Pero como no hay noche a la que el alba no ilumine, la personalísima propuesta gatsronómica de Robert Gelonch, cocinero formado, entre otros restaurantes, en elBulli, Gaig, Freixa o Speakeasy, por fin vio la luz para mí.
Y tras esta breve -afortunadamente para la salud de nuestras letras- y prosaica introducción, dejemos que la poesía la ponga la cocina del restaurante Gelonch.
Cocina de sabores, al parecer de un paladar amante de la pureza e intensidad de éstos, en demasiadas ocasiones –todo sea por la “noble” causa de hacerlos aptos para todos los públicos- matizados, suavizados, hasta desnaturalizados, que, no obstante, y de la mano de un magnífico servicio de sala, terminó, a los puntos, por convencerme.
Y así, el menú degustación que subió al ring para batirse con una pluma, en ocasiones –lo reconozco-, demasiado afilada, lo compusieron:
Un, y a pesar de su atemporalidad, fuera de época, gazpacho de fresones con aire de fresones, en los que éstos eran solo perceptibles como aroma, pues la base del gazpacho –tal vez, casados con un salmorejo, el matrimonio hubiese sido mejor- se los comía.
Una agradable, aunque algo barroca, ensalada de panceta confitada, vieira asada, langostino crujiente y tabulé de frutos secos.
Un buen carpaccio de Wagyu ahumado, magníficamente acompañado con picatostes a la miel, parmesano y rúcula salteada.
Unos notables tallarines de sepia con pesto “deconstruido”: caldo “axantanado” de parmesano, aceite de albahaca, chips de ajo y piñones tostados.
Una sabrosa composición de mini calamar, huevo de codorniz, ortiguilla a la plancha, migas de chorizo extremeño, salteado de espárragos y cremoso de ajo, en la que, no obstante, se apreciaban, de nuevo, ciertas notas barrocas y, por momentos, desacompasadas.
Un correcto morro de bacalao -una pena que la cocción, al soplete, desnaturalizase su sedosa textura- con colmenillas y espinacas.
Una magnífica lengua de Wagyu, cocinada a baja temperatura durante 40 horas, y acompañada con “leche” y cubos de remolacha, y unos excelentes salsifíes a la crema. Un plato que, por sí solo, justificaría la visita al restaurante Gelonch.
Y dos notables postres, que, seguro, con algo más de ese punch que Robert les sustrae en pro de su popularización –aunque, lo reconozco, muchos de los postres que me han enamorado no han gozado del favor del público en los restaurantes que los servían (Jordi Vilà me confesó un día que yo era de los pocos a los que su pera escalivada con trufa blanca cautivaba)-, alcanzarían la excelencia, encarnados por:
Su interpretación de las Islas Baleares: helado de ensaimada -¡Espectacular!, espuma de queso Mahón, bizcocho ligero de sobrasada y sorbete de mandarina.
Y un cremoso de chocolate blanco y trufa de verano acompañado por un bizcocho ligero de té macha, pistachos caramelizados y nieve de chocolate.
En definitiva, un restaurante y un cocinero a los que, seguro, les aguarda un magnífico porvenir. Y lo dice alguien que no termina de comulgar con su filosofía, lo que da más valor a esta última sentencia.
Bodega: Lavia 2008 (Monastrell y Syrah). Bodegas Molino y Lagares de Bullas. DO Bullas
Precio: 65 € (Disponen de dos menús degustación: 52 € (el descrito) y 63 €, y el precio medio de la carta sin bebidas ronda los 30 €.)
En pocas palabras: Lo mejor y lo no tan bueno de la cocina con nombre y apellido.
Indicado: Para descubrir que los Albert (Coure), Oriol (Hisop), Adelf (Topik), Rafa (Gresca)…cuentan con poderosos aliados al otro extremo del ensanche.
Contraindicado: Para los que gustan de sabores puros e intensos.
932 65 82 98
Bailén 56, Barcelona