juve i Camps; DO Penedès. Envidia Cochina (Albariño); Eladio Piñeiro; DO Rías Baixas. Petit Bernat (Syrah, Cabernet Franc y Merlot); Oller del Mas; DO Pla de Bages.

Precio: 50 €

En pocas palabras: Mucho más que una escuela.

Indicado: Para optimistas y para los que sabemos que, sin nuestro apoyo, la denominada “generación perdida” de veras lo estará.

Contraindicado: Para los que a ver partidos del Barça B no le encuentran ninguna gracia.

Paseo del Taulat 243, Barcelona.
93 453 29 04

PD: en unas horas estaré comiendo en el restaurante Pakta. Crucemos los dedos para que, por fin, lo “nikkei” me seduzca-.

martes, 2 de abril de 2013

Kuai Momos

Si bien no existe un mínimo común múltiplo, y su máximo común denominador sería el mero hecho de ser casas de comidas, entre los restaurantes que visité el pasado mes de marzo, sí que es sencillo advertir que la cocina asiática y, en menor medida, el barcelonés barrio de Gracia son rasgos comunes a unos cuantos de ellos.

Y si un restaurante encaja a la perfección en tal descripción, éste es el Kuai Momos, pues va sobrado de “Asia” y de “Gracia” –con menos Gracia y más gracia, la cena hubiese ido algo, o mucho, mejor-.

Y así es, pues el restaurante Kuai Momos es la casa de comidas que el “graciense” (oriundo del barrio de Gracia) Jordi Brau se trajo bajo el brazo de sus siete años no solo en el Tíbet sino en toda Asia.

Siete años con los cuchillos en una mano -los pasó casi íntegramente trabajado en la restauración- y las maletas en la otra –muy quieto no paró el chico-, en los que fue tomando cuerpo la idea de abrir en su Gracia un restaurante en el que tapear con palillos o, en otras palabras, en el que picotear, en el que compartir platos con denominación de origen Asia.

Y hace algo más de un año, dicho y hecho.

Año y poco en el que el restaurante Kuai Momos se ha ido ganado al público barcelonés, particularmente al del barrio de Gracia, pero también al foráneo.

¿Y con base en qué argumentos se deberían estar preguntando todos aquellos cuyas neuronas no se hayan declarado en rebeldía por el fin de las vacaciones de Semana Santa?

Y pues muy a mi pesar las mías no han sufrido el estrés de la “vuelta al cole” pues nunca se fueron, no me ha costado mucho identificar que la cálida acogida del restaurante Kuai Momos se debe a:

Una propuesta gastronómica, firmada por el propio Jordi y ejecutada por Bin, que te permite viajar por buena parte de Asia pero cuyo mérito reside más en la extensión de kilómetros de gastronomía que abraza que en la delicadez o virtud con la que lo hace. Sin duda, su peor achaque son las concesiones a los paladares de aquí que en ella se advierten –siempre he creído que una cocina para todos los públicos acaba no siéndola para ninguno-.

Una sala dotada de tres ambientes –mención especial merece su “chill out” o su balcón interior- amable y entusiásticamente comandada por Ricard y Anna.

Y, por supuesto, al puesto que ocupa en el ranking de la tan poderosa como de insondables y más que cuestionables criterios web Trip Advisor. Nada más ni nada menos que el vigesimoséptimo, de entre más de cuatro mil restaurantes reseñados, lugar, lo que, por cierto, supone que el restaurante Kuai Momos pueda ver al restaurante Koy Shunka (al que los “viajeros” consideran el vigesimonoveno restaurante de Barcelona) por el retrovisor.

Y ya sin más dilación, he aquí las postales del viaje gastronómico por Asia propiciado por mi cena –solo ofrecen funciones nocturnas- en el restaurante Kuai Momos.

Unos notables “nems” o rollitos vietnamitas (soja, zanahoria, lechuga y fideos chinos Vermicelli) aderezados con una buena salsa dulce-picante.

Un interesante salmón “Suke-Maikas”, esto es, escaldado, marinado en soja y aceite de sésamo y acompañado por una salsa de yogur, curry y eneldo.

Unos muy buenos “dumplings” –particularmente la pasta- de cerdo, setas y bambú.

Una excelente –sin duda, lo mejor del ágape- berenjena al estilo de Shanghái según receta de la abuela del chef Bin (berenjena asada con jengibre, ajo… y acompañada con tortitas de maíz).

Un buen, aunque en el que ya se advertían ciertas concesiones gustativas a occidente (poca potencia cítrica y picante -pero moco de pavo, una mera anécdota comparado con el plato que iba a sucederlo-), “Pad Thai” tailandés, esto es, fideos de arroz salteados con pollo, verduras, lima y cacahuetes.

Un triste curry rojo de verduras (leche de coco, pimiento rojo y verde, maíz, coliflor, judías, guisantes, cidronela, lima, salsa de pescado, albahaca tailandesa…) acompañado con el preceptivo bol de arroz. Severidad, en su primera acepción, en mi valoración motivada por la irregular cocción de muchos de sus componentes, por el hecho de incluir en la preparación guisantes congelados, por su falta de densidad y, sobre todo, por ser un plato absolutamente falto de punch –el curry tailandés o pica, y mucho, o no es curry-.

Unas muy flojas, principalmente por lo vulgar de la fritura, por la textura de la carne y por lo dulzón de la salsa que las acompañaba, costillas de cerdo al estilo Singapur.

Unos correctos mochis de sésamo y coco -sin duda, el rebozado de coco no permitía disfrutar en toda su extensión de la textura glutinosa de los mochis-.

Un buen “black sticky rice” -de nuevo, un postre solo apto para los amantes de lo glutinoso- con mango.

Y unas notables trufas con jengibre y naranja.

En definitiva, un restaurante que, de cuidar ciertos detalles (bodega o materias primas) y de no transigir con el paladar occidental, meritaría más la posición de privilegio que le otorga el tan popular como oscuro ranking de Trip Advisor.

Bodega: Carta zarrapastrosa y complicada de la que me quedé con el modestísimo vino de mi tierra 7 de Vi 2011 (Ull de Llebre y Merlot). DO Costers del Segre.

Precio: 30 € (precio medio 25€-30€)

En pocas palabras: Un interesante viaje gastronómico “low cost” por Asia

Indicado: Para disfrutar de un cosmopolitismo gastronómico para casi todos los públicos.

Contraindicado: Para los que buscan lo que disfrutaron en la otra punta del mundo.

Martínez de la Rosa 71, Barcelona.
93 218 53 27