sábado, 17 de septiembre de 2011

Mugaritz (III)

Transcurrido algo más de un mes de mi visita a la renacida casa de Andoni Luis Aduriz –la única explicación que se me ocurre para tan dilatada espera es que éste ha sido el tiempo requerido para la digestión conceptual del mejor menú DO Mugaritz que he probado, y son cinco los que se cuentan en mi haber-, he aquí la crónica de una gran, de la mejor de las cenas en Mugaritz ya anunciada –disculpad tan pobre paráfrasis, pero es que me gustan tanto y era tan fácil…, que no me he podido resistir-.

Renacimiento que comenzó a gestarse tras el desafortunado incendio que acabó con su cocina hace algo más de un año y medio y que tras el parón de tres meses de este año entre temporadas –nunca antes en Mugaritz se habían tomado un tiempo tan largo entre campañas para reflexionar sobre lo que debía ser la nueva temporada- y que ha permitido que entre los “15 de Andoni” acumulasen hasta 8.100 horas de creatividad, ha cristalizado en una nueva filosofía de restaurante de la que, y citando textualmente las palabras de Andoni, ha resultado “el menú más Mugaritz, del que más orgulloso me siento, nos sentimos. Ahora hago lo que quiero hacer. Como todo cocinero en crecimiento primero repetía, luego me inspiraba y ahora, por fin, soy yo mismo.”

¡Bravo por Andoni y sus chicos!

¡Bien por nosotros!

Nueva filosofía, nuevo Mugaritz en el que desaparecen los menús preestablecidos, confeccionándose éstos según las apetencias del comensal, lo mejor que cada día, cada semana hayan podido deparar los mercados y la disponibilidad en cocina, en el que los productos de proximidad, los pequeños productores que suministran en exclusiva a Mugaritz casi copan las despensas del restaurante, en el que la voluntad de sorprender, de jugar, de involucrar al comensal ya no es una mera anécdota y en el que el cuidado, el cariño por las texturas –Andoni siempre se ha definido como un cocinero de texturas- de cada plato cobra un significado como en pocos, como en ningún restaurante.

En definitiva, y pues nada mejor que un ejemplo ilustra una farragosa definición: un poco de elBulli, un algo de Noma y mucho de Andoni.

Nuevo Mugaritz que, y así me consta, a unos cuantos ha contrariado –debo reconocer que mi excursión al País Vasco venía precedida de comentarios no muy halagüeños sobre el nuevo rumbo de Mugaritz emitidos por paladares que merecen no solo mi respeto, que lo merecen todos, sino mi admiración, mi complicidad- pero que, seguro, a muchos más enamorará.

Pero juzgad vosotros mismos, pues cada paladar es soberano y, como he repetido hasta la saciedad, en esto de la gastronomía, lo único absoluto que tienen sus verdades es que son relativas.

He aquí las mías:

Las clásicas y mayúsculas piedras comestibles (patata al caolín con mayonesa de ajos escalibados).

Un excelente, muy bulliniano –para cuándo nuestra querida RAE incorporará a su diccionario este adjetivo hoy ya en boca de todo hijo de vecino- cristal de almidón con praliné de avellanas y txangurro.

Una focaccia a la parrilla, una salsa crujiente con cidra y una manzana al cardamomo que, sin duda, encarnaron lo peor del menú ad hoc, y que, por unos instantes, hicieron aparecer los fantasmas sobre los que, entre otros, mis tíos, me habían advertido.



No obstante, y afortunadamente, desde aquí hasta el final, nada creo que hace más justicia a los platos de los que disfruté que una cita de la gran Toy Story: “hasta el infinito y más allá”.

Placer casi sin límites encarnado por:

Un, de nuevo bulliniano, “ravioli” de flores, frutos secos y sal.

Una increíble emulsión de mozzarela casera y té ahumado

Un –si llegáis a disfrutarlo entenderéis el calificativo utilizado – apoteósico “risotto” de calabacín (sus pepitas) con azafrán e Idiazábal.

Un excelente caldo de pescado con un toque de ibéricos, especias, semillas y hierbas frescas, que, sin duda, a uno le hace llegar a la convicción de que Andoni no es solo un maestro en eso de las texturas, mereciendo sus dotes paras los aromas, los perfumes también un más que sonoro apaluso.



Aunque, para sonora ovación -sin duda, la más ensordecedora de la noche-, la que se llevó el plato presentado como: ¡Muérdete la lengua! Acción que, a pesar de lo mucho que me cuesta, voy a hacer mía para no restar un ápice de placer a los que, en un futuro, puedan deleitarse con tal manjar.

Un soberbio “queso” madurado en su corteza (leche de vaca cuajada gracias al lino), con coprino (seta parecida al "rossinyol") y hierbas carnosas.

Un intenso ragut de alcachofas y tuétano servido dentro de un pan cremoso de kuzu que, sin duda, podría erigirse como el paradigma de la mejor de las texturas.

Unos sabrosísimos noodles “del revés”: caldo de arraitxikis, noodles de cerdo y arroz inflado.

Un muy buen bonito con cebolla y semillas de guindilla.

Unas sobresalientes texturas de pescado de bajura (cabracho principalmente).

Una sabrosísima pieza de vaca asada acompañada de una emulsión de su grasa y sal.

Unos notables rabitos de cerdo ibérico con hojas crocantes y aceite de semillas tostadas que, no obstante, no pudieron hacer sombra a los disfrutados hacía justo un año.

Y para terminar:

Una excelente crema fría de limón con nabo encurtido en azúcar no dulce (polvo de limón).

Unos buenos, aunque poco postre para mi paladar, cucuruchos de flores y clavos.

Un notable corte de helado al whiskey.

Y, como “bonus track”...

En definitiva, si ya era, nunca me he escondido de ello, un enamorado de la cocina, la sala, del universo Mugaritz, tras este último menú, por justicia, no puedo hacer otra cosa que, por fin, constatar, asegurar que tal enamoramiento no era, ni será flor de un día.

Bodega: Opus Evolutium (Chardonnay). Alta Alella. DO Cava. Predicador 2008 (Viura). Benjamín Romeo. DO Rioja. Y Roncevie 2008 (Pinot Noir). Domaine Arlaud. Borgoña.


Precio: 200 € (140 € menú + 60 € bodega)

En pocas palabras: Lo mejor de Mugaritz y, hoy por hoy, lo mejor de nuestro país.

Indicado: Para los que gustan de una cocina con personalidad, pues la de Andoni se degusta en cada plato.

Contraindicado: Para los que no conciben un Mugaritz sin su torrija: glorioso, pero ya pasado.

Aldura Aldea, 20, Errentería (Guipúzcoa)
943 522 455

Gracias Andoni, Llorenç, Joserra… por, y aunque ya no midáis los instantes de placer que regaláis por minutos –sin duda, en el restaurante Mugaritz, con sus menús 120’ y 180’, fueron los pioneros en reinstaurar el tiempo como uno de los valores esenciales en gastronomía, en la vida- por las cinco horas, ya no de placer, sino de felicidad, de las que disfruté el pasado nueve de agosto.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

A Fuego Negro

En pleno casco antiguo de San Sebastián, o lo que es lo mismo, en medio de la zona más caliente, gastronómicamente hablando, de Donostia, se encuentra el restaurante A Fuego Negro: un local de pinchos, tapas y platillos como no hay otro en la capital guipuzcoana.

Y si no hay otro igual –como siempre, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza y, lo que aquí nos atañe, en lo bueno y en lo malo- es pues…

Resulta difícil, por no escribir imposible, encontrar por esos lares un local de pinchos con una decoración tan cuidada a la par que sui generis. Debo reconocer que, con la mini estatuilla de “el Follet Tortuga” (Maestro Mutenroshi para los que disfrutaban de Bola de Dragón en castellano), ubicada en una de las vitrinas del restaurante, ya se ganaron un pedacito de mi corazón.

En casi ninguno de los locales de tapeo del barrio viejo, de los pescadores, de Donostia se ofrece la posibilidad de disfrutar de sus tapas y platillos en la reposada comodidad de una mesa –a pesar de ser de la generación de Bola de Drac, mi maltrecha espalda lo agradece-. Pero que los puristas no teman, pues los que busquen disfrutar de los pinchos como Dios manda, esto es, sin otro apoyo que las piernas propias, en la barra que preside la entrada del restaurante A Fuego Negro podrán hacerlo.

Si bien en el restaurante A Fuego Negro no tienen la patente de corso exclusiva en San Sebastián de dotar de cierta creatividad a sus tapas y platillos, sin duda, sí que son los que, con todas sus consecuencias, más rienda suelta le dan a ésta.

Y dan fe de ello:

Unas aceitunas gordal –cada día disfruto más de una buena aceituna, ya sea gordal, arbequina, kalamata…- rellenas de gelatina de vermut. Una lástima que el desajuste de proporciones (una aceituna gordal contra una tenue gelatina de vermut) hiciese casi imperceptible el juego, el guiño buscado.

Un más que agradable y, por supuesto, refrescante Flash, Polito, o como en vuestra niñez lo bautizaseis, de gazpacho.

Unas notables “rabas” negras, el entrecomillado de las cuales responde a que resultaban ser una tempura de carne de calamar estofado en su tinta.

Un buen txangurro, a mi entender –al de mi paladar- sorprendentemente bien acompañado por un helado de regaliz y, en cambio, no especialmente bien por un mejorable cremoso de aguacate.

Un par de ensaladas, una que respondía al apelativo de “sucia” (verduras braseadas y sésamo negro) y otra de salmón con cítricos que, sin duda, resultaron lo más flojo de la comida: absolutamente prescindibles.

Un excelente risotto –la estrella del menú- de ajo, brotes y germinados, y especias (curry y pimentón).

Un buen, aunque algo pasado de cocción, morro de bacalao con mijo de pimientos rojos.

Un correcto carpaccio de pollo de caserío servido junto con un mucho mejor caldo de algas y soja.

Unas más que meritorias fresas con crema de queso y reducción de vino tinto.

Y un postre de marihuana –que nadie se escandalice, no era otra cosa que tierra de cacao con helado de regaliz- que, por el cariz de “play food” del que adolecía, no rubricó como merecía una más que agradable comida.

En definitiva, una “rara avis” del tapeo donostiarra que, no obstante, está haciendo cuanto está en su mano para devenir todo un clásico –en su género, es sí- dentro de la restauración de una de las capitales gastronómicas del mundo.

Bodega: Juan Gil 2009 (Monastrell). Bodegas Juan Gil. DO Jumilla

Precio: 35 € (menú; disponen de otro con tres tapas más por 45 €) + 18 € (bodega)

En pocas palabras: Pinchos siglo XXI

Indicado: Para los que gustan de dar una vuelta de tuerca a todo, aunque sea a uno de los mejores tapeos que existen sobre la faz de la tierra.

Contraindicado: Para los que el pincho sin palillo no es pincho.

31 de Agosto 31, Donostia
650 135 373 (casi imprescindible reservar)

Y ahora ya sí, transcurrido casi un mes de mi visita, en la próxima entrega: lo mejor de Mugaritz.

lunes, 5 de septiembre de 2011

César Pastor

… para que todo siga igual.

El restaurante Colibrí, amante de mudar la piel, ha vuelto a las andadas.

No obstante, si hace unos años tal cambio –a peor, dicho sea todo- fue más que considerable (ubicación, propuesta gastronómica, socios…), su última muda se ha circunscrito únicamente al nombre.

Un viaje, el de Colibrí a César Pastor, al que todos los achaques del primero se apuntaron y, desafortunadamente, alguna de sus virtudes se perdieron por el corto camino.

Achaques propios de un modelo de restaurante, de una filosofía gastronómica en vías de extinción e identificables en:

Creer que la cantidad puede suplir la cantidad. Sino, cómo explicar el “alarde” de aperitivos (terrina de pollo con queso fresco, mejillones en escabeche, langostinos rebozados, won-ton de sobrasada y membrillo, focaccia de cebolla y zanahoria…), en el que solo escapan de la mediocridad unas patatas fritas “home made” y unas croquetas de cocido, que sirven en el restaurante César Pastor.


Ofrecer un menú a precio cerrado en el que son muchos, demasiados, los platos con suplemento. ¿Qué sentido tiene, entonces, salvo infundir una falsa sensación de precios contenidos, disfrazar una carta de menú?

Una carta de vinos en la que muchas de sus referencias han visto su precio multiplicado por cuatro.

O navegar sin rumbo definido entre la cocina de mercado y la creativa, con el consiguiente riesgo que el comensal acabe yéndose al garete –os recomiendo consultar el significado de tal término náutico-.

Afortunadamente, este no fue el caso en mi última cena en el restaurante César Pastor (la primera bajo tal denominación), pues, aunque…

Un durísimo pulpo -¿Qué está pasando últimamente con las cocciones de este cefalópodo?-, con extraños compañeros de cama (ají, polenta, jengibre y judías verdes);

Un, meramente correcto, lechazo, a años luz de los servidos en restaurantes como Alkimia o Coure –enhorabuena, Albert, por la nueva decoración de tu Coure- con raviolis de queso;

Una de las peores “torrijas” que he probado últimamente. Sin duda, ni la textura ni el sabor de ésta eran los deseables. Una lástima, pues el sorbete de manzana verde que la acompañaba había puesto cuanto podía para que resultase una agradable versión;

Y unos petit fours a los que resulta de perfecta aplicación cuanto he dejado escrito sobre los aperitivos…

Hicieron temer una travesía de lo más complicada;

Una más que meritoria tatin de foie -excelente la calidad de éste-;

Y un notable steak tártar –el eterno salvavidas del restaurante Colibrí, perdón, quería decir del restaurante César Pastor-…

Dejaron el mar en relativa calma.

En definitiva, y a pesar de lo que algunos podáis creer a tenor de mis palabras, el restaurante César Pastor, sin duda, juega en primera división de la restauración barcelonesa, no obstante, desde que abandonó el barrio del Raval, su juego ya no me emociona.

Bodega: Gago 2008 (Tinta de Toro). Telmo Rodríguez. DO Toro.
Precio: 55 €

En pocas palabras: Giro de 359º del restaurante Colibrí

Indicado: Para disfrutar de una de las salas más elegantes y espaciosas de Barcelona.

Contraindicado: Para los que creemos que si no caminas te quedas atrás.

Casanova 212, Barcelona
934 432 306