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jueves, 7 de febrero de 2013

Bohèmic (III)

Tercera visita documentada –otros tantos ágapes son los que me he regalado no estando “de servicio”- a este “bistró” situado a escasos metros del Paral·lel –sin duda, la zona caliente, ahora también gastronómicamente, de Barcelona-.
Crónica del restaurante Bohèmic que hace las veces de la tercera de las presentaciones de los nominados a Cocinero catalán del año y, en concreto, la de Mandu Gimeno: un cocinero formado en restaurantes de postín como Drolma o Caelis, pero también en casas de comidas con mucho menos pedigrí –de las que dice haber aprendido mucho- y que practica una cocina tradicional y afrancesada, aunque adaptada –mejorada- al siglo XXI, y cuyo dogma es el culto a los mejores productos.
Y de querer permanecer en las mismas latitudes numéricas, la pregunta a formularse sobre el éxito de mi visita al restaurante Bohèmic parece obvia:

¿A la tercera ha ido la vencida?

Sí y no, y todo lo contrario.

Sí, pues la cocina de Mandu cada día que pasa atesora más quilates, lo que se traduce en una propuesta gastronómica más compleja (complejidad en las creaciones pero sobre todo en los sabores), dotada de mayor coherencia, más redonda… en definitiva, tremendamente virtuosa.

No, pues a diferencia de lo descrito en mi segunda crónica, en esta última visita al restaurante Bohèmic reaparecieron algunos de los vicios que creía ya superados y que son los responsables de las sensaciones encontradas con las que, a pesar de lo superlativo de la cocina de Mandu, más de uno –entre los que podéis contar a un servidor- abandona su restaurante. Y así, estas asignaturas pendientes del restaurante Bohèmic las encarnan un servicio de sala sui generis, unos tiempos que precisan de alguna ayudita del doctor Eufemiano Fuentes –sin duda, lo de Mandu no es el “fast food”-, y una relación calidad-precio mejorable.

Y todo lo contrario, pues, como ya he dejado escrito, este bistró –que solo lo es apariencia, pues su cocina trasciende de la servida en este tipo de locales, y cuya génesis debe buscarse en el París decimonónico- no ha dejado de crecer, de evolucionar desde que nació y, en consecuencia, resulta casi imposible -además de tremendamente injusto- comparar experiencias separadas más de dos años en el tiempo.

Y así, a día de hoy, la sabrosa realidad del restaurante Bohèmic la encarnan un interesantísimo menú degustación (50€) y una carta por la que hice discurrir mi cena del pasado sábado.

Cena que me preparó, por supuesto, Mandu, pero también Dídac Moltó –ya os canté sus virtudes en mis primeras cónicas sobre el malogrado Libentia-, quién, dado el éxito y el favor del público que el restaurante Bohèmic está cosechando –llevaba tiempo labrándoselos-, ha sido reclutado para la causa de esta personalísima casa de comidas.

Cena, precedida por un agradable vermut de Gratallops, a la que dieron forma:
Un buen servicio de panes (rústico y de cereales), aceite y sales (volcánica de Hawai, rosa, ahumada, austríaca…).
Las imprescindibles –aunque en esta ocasión, por culpa de un corte y una fritura de las patatas algo irregulares, lo fueron menos- patatas bravas del Bohèmic. Aunque ya no figuren en su carta, siempre están disponibles, y haríais bien en no perdéroslas pues son de las –o sin el de- mejores de Barcelona.
Un interesantísimo, aunque solo sobre el papel, carpaccio de presa ibérica con Stilton y Granny Smith. Y solo sobre el papel pues, una presa cortada demasiado fina, una tan etérea como insípida emulsión de manzana y unas insignificantes virutas de queso convertían la que debería haber sido una composición, gustativamente, mayúscula en el plato menos lucido y lúcido de la velada.
Unas muy buenas –hasta el final de la crónica, y con una contada excepción, éste va a ser el calificativo de menor entidad- ostras a la brasa acompañadas por jugo de carne ahumado, cremoso de eneldo y hoja de ostra.
Un magnífico canelón de pollo del Prat, foie y trufa. Sin duda, merecedor de encaramarse a algún cajón –tal vez no al central, reservado al servido en el restaurante Alkimia- del podio barcelonés de canelones.
Un brutal, por su sabor, pero también por el viaje a la infancia que propiciaba, falso risotto (preparado con pistones: esa pasta cuya forma hace honor a su nombre y que nos hartamos –como mínimo yo- de comer en el cole) de trufa y queso Tou dels Til·lers.
Una soberbia “ballotinne” a la Royale.
Un excelente borracho de pan de especias con helado de almendras.
Una, de nuevo, sobre el papel –ya se dice que lo aguanta todo- sugestiva composición de chocolate, trufa, pera de Puigcerdà y bizcocho tostado. Y gran parte del mérito prometido se quedaba en el papel por culpa tanto de una sopa de chocolate mal ejecutada como de un bizcocho tostado que hacía las veces de invitado de piedra.
Y una perfecta, conceptualmente y en su ejecución, composición de chocolate blanco, lima, apio y jengibre.
En definitiva, el restaurante Bohèmic fue uno de los pioneros de la mal llamada moda de los “bistrós”, pero en este hecho radica solo una enésima parte de su virtud, pues el grueso de ésta lo encontraréis en una cocina compleja, sólida y, sobre todo, sabrosa.

Bodega: Interesante carta de vinos. Gallinas y Focas 2010 (Syrah y Mantonegro). 4 Kilos Vinícola. DO Mallorca.
Precio: 65 €

En pocas palabras: Mucho más, y mejor, de lo que parece.

Indicado: Para los que creen -creemos- que una cocina sin personalidad no tiene alma y tampoco sabor.

Contraindicado: Para los que en la prueba del algodón de la relación calidad-precio no admiten ni una minúscula mota.

Manso 42, Barcelona.
934 240 628

PD: Por el momento, a falta de la visita de esta noche al restaurante Suculent, y a pesar de las magníficas credenciales gastronómicas de las que hicieron gala los otros nominados en mis visitas a los restaurantes La Cava y Mil921, mi voto es para Mandu Gimeno.

jueves, 13 de octubre de 2011

Bohèmic (II)

Para alegría de muchos –entre los que, sin duda, debéis contarme- uno de los mejores, y también de los pocos genuinos, bistrós de nuestra ciudad, esto es, el restaurante Bohèmic, ha decidido completar su notable oferta gastronómica con una excelente cocina de tapas y platillos que, se me antoja, resistiría toda comparación con los restaurantes, gastrobares, barras o ateliers más duchos en tales menesteres de nuestra ciudad –pongamos que hablo de Vivanda, 3, Cañete o Coure-.

Y así, el bueno de Francesc Gimeno, curtido, entre otros, al calor de los extintos fogones del restaurante Drolma –no sé si será gala, alarde o exceso de sinceridad, pero no puedo callarme eso de que “era la crónica de una muerte anunciada”- a su ya clásico repertorio de platos que navegan entre el siglo XX y el XXI, ha sumado casi una veintena de magníficas tapas y platillos, entre las que podréis encontrar:

Las, a mi entender –ya me perdonarán los devotos del Bar Tomás, los parroquianos del Bar Cañete, los feligreses del Bar Montesquiu, los fieles Arolianos y demás gente de bien- mejores bravas de Barcelona.

Unas excelentes croquetas de pollo cuyo mérito y virtud recae, en cierta medida, en que una pequeña parte del rebozado se hace con la piel deshidratada del mismo pollo.

Una buena pizzeta de atún, soja, wasabi y aceite picante que, y a pesar de su calidad, me cautivó más por su nombre que por su potencial gustativo. “No me llames Fabián llámame Paco” lleva por nombre y, sin lugar a dudas, es toda una demostración de que Francesc afila su pluma tanto como sus cuchillos. ¡Olé por ti!

Un excelente canelón de pintada y queso Comté.

Un magnífico, eso sí, solo apto para paladares curtidos y sistemas cardiovasculares a prueba de bombas, arroz del Delta con costilla de cerdo y setas.

Una sabrosísima y que, dada su ternura, hacía innecesario blandir el cuchillo, butifarra con judías de Santa Pau.

Y un cuarteto de postres del que sobresalían:

“Los recuerdos de infacia” (pantera rosa, suizo, nube y peta zetas) y la tarta fina de manzana con orchata.


Situándose uno o dos pasos por detrás tanto la crema catalana con frutos rojos y aceite de vainilla como el babá con espray -una ostentosa exhibición de play food- de ron.



En definitiva, con su nueva y complementaria propuesta gastronómica, ya no tengo ninguna duda de que el restaurante Bohèmic merece figurar, y en una posición destacada, en la lista de los pequeños grandes restaurantes de Barcelona.

Bodega: Vermut de la casa (Reus) y 30 Copelos (Sousón, Caiño, Ferrón, Garnacha y Brancellao). Lagar do Merens. DO Ribeiro. ¡De lo mejorcito y más sorprendente que he probado últimamente!

Precio: 35 €

En pocas palabras: Deliciosos bocados de tradición y nostalgia.

Indicado: Para disfrutar, con pequeñas piezas: igual de sabrosas y más económicas, de la cocina de Francesc Gimeno.

Contraindicado: Para los que no gustan de un trato familiar ni en su casa, pues en el restaurante Bohémic uno hasta llega a olvidar que está comiendo en un restaurante.

Manso 42, Barcelona
934 240 628

lunes, 27 de septiembre de 2010

Bohèmic

Bajaba por la calle Viladomat y cuando ya eran pocos los metros que me quedaban por consumir hasta llegar al restaurante Bohèmic, sensaciones encontradas comenzaron a recorrer todo mi cuerpo y, particularmente, mi estómago –lo que resulta obvio, pues a él le tocaba entrar en acción-.

La causa de tales dudas: que las críticas leídas sobre el restaurante que me disponía a visitar arrojaban sobre su oferta culinaria tanto luces como sombras y, debo confesarlo, que cierto ejercicio apriorístico con resultado de “ay ay ay…” había hecho.

Como avance de lo que seguirá, simplemente apuntar que ese día mi intuición estaba de vacaciones, pues esperaba descubrir un nuevo Topik (restaurante de excelente relación calidad precio, con ciertos detalles gastronómicos que pulir) y me di en los morros con una cocina de altísimo nivel –exceptuando los postres- pero algo desajustada en los precios de algunos platos –de nuevo, los postres, pero también los vinos, se llevaron la peor parte-.

El responsable último y también único de la cocina del Bohèmic –es merecedor de un sonoro aplauso que una sola persona en los fogones sea capaz de sacar adelante una cocina tan meritoria- es Francesc Gimeno, un “chico” no mucho mayor que yo, y cuyo bagaje gastronómico lo ha ido atesorando en restaurantes de postín como Drolma y Caelis, pero también en un antro de carretera de Castelldefels del que no reniega –otro aplauso para Francesc-.

El resto de aplausos de esa noche los devengaron:

Una excelentes patatas (tiernas por dentro y crujientes por fuera) bravas (mahonesa y un “romescu” picante, bastante picante) que pueden rivalizar y, tal vez, vencer a cualesquiera que otras de la Ciudad condal.

El magnífico pan de elaboración propia (aceitunas, pipas, etc.)

El más que notable yogur de setas (ceps) que hacía las veces de aperitivo de la casa y que se tomaba con una cucharita pintada con esencia de pino. Sin duda, degustar este aperitivo fue como ir al bosque en los meses de otoño.

Una buenísima royal de foie con gelatina de naranja sanguina y polvo de almendras.

La butifarra dulce de “Els Casals” con manzana y una reducción de su jugo fue, sin duda, el plató que mereció la mayor ovación.

Un notable calamar relleno de butifarra negra y cebolla caramelizada al que le sobraban los germinados que lo acompañaban.

Un tataki de atún de Almadraba -¡Qué atún!-, perfectamente acompañado por un puré de berenjenas y aceitunas negras y bastante mal acompañado por una base de queso manchego que de no haber sido apartado a tiempo hubiese sido el protagonista del plato, pues su potencia gustativa impedía disfrutar de la sutileza del atún casi crudo.

Menos entusiasmo despertaron los postres debido, principalmente, a que los elementos accidentales de ambos, por su presencia excesiva, acababan siendo los auténticos protagonistas.

Así, la crema catalana con aceite de vainilla era magnífica, de las mejores que he probado, el problema era que el exceso de frutos rojos liofilizados que la coronaban copaba el sabor y la textura del conjunto.

Más grave era lo que sucedía con el borracho (ron) de pan de especias, con helado de vainilla en el que la cantidad de chocolate que bañaba el pan de especias le hacía preguntarse a uno si lo que había solicitado era un chocolate a la taza.

(Perdonad la calidad de estas últimas fotos, pero fueron sacadas con el móvil por problemas con la memoria de la cámara)

En definitiva, las sensaciones encontradas que me asaltaron a escasos metros del restaurante se diluyeron por completo con los primeros platos que me sirvieron, lástima que los postres y la factura final hiciese, finalmente, aparecer un atisbo de ellas.

Vino: La Calma 2006 (Chenin Blanc). Can Ràfols dels Caus. Penedès

Precio: 55 €
Calificación: 13,5/20

Indicado: Para asombrarse con lo que son capaces de hacer dos manos.

Contraindicado: Para los que busquen una cocina a precios de crisis. El mejor producto hay que pagarlo.

Manso 42, Barcelona
93 424 06 28