Como decía, la tradición, la calidez, la nostalgia, sobre todo esta última, son lo que ahora se lleva en restauración, y prueba de ello son la cantidad de frases, de latiguillos tales como “de la abuela”, “como las que te preparaba tu madre”, “auténticas”, “sabor tradicional”, “las de toda la vida”, y así un largo etcétera que plagan –sí, las entiendo como una plaga pues homogenizan algo que debería ser heterogéneo, dónde imperase la diversidad en pro de la creatividad y la calidad- las cartas de nuestros restaurantes o son el estandarte de las nuevas líneas de productos de las grandes marcas de alimentación.
No obstante, en lo que ha sido un bastión para la cocina de mercado desde que abrió sus puertas allá por el 1986, y no sé muy bien si por la reciente sociedad que en el Rías has formado con la familia Adrià, materializada en el restaurante Tickets y en la coctelería 41º, o por la lúcida obstinación de Juan Carlos Iglesia, quién no ha visto en la crisis el momento de “nadar y guardar la ropa”, sino el de “pescar en río revuelto”, hace unos días puede regalarme en el restaurante Rías de Galicia un magnífico menú degustación en el que cohabitaban en perfecta harmonía su cocina más tradicional y otra que dará mucho de qué hablar.
Menú en el que hicieron las veces de aperitivo unas excelentes e empanadas de ventresca de bonito y de anchoa, y que estuvo compuesto por:
Un magnífico dúo de ostras: gallega (Ría de Arosa) y francesa (Gillardeau)
Un muy buen sashimi de vieira, coral de erizo, salsa teriyaki, jengibre y wasabi.
Una anguila soasada sobre una reducción de soja y el caldo de sus espinas, cuyo aroma y textura eran inmejorables.
Unas notables gambas, gambitas de Palamós, casi crudas, al ajillo con una emulsión de sus cabezas y aceite de jalapeños –excelente el toque que aportaba este último-.
Un excelente pulpo cocido a baja temperatura con patata confitada al romero y unas “esferificaciones” de aceite que resultaban un más que prescindible artificio, pues no solo no aportaban nada sino que su textura entorpecía el disfrute del conjunto.
LA espardeña –y digo, escribo LA, pues no me podía creer lo que estaban viendo mis ojos ni lo que a continuación iba a sentir mi paladar- de Arenys sobre patata confitada en aceite de ajos.
Un notable huevo a baja temperatura con “chanquetes” en tempura.
Un, tal vez el mejor de pescado que he comido, canelón de txangurro.
Un buen, aunque tal vez por las expectativas generadas el plato que más me decepcionó, arroz de setas y berberechos.
Un excelente rodaballo, por supuesto, salvaje al pil-pil con aceite de pimientos escalibados.
Una degustación de quesos (Abbaye de Citeaux, Vacherin Haut-Doubs, Pouligny St. Pierre, Payoyo con salvado, Abondance Fermier, Cheddar Montgomery’s, Testum al Barolo y Stichelton), que por sí sola ya justificaría la visita al restaurante Rías de Galicia.
Y unas buenas fresitas con crema catalana gratinada.
En definitiva, un menú, un restaurante que, sin duda, hace bueno lo que reza, lo que promete su carta: “Comparte, sonríe, disfruta y se feliz. Nosotros te vamos a ayudar.”
Bodega: A Coroa 2009 (Godello). Bodegas A Coroa. Valdeorras. Y si tenéis la oportunidad, no os perdáis su carta de licores, particularmente interesante la de gin-tonics y capaz de erizarte la piel la de whiskies.
Precio: 120 €
Calificación: 16,5/20
En pocas palabras: Mucho más que la mejor marisquería de Barcelona.
Indicado: Para comprobar que el mejor paradigma es el "y", la suma, y no el "o", la exclusión.
Contraindicado: Para los que no entienden que el mejor producto hay que pagarlo.
Lleida 7, Barcelona
934 248 152