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martes, 19 de marzo de 2013

Tanta

Como anticipaba en el epílogo de mi última crónica, hoy nos ocupará un restaurante cuya visita se me había resistido -en puridad, yo me había resistido a visitarlo-. Y tras esta palmaria demostración de que la propiedad conmutativa es extraña al lenguaje, y de confesaros que mi comida en el restaurante Tanta no estaba exenta de apriorismos, es ya el momento de atacar, de acometer –seguro que más de uno ya se relamía creyendo que hoy iba a haber más violencia gratuita que en una película de Stallone-la tarea de sintetizaros lo qué Gastón Acurio se trae entre manos en este antiguo párking del ensanche.

Y pues así me he obligado, vayamos por partes.

En primer lugar, debo reconocer que me apetecía menos visitar el restaurante Tanta que a un niño atacar –de nuevo, entendido como “ponerse a”, pues seguro que le faltaría tiempo si de la, por desgracia, más común de sus acepciones hablásemos- un plato de espinacas congeladas.

Y, sin duda, me faltaban ganas pues me sobraban prejuicios. Pesado lastre de prejuicios que traían causa en los numerosísimos inputs negativos que, a pesar de más de una buena -¿Y cautiva?- crítica, desde su apertura, había recibido sobre el restaurante Tanta e, igualmente, en la cena que hace unos meses me había regalado en el madrileño, afamado –¿Sobrevalorado? Ahora no me muerdo la lengua: sí- restaurante Astrid y Gastón –si a bordo del buque insignia de Gastón Acurio había naufragado, cómo iba a aventurarme a surcar los mares en su barco de recreo-.

¿Y por qué, finalmente, me dejé abrazar, de nuevo, por los tentáculos –todos los componentes de la lista de los 20 chefs más influyentes del mundo los tienen (Madrid Fusión dixit)- de Gastón Acurio?

Porqué en una legañosa –y algo resacosa- mañana de sábado me dio mucha, pero que mucha pereza rebatir la decisión de uno de mis compañeros, ocasionales, de fatigas gastronómicas –ya veis, una razón de peso-.

¿Y qué me deparó mi visita al rey –hasta que, en breve y previsiblemente, el restaurante Pakta le robe el cetro- de la cocina “nikkei” barcelonesa?

Lo esperado, pero también algo más y mejor.

Más, sin duda, por las dimensiones del restaurante Tanta (150 comensales es su capacidad), pues dejaban en una caja de cerillas la imagen mental que de este restaurante me había construido.

Mejor, por su profesional, atento y amable servicio –puede que en la Castellana gasten de las dos primeras, pero os aseguro que de la última, nanay-, por su acogedora sala –y ello a pesar de los consustanciales a su tamaño aires de merendero que se respiran, particularmente, en su mitad más alejada de la entrada- y por algunos muy meritorios platos.

Y lo esperado, pues, a pesar de las buenas sensaciones que dejaron algunos platos, especialmente del capítulo “entrantes” –arrancada de caballo, parada de burro-, sigo siendo inmune a la fiebre por lo “nikkei”, sigo sin ser fan de Gastón Acurio.

Y ya sin más dilación, he aquí todo –tras las partes, el todo- de mi almuerzo sabatino en el restaurante Tanta.

Un buen pan de patata para ser bañado en un flojo, por tenue, mojo de tomate, ajo y aceite.

Una excelente –sin duda, por sabrosa y bella, lo mejor del ágape- causa limeña: majado de patata y ají amarillo con bonito, aguacate, tomate y huevo.

Una muy buena empanada de gallina y ají.

Un dúo de platos ante los que veneran la cocina “nikkei” seguro que se reverenciarían pero a los que, por relegar a un buen producto a mera comparsa, no puedo no dar la espalda, encarnados por:

Un correcto cebiche nikkei: atún, leche de tigre y tamarindo.

Y un mucho mejor tiradito clásico: corvina, ají y maíz.

Un correcto anticucho (brocheta) de corazón de ternera con salsa ocopa –lo mejor del plato-.

Una triste, por barroca y de más que mejorable ejecución –una suerte de arroz tres delicias sin ninguna de ellas-, composición de pierna de pato estofada, arroz al cilantro y salsa de cebiche.

Un buen, pero no apto para diabéticos –creo que, dado su dulzor, solo de verlo puede darles una crisis-, suspiro limeño (dulce de leche peruano, canela y merengue de Porto).

Y un queso helado que, por su textura cristalizada, fue invitado a abandonar, casi tan rápido como una persona cuerda, sin traumas de infancia, sin los hábitos sexuales de un conejo –ya me entendéis- la casa de Gran Hermano, nuestra mesa. No obstante, es de justicia señalar que no se me cobró el postre, que observé como desde cocina lo escudriñaban tras ser devuelto y que, acto seguido, recibí una sincera –o eso me pareció- disculpa por parte del responsable de sala.

En definitiva, y a pesar de que lo intento –sabe dios que lo hago-, sigo sin sucumbir a los encantos de la cocina peruana. Veo su potencial, la paleta de nuevos sabores que ofrece, pero creo que sus composiciones gustativas, como mínimo en nuestro país, están más cerca de Altamira que del Moma –tampoco me gusta todo lo que encierran las paredes de éste último, principalmente, cuando el sabor se pone al servicio de la estética-.

Bodega: Fenomenal 2011 (Viura y Verdejo). Bodega Ángel Lorenzo Cachazo. DO Rueda.

Precio: 40 €

En pocas palabras: Un restaurante para el recreo, pero no para recrearse.

Indicado: Para descubrir la cocina de uno de los chefs más influyentes del mundo y uno de los restaurantes más de moda, también, del mundo –no lo digo yo, sino la publicación americana Zagat-.

Contraindicado: Para los que lo señalado en el “Indicado” no hace las veces de poderoso sazonador.

Còrsega 235
936 674 372

viernes, 5 de octubre de 2012

Astrid y Gastón

Hay cocinas, coma la francesa o la italiana, que ya no recordamos cuando se incorporaron a nuestro acervo gastronómico, otras, como la japonesa, a fuerza de años y de romper prejuicios forman ya parte de nuestro abecé culinario, y por último están las que luchan por conquistar un pedacito de nuestro paladar y así hacerse un hueco en nuestra dieta.

Entre estas últimas la cocina hindú, la árabe o la tailandesa fueron las que, con niveles de éxito dispares, intentaron llevar la voz cantante hace unos años, siendo las cocinas mejicana y peruana las que hoy intentan que la atención mediática de la que están gozando no se quede en flor de un día y que su gastronomía colorista, fresca, sin complejos, de sabores originales y algo barroca se consolide como una verdadera alternativa dentro de nuestro panorama gastronómico –no será tarea fácil-.

De las dos cocinas recién citadas la que hoy nos ocupa es la peruana.

Cocina peruana de la que el madrileño restaurante Astrid y Gastón hace ya unos cuantos años que se erigió como máximo exponente.
Restaurante Astrid y Gastón que hoy, junto con su propietario: el prolífico cocinero-empresario Gastón Acurio, están más que nunca en boca de muchos gracias al desembarco en Barcelona de su “segunda marca”: el restaurante Tanta (versión bistró o hermano pequeño del restaurante Astrid y Gastón –llamadlo como queráis- al que, y a pesar de lo decepcionante de la visita al buque insignia español de la cocina de Gastón Acurio, en breve hincaré el diente).

Pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda y centrémonos en el porqué de una tan poco venturosa visita al restaurante Astrid y Gastón.

Es innegable que el grado de satisfacción de una experiencia depende, y mucho, de las expectativas con las que ésta se afronta, y, en este sentido, es de justicia reconocer que con las que me disponía a cenar en el restaurante Astrid y Gastón eran muy altas, aunque justificadas, pues Gastón Acurio está considerado uno de los mejores, y más influyentes –he aquí tal vez el quid de la cuestión- cocineros del mundo.

Hecha la anterior puntualización al efecto que haga las veces de tamiz a la excesiva severidad con la que puede –será del todo involuntaria- que valore algunos extremos de mi vista al restaurante Astrid y Gastón, llega el turno para el relato de mi cena del pasado sábado.

Cena en la que una sala fría y un servicio todavía más frío y también algo altivo ya de buen principio pusieron algunos palos en las ruedas, y a la que dieron forma:
Un buen pisco –sin duda, Perú no es país para vermuts-.
Unos correctos chips de plátano verde y unos insípidos crujientes de pimiento.
Una excelente salsa de tomate, cilantro, lima, cebolla y aceite de oliva para ser untada en un interesante servicio de panes (blanco, de patata y de maíz).
Una muy buena composición de patata prensada y aromatizada con limón, cremoso de queso a las hierbas y chicharrón de chipirón.
Un buen cebiche (cebolla, maíz tostado y blanco, boniato y, por supuesto, lima y cilantro) de mejorables productos del mar (pulpo, corvina, mejillón y langostino).
Un “plato combinado” de majado de patata con pulpo moruno y “bomba” de ternera con aceitunas negras y huevo duro que, a pesar de su relativa calidad valorados independientemente, se antojó como un matrimonio mal avenido.
Un sabroso pero pasadísimo en su punto de cocción arroz meloso de langostinos, calamar, corales de marisco y espárragos verdes.
Una excelente gallina deshuesada con ají amarillo.
Un notable “Suspiro” –así se presentaba el único postre del Menú Tardición y la paupérrima cantidad que se ofrecía ponía en valor la elección del nombre- de dulce de leche peruano, canela y merengue de Porto.
Y un anodino trío de petit fours.
En definitiva, puede que el restaurante Astrid y Gastón sea la máxima expresión de la cocina peruana en nuestro país –así lo entienden los expertos y mucho más duchos que un servidor en la materia-, pero a tenor de mi visita creo que la riqueza gustativa y visual de la cocina de este país andino puede y merece alcanzar cotas mucho más altas.

Bodega: Trio Infernal 0/3 2010 (Garnacha blanca y Macabeo). Bodega Trio Infernal. DO Priorat.
Precio: 65 €

En pocas palabras: Alta, pero todavía con mucho margen para crecer, gastronomía peruana.

Indicado: Para circular, con el cinturón abrochado y a velocidad de paseo, por los derroteros de la cocina de Perú.

Contraindicado: Para los que nos cuesta atar cortas a nuestras expectativas o los que esperan que la vista al restaurante Astrid y Gastón sea el inicio de un romance con la gastronomía peruana.
Paseo de la Castellana 13, Madrid
91 702 62 62