Mostrando entradas con la etiqueta Restaurante Espai KRU. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Restaurante Espai KRU. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de enero de 2016

Espai KRU

¡Cada día mejor!

Hay muy pocos restaurantes (el restaurante Mont Bar de Ana Merino e Iván Castro sería otro) de los que pueda decir que siempre he comido mejor que la vez anterior, pero del análisis de la decena, mal contada, de visitas realizadas al restaurante Espai Kru en sus algo más de tres años de vida, no cabe otra que concluir la sentencia que abre y que también cerrará esta crónica.

Y el restaurante Espai Kru se supera a diario pues, por difícil que pueda parecer, cada día afina más la melodía de seducción que conforman producto -¡Productazo!- y una creatividad -contenida y sesuda, esto es, alejada de efectismos y de modas- puesta al servicio de éste:

Hay calamares, y luego los están los del restaurante Espai Kru (tersos pero mantecosos y, sobre todo, dulces -una suerte de golosina del mar-).

Hay “Play-Doh’s”, túnidos pálidos -más indigestos que algunas melodías de la tuna-, atunes rojos, en otra liga juegan los de los Balfegó y de otra galaxia son las piezas y los cortes que se sirven en el restaurante Espai Kru.

Hay derivados del petróleo -con los que tantos restauradores, además de darnos gato por liebre, nos intoxican-, chinas -de allí vienen y eso son-, y trufas, y solo las mejores (1.000€ la negra y algo más de 4.000€ la blanca -la calidad tiene un precio-) entran en el restaurante Espai Kru.

Un Espai Kru que destila la esencia de los Iglesias y de los Adrià, pero que jamás hubiese alcanzado sus actuales cotas de excelencia sin la figura de Ever Cubilla (Premio Tendencias de El Mundo al mejor creador emergente de 2015, bien escudado en la siguiente foto por Carolina (jefa de cocina del restaurante Espai Kru) y Sicilia (una de sus jefas de partida)).

Un restaurante Espai Kru -no necesita una Estrella para brillar pero, sin duda, la merece- del que, en mi penúltima cena del 2015, disfruté a través de:

La excelencia del pan de algas D.O. Triticum y de la cornicabra toledana de El Molinillo.

Unos impecables bocados de almeja, menta, apio y lima.

Una untuosa composición de zamburiña, erizo, soja, yema de huevo, wasabi y rábano.

Un sashimi de calamar y de dorada, cuya calidad de productos y acertado aderezo (sal, lima y calamanci (una suerte de cruce entre lima y mandarina)) me obliga a gritar ¡Best ever! ¡The best Ever!

Una sabrosísima caballa marinada (5 minutos en sal y otros tantos en vinagre) con setas aderezadas con soja, sake y jengibre.

Un fresco, complejo y profundo taco (de pepino) de vieira, erizo, fresas, dos leches de tigre (con ají rojo y amarillo) y cilantro.

Unos excelentes tallarines de calamar con mole de aguacate, erizo, jugo de algas, lechuga de mar frita, y shiso.

Una auténtica pieza de alta joyería bautizada como “Secuencia del atún”. Joya en la que se engarzan tres piezas de toro (textura y profundidad de sabor), dos de sutoro (textura, delicadez y dulzor) y una de lomo (de los mejores que he probado) aderezadas con trufa blanca, caviar, soja, wasabi y un ligero soasado. ¡Por esta pieza, me haría butronero!

Una irregular ensalada de cogollos, sus brotes, cítricos (naranja y kumquat), bacalao negro, ajoblanco y Gordal (emulsión). Y digo irregular pues, en esta versión del remojón andaluz el kumquat y la Gordal se llevaban por delante el resto de sus partenaires.

Dos divertidas y sabrosísimas expresiones de “Food porn”:

Mollete chino frito de langosta yakitori, con curry, sisho y lechuga; y

Empanadilla (de maíz morado) de cochinita pibil con pico de gallo.

Un magnífico carpaccio de Wagyu con setas (shimeji), encurtidos y pane carasau que, en boca, se presentaba como la mejor de esas hamburguesas guarras que todos hemos comido y de las que ahora abjuramos -Ever es el King-.

Una refrescante versión de la piña colada.

Unos pesados buñuelos de ron con chocolate. Un postre impropio de la cocina de Ever y que invertía la tendencia ascendente observada en mi última visita en relación con los dulces del restaurante Espai Kru -su Talón de Aquiles-.

Y unos impecables helados de nata y de turrón -exigencia del goloso patológico que llevo dentro y que no quería que el mejor ágape en el restaurante Espai Kru lo cerrase uno de los peores postres que le he probado-.

En definitiva, y porque la calidad del producto es ya insuperable y poco más puede exprimirse la mollera de Ever, no sé si en mi próxima crónica sobre el restaurante Espai Kru podré arrancar con un “¡Cada día mejor!”.

Bodega: A falta de Paco, muy buen trabajo de uno de sus hombres: Dídac. De la interesantísima selección de vinos ecológicos y biodinámicos -la de “convencionales” no lo es tanto, por demasiado convencional- me quedé con: Chateau Paquita 2013 (Callet, Manto Negro, Monastrell y Syrah), Bodega Sistema Vinari, V.T. Mallorca; y Dominio del Urogallo Pésico 2013 (Mencía), Bodega Dominio del Urogallo, V.T. Asturias.

Precio: 90€. Precio medio: 60€-90€

En pocas palabras: Mucho más que la mejor marisquería en la que he comido.

Indicado: Para constatar que no hay gran restaurante sin un gran cocinero, un gran comprador y un gran comensal tras sus fogones.

Contraindicado: Para los que compran en la Sirena, no por necesidad, sino por gusto.

Lleida 7, Barcelona.
934 234 570

PD: ¿Qué tal esta crónica de párrafo corto? ¿Me animáis a adoptar este estilo como propósito para el 2016? O, os va el masoquismo y queréis que os siga dando la tabarra con esa pesada prosa que, todo sea dicho, tanto me divierte escribir.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Espai Kru

Tras dos fallidos experimentos –al menos fueron con gaseosa- puse el resto por el restaurante Espai Kru y, como era de prever, la apuesta fue todo un éxito.

Pero antes de entrar en el detalle de la mejor, de la más completa de la cenas que me he regalado en el “spin off” del restaurante Rías de Galicia, divaguemos algo sobre esta estrella –injusta y cicateramente en la sombra- del panorama gastronómico barcelonés.

Hay matrimonios de conveniencia (los de tantos cocineros estrellados con todavía más estrelladas cadenas hoteleras), otros que fagocitan (la trayectoria de Pellicer o de Franco dan fe de ello) y otros claramente simbióticos y, sin lugar a dudas, éste último es el caso del enlace entre los Iglesias y los Adrià.

Simbiosis, o efecto positivo –apunte hecho para algunos de los lectores que están sufriendo los planes educativos del Ministro Wert (el “Voldemort” para la academia y la cultura españolas y también para casi todo hijo de vecino)-, que, a mi entender, dónde más se advierte, por paradójico que pueda parecer, es en los negocios, en las casas de comidas –denominación mucho más prosaica y que, a la vez, hace justicia a lo que la familia Iglesias siente y ha hecho, hace y, de bien seguro, hará por la gastronomía de nuestra ciudad- regentadas en solitario por los hermanos Iglesias (Borja, Pedro y Juan Carlos) y cuyos fogones capitanea el cada día más brillante Ever Cubilla.

Y tras esta breve -¿Lo habéis agradecido, verdad?- excursión, y el siguiente aviso para navegantes…

Vaya por delante que, sintiéndolo mucho –solo en términos estilísticos, pues este pesar se transforma en gozo en el paladar-, en la crónica de hoy no disfrutaréis de una paleta de calificativos o adjetivos demasiado plural –por no decir que será muy parca-.

He aquí una de los mejores ágapes que uno puede regalarse a día de hoy en Barcelona.

Ágape que no solo hace honor al bello y acogedor marco que lo cobija, sino que, con creces, lo sobrepasa, y al que dieron forma:

Un muy buen pan de algas acompañado por un buen –de los pocos campos en los que el margen de mejora es amplio- aceite.

Una excelente croqueta de gamba y centolla. Croqueta que, por su untuosidad, su crocante y, sobre todo, por su intensidad, sitúo en mi Top 3 barcelonés (con las de los restaurantes Coure y Vivanda).

Una colosal navaja XXL de las Cíes –viva, por supuesto-, aderezada con mostaza y jengibre. Sin duda, si la dificultad en la captura de este molusco fuese pareja a la de los percebes, seguro que su precio sería astronómico. Algo parecido sucedería con las sardinas o los huevos si no tuviésemos la suerte que estos majares sean tan abundantes -¡Qué manía con valorar las cosas más por lo que cuestan que por lo que valen!-.

Unas yemas de erizos con aguacate, fondo de mar, gelatina de leche de almendras y shisho, que identifico como uno de los mejores bocados de la ciudad por el precioso y sabrosísimo collage que forman las notas iodadas del erizo y del fondo de algas, las de frutos secos y lácteas que aportan el aguacate y la leche de almendras y las frescas que aportan el aguacate y el shisho –para ser la hoja perfecta, solo le faltaría que se pudiese fumar-.

Un notable langostino con leche de tigre de maracuyá, aguachile y aguacate. Sin duda, mejora la versión con gamba probada en anteriores visitas, pues la textura del langostino, a mi entender, marina más con estos “ceviches”, no obstante, esta versión, y dado que la cabeza del langostino tiene mucho más que ver con la de algunos políticos que con la rebosante de sabor de las gambas, yo la reformularía como canelón de aguacate y langostino.

Una pornográfica –el término que el genial David de Jorge reserva a la excelencia en el terreno de la comida “guarra”- arepa de anguila, erizo y citronela –¿Demasiada? Para muchos seguro que sí, aunque el punto refrescante que aporta se antoja necesario en esta versión de lujo de Fast food-.

Un muy buen sashimi soasado de dento, envuelto en alga combu –delicado el matiz dulce que le aporta- y acompañado de un majado de wasabi, erizo y soja. Así el Dento sí –hasta corvina comería con esta preparación-.

Un sashimi de ventresca de atún D.O. Balfegó –sin duda, el mejor del mercado-. Un plato, por sí solo, de 10, pero venía con sorpresa de…

¡Trufa de la Ribagorza ilerdense! Como la de Graus, pero mejor –barriendo para casa-.

¡Vaya matrimonio! Para que luego digan que no pueden tenerse dos gallos en un mismo gallinero. El cacareo resultante: un plato de 11.

Una buena, aunque no al nivel de la de Ángel León, parpatana de atún con puré de celerí a la vainilla y pimientos escalivados.

Una excelente costilla de cerdo ibérico –se deshacía solo mirarla- con tuétano y “katsuobushi”. Envuelta con la alga que la acompañaba, tres bocados nuevamente pornográficos.

Y la gran primicia: ¡Habemus postres!

Por fin en el restaurante Espai Kru, y para que las comidas no acaben en coitus interruptus –cómo estoy hoy- no hará falta recurrir a su magnífica selección de quesos D.O. Vila Viniteca (gran labora la de Eva). Dan fe de ello:

Un tan divertido, como sabroso y refrescante “hongo” impregnado con fruta de la pasión y lima. Una vuelta de tuerca a las ya algo ajadas, y mal denominadas, frutas osmotizadas.

Una excelente crema de calabaza, con gelée de limón y helado de tiramisú.

Un irregular, por plano a la vez que desequilibrado, borracho de mojito con menta y saque. Sin duda, el único postre que requiere de una revisión.

Y un soberbio –en la mejor, la tercera, acepción de la palabra- taco de quicos, cilantro, guayaba y melaza mejicana. Uno de los mejores postres que he comido en mucho tiempo y que, con nostalgia, me evocó la “tatin” de pera con crema de queso, crujiente de quicos y helado de palomitas de la que tantas veces había disfrutado en el malogrado Libentia.

La guinda a la noche: un merengue de café, cacao y regaliz (algo subido de éste último) y un “limoncello” de maracuyá de los que disfruté en su agradable terraza.

En definitiva, por relación calidad (el producto con el que trabajan es insuperable y además lo trabajan bien) – satisfacción (a lo recién dicho os remito) – precio (de los más bajos de entre los grandes de la ciudad), tal vez, el mejor restaurante de Barcelona.

Bodega: Una de las más extensas cartas de Barcelona, aunque algo apolillada, algo falta de referencias más modernas, a excepción de la cuidadísima selección de vinos naturales de la que puede hacer gala. De entre éstos últimos, y gracias a la acertada recomendación de Paco, disfruté, y mucho, del vino tinerfeño Táganan Tinto 2013 (Negramol, Listan Negro, Moscatel Negra, Listan Gacho, Vijariego Negro) de la Bodega Envínate.

Precio: 80€ (precio medio 60€-90€)

En pocas palabras: Me he quedado sin ellas.

Indicado: Para todo Dios y, en particular, para descubrir que la buena cocina de fusión no es la que hace mecanos con países o tipos de restaurantes sino que es la que suma ideas o conceptos.

Contraindicado: Para… para… los que aceptan pulpo como animal de compañía y la Sirena como pescadería.

Carrer Lleida 7, Barcelona.
934 234 570

miércoles, 2 de enero de 2013

Espai KRU II

Si despedimos el año cenando en uno de los restaurantes de Barcelona (Casa Paloma) que más éxitos ha cosechado y que más alegrías ha repartido durante estos dos últimos años, era de recibo que la bienvenida al 2013 no fuese menos y, por ello, mi elección para nuestro primer almuerzo del año fue el restaurante Espai Kru.

Afortunadamente, la restauración de Barcelona parece ajena a la alargada sombra de la crisis que no nos deja dar un paso en paz y, en este sentido, estoy convencido que el año cuyos albores estamos viviendo nos deparará grandes alegrías, ya sean en forma de consolidación de proyectos gastronómicos recién estrenados (Llamber, Foc Ca la Nuri, Suculent…) o de aparición de casas de comidas que nos lleven a preguntarnos cómo habíamos podido vivir antes sin ellas.

No obstante, si mudado en pitoniso -que no en truhán de las madrugadas televisivas- a aventurarme me obligáis a daros el nombre de una de las estrellas de la escena gastronómica barcelonesa que más brillará en este 2013, he aquí mi predicción:

La familia política que forman los hermanos Adrià e Iglesias.

Matrimonio gastronómico en el que la gastronomía trasciende de una mera profesión y devine un verdadero estado civil, y cuya prole conforman los restaurantes Tickets, 41 º, los renovados Rías de Galicia y La Cañota, y Espai Kru, a los que, a lo largo de este año se sumarán los restaurantes Pakta (una casa de comidas peruanas a punto de ver la luz) y Yaguarcan (un restaurante de cocina mejicana pasada por el tamiz de los Adrià que, seguro, arrasará en la cartelera veraniega).

Pero basta ya de genealogía y centrémonos en uno de los hijos aventajados de esta numerosísima familia gastronómica: el restaurante Espai Kru.

Espai Kru: un “spin off” del restaurante Rías de Galicia (ocupa, tras un meritorio barniz de luminosidad y modernidad, destacando, sin duda, su cocina a la vista, la primera planta del buque insignia de los Iglesias) que, como ya sucedió con la barra del Coure, en pocos meses se ha hecho con el cetro de la casa.
Espai Kru: una marisquería contemporánea en la que, de la mano de Ever Cubilas, comencé el año de la mejor de las maneras gracias a:

Un reconstituyente –hasta ese momento, todavía en mí se advertían las secuelas de la noche de fin de año- cóctel bautizado como González (tequila, biter y piel de naranja) –sin duda, la oferta de cócteles del restaurante Espai Kru es una de las mejores de Barcelona-, acompañado por unos correctos snacks (cacahuetes con wasabi y galletas de pizza y queso manchego).
Unas muy buenas aceituna rellenas de anchoa, pimiento y guindilla.
Un excelente sashimi de salmón con manzana ácida, rábano picante y jengibre.
Un magnífico tártar de toro con reducción de miso.
Un inmejorable trío de ostras “customizadas”: en ceviche; con salsa ponzu y huevas de salmón, y con caldo gallego y oreja de cerdo.
Un delicado a la par que sabroso sashimi de vieira, con su coral, aderezado con un aliño de wasabi, soja, yema de huevo, agua de jengibre y rábano picante.
Una brutal –lo sé, se me están agotando los adjetivos superlativos, pero es lo que hay cuando uno come en un restaurante superlativo- navaja de las Cíes con vinagreta de mostaza y agua de jengibre.
Uno de los mejores tártars de solomillo, de ternera gallega, que he comido en Barcelona.
Unos excelsos mejillones a la brasa con tomillo y aceite de encina. Un plato edificado sobre un producto humilde y una sencilla preparación pero cuyo resultado es un auténtico lujo para el paladar.
Unas colosales –melosas, crujientes, sabrosísimas…eso, colosales- costillas de cochiníllo de Arévalo IGP.
Unas muy buenas fresitas con helado de nata gratinado.
Y un dúo, escogido de la afinada, en toda la extensión de la palabra, selección de 8+1 quesos que los restaurantes Espai Kru y Rías de Galicia comparten, de quesos formado por un Salers y un Blue Rogue River.
En definitiva, una marisquería contemporánea que, seguro, estará entre los nominados a “mejor restaurante de Barcelona del año 2013” –puede que no en la categoría de la crítica, de las guías, pero sí en la que importa, esto es, la del público-.

Bodega: Paisajes Valsalado 2009 (Tempranillo, Garnacha, Mazuelo y Graciano). Paisajes y Viñedos. DO Rioja.
Precio: 70 € (precio medio 50€-70€)

En pocas palabras: La marisquería de hoy y del mañana.

Indicado: Para disfrutar de un restaurante en el que casi todo son sumandos: producto, creatividad, fusión, servicio de sala…

Contraindicado: Para los que desean seguir anclados en la errónea creencia que las marisquerías no van con ellos, que son cosa de otra época, de otra clase social.

Lleida 7, Barcelona
93 423 45 70

¡Feliz año!