Lo sé, pocos compañeros de mesa hay peores que unas altas expectativas.
Y no, el flamante nuevo restaurante de Paco Pérez (Miramar: 2 estrellas Michelin; y Enoteca: 1 estrella Michelin) no las copó.
A primera vista, su sala te enamora, la lástima es que este sentimiento amoroso se va tan rápido como ha llegado, pues de la mano de un servicio en exceso encorsetado –profesional y solvente, pero apático- y de unas mesas con anecdótica separación –eso sí, gracias a ello puedes disfrutar del aroma a trufa o a marisco de la mesa de al lado-, el blanco y las líneas modernas –ojo con ellas, pues lo moderno deja de serlo en dos días, y no hay nada más vulgar que algo moderno ajado- que imperan en la sala, en vez de inspirar pureza y tranquilidad trasmiten frialdad y hasta cierta sensación de incomodidad debida a una patente falta de intimidad.
No recordaba la última ocasión en que “ventilé” una cena “de nivel” en menos de dos horas y media, y en The Mirror dos horas, y por sentir que no cenaba con mi pareja sino que lo hacía con todos los allí presentes, se me hicieron hasta largas.
Son indiscutibles la solvencia y el talento de Paco Pérez, y sin duda, dado el clientelismo, sucursalismo y demás más “ismos” de la Guía Roja, el año próximo The Mirror pasará a engordar la lista de restaurantes estrellados de Barcelona, no obstante, y como en esta edición lo ha hecho el restaurante Moments –muchos, demasiados “ismos” tiene detrás-, lo hará, no sin mi aprobación, pues no la necesita, pero sí sin mi reconocimiento. Con esto, no estoy ni negando ni siquiera cuestionando la virtud de la cocina de The Mirror, en cambio, sí que pongo en entredicho la propuesta gastronómica que se nos está vendiendo.
¿Es una arrocería? Entonces por qué tiene precios de restaurante de autor.
¿Es un restaurante de autor? Le faltan horas o implicación de autor en su cocina, entonces.
¿Es una arrocería de autor? ¿Y qué es esto? ¿Una Mifanera de lujo? ¿Un Alkimia de arroces? Lo siento, pero yo no lo veo, no veo el nicho de mercado, la necesidad de nuestros paladares que viene a satisfacer.
Pero basta ya de palabras y vayamos a los hechos.
Todo comenzó con un soso consomé de verduras con aire –imposible un sabor más etéreo- de remolacha.
Y unos, simplemente correctos, snacks: un crujiente de avellanas y una croqueta de jamón ibérico.
Bueno el servicio de pan (cereales y olivas), aceite y mantequilla (con menta y pimienta), aunque, dada la sutileza de sabores de algunos platos, se echara en falta un pan más neutro, de sabores menos intensos, menos agresivos. En muchas ocasiones creo que por parte de los restauradores se olvida que el pan es el elemento accidental de la comida, es el actor secundario que, evidentemente, puede contribuir a convertir una obra en maestra –bravo por Jeoffrey Rush en “El discurso del Rey”- pero que nunca debe ensombrecer al verdadero protagonista –otro olé para Colin Firth-.
Magníficas las anchoas 000, aquí sí, perfectamente secundadas por una sutil gelatina de pimiento rojo.
Algo más normal el carpaccio de gamba roja y -si lo no digo reviento- pasadísimo de precio.
Al que siguió el mejor plato de la noche. Perfectas, literalmente hablando, las espardeñas con tripa de bacalao, su pil-pil y garbanzos. Un plato sabrosísimo, intenso pero sutil, sedoso, meloso… una delicia.
Muy bueno también el canelón de cigalas y trufa.
Y cuando creíamos que llegaba el punto álgido de la velada, esto es, el tiempo de los arroces…
Bueno, sí, pero no para arrancar las lágrimas que pensaba que brollarían de mis ojos al probar el buque insignia del restaurante: el arroz “socarrat” de marisco.
Y solo correcto, algo pasado incluso, el arroz meloso de pollo de payés y verduras que lo siguió.
Y si se me permite, advertir que la presentación, la estética de un plato nunca debería ir en detrimento de su disfrute, cosa que sucedía con los arroces, particularmente con el segundo, pues la espectacular presentación del arroz en forma de fino circulo inevitablemente conlleva que, a los dos minutos, y debido a la enorme superficie de arroz en contacto con el aire, te llevases a la boca cucharadas –sí, el arroz me gusta comerlo con cuchara- de arroz frío.
Con los postres, más sensaciones encontradas.
Excelente el bizcocho de pimienta con mascarpone y helado de miel y romero.
Mucho más corriente el “Conguito”: chocolate, cacao, helado de leche y cacahuete (lo mejor del postre).
Pero al César lo que es del César: magníficos los petit fours (bombón chocolate blanco con frambuesas, de crema de caramelo, chocolate y plátano, y de galleta María y leche, “chuche” de lichis y frambuesa y sticks de avellana y café y de regaliz.)
En definitiva, mis intenciones, mis ganas locas diría, de dejarme seducir por los encantos de Paco Pérez en su Miramar de Llançà siguen intactas, eso sí, mi experiencia en The Mirror no las ha incrementado ni un ápice.
Bodega: Dönnhoff Riesling Trocken 2009 (Riesling). Dönnhoff. Nahe.
Precio: 90 €
Calificación: 15/20
En pocas palabras: De las mejores, pero una surcursal más.
Indicado: Para plantearse cuál es el futuro de la restauración de las grandes ciudades.
Contraindicado: Para los que ya no tragan con segundas marcas a precios de primera.
Còrsega 255, Barcelona
93 202 86 85