Mostrando entradas con la etiqueta Italiana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Italiana. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de febrero de 2016

Raffaelli

Hace algo más de medio año que, al regazo de su padre Sandro (un “old-fashioned” restaurador italiano), las hermanas Raffaelli (Greta y Gioia) levantaron el telón de su restaurante Raffaelli.

Y ahora cabría que os preguntaseis y que yo os diese una -la mía, y tan buena como mala que cualquier otra- respuesta sobre dónde encasillar esta casa de comidas toscanas.

¿Debemos, pues, darle al restaurante Raffaelli la bienvenida al club de los restaurantes italianos del “No, no, no”, al de los que “Debes comprar por lo que valen y vender por lo que creen que valen para hacer buen negocio con ellos”, al de los del “Mucho ruido y pocas nueces”, al de los del “Quiero y no puedo”, al del de “Los experimentos con gaseosa”, al de los que “Viven en eternas tablas (suman lo mismo que restan)”, o al de los de “Verdad de la buena, de la buenísima” -esto es, al club de los Xemei, Bacaro, Massimo o Due Spaghi-?

Y aunque con algún reparo que, sin duda, está en las manos de Bruna (la cocinera, por supuesto, italiana, del restaurante Raffaelli) disipar, por su ambiente, por su genuinidad y, sobre todo, por la calidad de sus pastas, en el pelotón -por desgracia, la cabeza de carrera está vacía por incomparecencia- de los mejores italianos de Barcelona situaré al restaurante Raffaelli.

Sin duda, lo mejor de la casa de comidas de las hermanas Raffaelli son ellas -unas grandes anfitrionas con halo de Sofía Loren-, los tres espacios, bautizados como Gioia, Viola y Greta, de aires “Fellinianos” en los que se divide su sala y, por supuesto, su propuesta gastronómica, en cuyo haber está su autenticidad toscana y sus pastas caseras, y en su debe cierta falta tanto de orientación a algunos detalles, como de arrojo.

Y de lo mejor y de lo menos bueno del restaurante Raffaelli disfruté a través de:

Un buen aperitivo de la casa: paté de pollo con tomillo, y tomate concasé con albahaca, queso Parmesano y vinagreta balsámica.

Un correcto servicio de pan (focaccia y de cereales), acompañado por un vulgar aceite patrio -aceites vulgares los hay en España y en Italia, pero dado que en el restaurante Raffaelli solo se respiran aires transalpinos, no estaría de más que el aceite fuese también italiano y, so riesgo de que a mi vicio de pedir se le responda con la virtud de no dar, que éste aportase algo-.

Unos conseguidos dados de salmón mi-cuits acompañados con una crema de berros y verduras encurtidas, y a los que solo restaban algunos enteros un excesivo aderezo, por lo invasiva de ésta, de pimienta rosa.

Unos irregulares cappellacci de gamba con alcachofas y botarga. Impecable la pasta rellena de gamba, pero desaparecida la botarga y muy, pero que muy mal repelada la alcachofa.

Unos notables pappardelle con ragú toscano (algo “aboloñesado”), queso Pecorino y mejorana. Con la calidad y el punto de cocción de la pasta, sin duda, lo mejor del plato era la mejorana, pues sus notas a salvia y a orégano ayudaban a elevar a esta pasta al altar de las mejores de la ciudad. Puesto a ponerles un pero: algo más de atrevimiento, de generosidad con el queso Pecorino.

Una muy buena panna cotta -por supuesto, no al nivel de la de La Tasquita de Enfrente pero, por su sabor, mórbida textura y contenido dulzor, de las mejores que he comido en Barcelona-a la que solo le sobraba el culís de frambuesa que la mancillaba -mejor desnuda que mal vestida-.

Y un notable tiramisú (impecables tanto la crema de mascarpone como el equilibrio café-cacao) al que solo puedo achacarle falta de arrojo con el vino Marsala -ya sea Marsala o Amaretto, un tiramisú no será redondo si éstos no tienen su debido protagonismo-.

En definitiva, una restaurante toscano al que seguiré de cerca y al que haréis bien en acercaros pues Greta, Gioia, Bruna y compañía, además de daros de comer muy bien, os harán sentir como en casa.

Bodega: Compuesta por una treintena de referencias italianas de las que me quedé con un correcto vino de la Campania: Aglianico Moio (Aglianico), Cantine Moio, Benevento.

Precio: 40€. Precio medio: 25€-30€ + bebidas. Mediodías laborables: no disponen de menú mediodía, pero la quincena de platos que conforman su carta incluyen pan, bebida y café.

En pocas palabras: A-TT (alta trattoria toscana).

Indicado: Para disfrutar a las puertas de Gracia de la gracia y el sabor de la Toscana.

Contraindicado: Para los que preparan la carbonara con crema de leche o al cocer la pasta añaden dos o tres minutos a las indicaciones del fabricante.

Luis Antúnez 11, Barcelona.
930 110 149

viernes, 1 de enero de 2016

De Gustibus Italiae

Si hay una cocina foránea instalada, tal vez, demasiado cómodamente -comodidad que suele conducir a la mediocridad-, en nuestro país, ésta es la italiana.

Es cierto que la gastronomía francesa, china, japonesa y, más recientemente, la peruana, mejicana o tailandesa, hacen acto de presencia -por desgracia, muchas veces, más allá de su comparecencia no hay nada reseñable de estos restaurantes que nos permiten jugar a ser Willy Fog- en nuestro panorama gastronómico, pero sigue siendo la cocina del país que vio nacer a la ópera la que lleva la voz cantante.

Una voz que se impone más por decibelios que por quilates, pues, de los tropecientos restaurantes italianos que plagan nuestras calles -¿Hay alguien que no tenga uno a menos de 5 minutos de sabrosón paseo desde su casa?- sobran dedos de las manos para contar los que no catalogaríamos como drama, bufo, farsa u opereta.

Sin duda, de mi quema se salvarían los restaurantes Xemei, Massimo, Due Spaghi, Non Solo Pizza, Bacaro… -puntos suspensivos con los que pretendo disculparme con las casas de comidas italianas que tan bien me han dado o me darán de comer y cuyos nombres no aparecen listados por culpa de mi mala memoria o por desconocimiento-.

¿Y qué hay del restaurante que hoy nos ocupa, del De Gustibus Italiae?

Por ser uno de mis italianos de referencia hace casi una década (entre otras cosas, por su cocina de temporada, por ser de los primeros en hacerse cada año con el preciadísimo Tartufo Bianco d’Alba, por su buena mano, olla y sartén con las pastas y por su agradable terraza), pero que llevaba casi un lustro sin visitar, tocaba dilucidar si tal ostracismo había sido injusto, o no.

Y, a tenor de mi cena del pasado lunes en el restaurante De Gustibus Italiae, apenado me veo obligado a constatar que atinadamente le había dado la espalda, pues, el restaurante De Gustibus Italiae se quedó muy lejos de superar el siempre alto listón que ponen tiempo y expectativas.

Desencanto y triste divorcio con el restaurante De Gustibus Italiae propiciado por una cena que discurrió por:

Un Aperol Spritz (sabéis que soy de vermut, pero también del “allá donde fueres, haz lo que vieres” -sin duda, hay malos restaurantes, pero todavía más malos comensales que, por ejemplo, van a un restaurante indio y lo critican por su cocina en exceso especiada, o valoran una sidrería por la calidad de su cuscús-) disfrutado en su terraza (una delicia cuando llega el buen tiempo -si es que algún día se va-).

Un vulgar servicio de panes (grisines de romero, chapata y pan de ajo y hierbas).

Un correcto aperitivo de la casa en forma de unos tacos de queso Salva Cremasco (lombardo de vaca) con mermelada de tomate.

Unas muy buenas -sin duda, lo mejor de la velada- croquetas de patata, queso provolone, jamón y boletus.

Unos buenos fiambres (mortadella al tartufo y jamón de Parma con DOP) acompañados por una mediocre y seca focaccia.

Unos fettuccine, pasados de cocción, con salsa de queso Taleggio y trufa negra. Una pasta que, por su pasado punto de cocción y por la pesadez de su salsa, y a pesar de los 2 gramos de trufa con los que se pretendía darle lustre, fue un trago -por paradójico que suene- duro.

Unos espaguetis frescos al huevo con botarga, queso Pecorino, ajo y guindilla a los que, el exceso de guindilla y de ajo -la botarga y el Pecorino se quedaron en una sugerente lectura- convirtieron en un mal trago.

Un tiramisú, demasiado ligero para mi gusto y falto de café, pero resultón -más de lo que puede decirse de la mayoría de los que se sirven doquier-.

Y un semifreddo de Amaretto con almendras caramelizadas y crema de chocolate, demasiado dulce y de textura más que mejorable. A mi entender, de sustituirse las almendras caramelizadas por otras crudas -más alineadas gustativamente con el Amaretto y que ayudarían a compensar el dulzor del postre- otro gallo cantaría.

En definitiva, un restaurante que demuestra tanto que, en gastronomía, es mejor dejar cerrado el baúl de los recuerdos, como que el melón de la restauración italiana de nuestro país es casi tan peligroso de abrir como la Caja de Pandora.

Bodega: Correcta carta de vinos de la que me quedé con un Boig per tu 2013 (Garnacha), Vinyes Domènech, D.O. Montsant.

Precio: 45€. Precio medio a la carta: 30€-45€. Menú mediodía: 13,75€

En pocas palabras: Un italiano más -y menos-.

Indicado: Para esos padres empeñados en castigar a sus hijos constriñendo su elección al menú infantil, pues en el restaurante De Gustibus Italiae disponen de un pueril menú “Per i bambini”.

Contraindicado: Para los enamorados de gastronomía italiana y que, por ello, le deseamos mejor suerte que el verse relegada a saciar estómagos universitarios o a ser la elección cuando nadie quiere o se atreve a elegir.

Ricardo Calvo 13, Barcelona.
934 189 849

Muchas gracias por la confianza depositada en esta bitácora durante el recién despedido 2015, y

¡Feliz 2016!

jueves, 23 de julio de 2015

Cubica

Pese al boom gastronómico –hago mío el cantar de los pájaros de mal agüero que pronostican que éste terminará peor que el inmobiliario- que estamos viviendo, debo confesaros que, no es tarea sencilla ofreceros un par de reseñas por semana sin recurrir a la agenda.

Para tal propósito, en ocasiones tiro de ránquines, también, con más asiduidad de la que querría, me sumo al carro de ilustres opinadores (palabro recientemente aceptado por la RAE), aunque no son pocas las ocasiones en las que me tiro a piscinas, muchas veces vacías –y vaya ostias que me llevo-.

Y, en este sentido, la crónica de hoy trae causa en un posicionamiento Top 10 en Trip Advisor –un portal en el que solo los neófitos pueden creer- y en la generosísima crítica que uno de los más respetados “bloggers” de nuestro país le dedicó al restaurante Cubica hace unas semanas.

A modo de “spoiler” os diré que, no estar alineado con un ranquin tan oscuro como los restaurantes que aúpa no solo no me preocupa, sino que me congratula. Sensación bien distinta es la que me embarga cuando, cada vez con más frecuencia, discrepo de observaciones que cada día lamen más que muerden.

Lanzada ya una primera piedra –me temo que más que piedra será boomerang-, toca ponerse manos a la obra –que ya os avanzo, terminará en lapidación- sobre mi experiencia en el restaurante Cubica.

Restaurante Cubica: un restaurante del barcelonés barrio de Sant Gervasi que, de la mano de Matteo Gavazzi (cocina) y Andrea Clerici (sala), inició su andadura hace, apenas, tres meses.

Cubica: un restaurante italiano –ya me permitiréis la pueril y asonante rima- de cabo a rabo. Y así es pues: ofrecen –o así lo pretenden- una cocina italiana contemporánea, en su bodega solo encontraréis vinos transalpinos, su personal, con un par de excepciones, nació en la bota de Europa y, el ambiente que se respira, es genuinamente italiano, esto es, “buenrollismo” a las maduras y “altivismo” a las duras.

Y de adentraros en el restaurante Cubica, ¿Qué encontraréis?

Pues…

Un acogedor interiorismo de estética industrial, en el que convive –sobrevive- una cubertería Zwilling con una mantelería 100% reciclable –cuando uno paga 50€ por barba, espera algo más que trozos de servilletas reciclables enganchadas en su incipiente barba-.

Y una propuesta gastronómica que, tirando de dos pedazos de sabiduría popular aprendidos de mi “Padrí“ (los abuelos para los ilerdenses) –del que también he escuchado en innumerables ocasiones aquello de “Eduard, es más barato comprarte un traje que invitarte a comer”-, podría resumirse en “arrencada de cavall, frenada de ruc” (arrancada de caballo, frenada de borrico) y “buen negocio haríamos comprándolos por lo que valen y vendiéndolos por lo que creen que valen”.

Y tan severa introducción trae causa en una cena que comenzó a las mil maravillas de la mano de:

Un Aperol Spritz y unas aceitunas (arbequinas y muertas de Aragón) disfrutados en la barra situada en la entrada del restaurante Cubica mientras me zambullía en sus cartas.

Un buen pan de aceite de elaboración propia al que deslucía el vulgar aceite que lo regaba.

Un “steak tartar” para el recuerdo. Sin duda, lo mejor de la cena, pues un solomillo de ternera perfectamente cortado a cuchillo y magníficamente aderezado con limón y pimienta y acompañado con una mayonesa de espárragos, rúcula -¡Y qué rúcula! Delicadamente amarga, y no astringente como con las que suelen castigarnos en la mayoría de restaurantes- y Grana Padano, se me antoja como el perfecto tártaro de verano (una suerte de matrimonio entre un tátaro belga y un carpaccio). A pesar de los pesares -¡Qué grande era Goytisolo!- un plato que justifica la visita al restaurante Cubica. Y la justifica pues el único pero que puedo encontrarle a este gran “steak tartar” es que se optase por un Parmesano de baja curación en vez de un buen Reggiano que le hubiese aportado un óptimo punto de salazón. Y enrollándome algo más, y pues la crónica es muy reciente, os diré que este aliño le iría como anillo al dedo a una carne con mucho más punch, pongamos, por ejemplo, que hablamos del tártaro de Bos Taurus Ibericus del restaurante Can Xurrades -¿Oído, Rafa?-.

Unos muy buenos “Tagliolini alla scoglio”, esto es, unos tallarines con mejillones, almejas, tomate fresco, albahaca y un fondo de pescado agradablemente –aunque no para todos los públicos- subido de picante. De tener que ponerle un pero sería que, si el matrimonio perfecto del pesto son los penne y el de la carbonara son los spaghetti, el del fruto di mare son los spaghettini.

Y, colorín, colorado, como el cuento, aquí lo bueno se ha acabado.

Y así es pues…

Su ravioli de mar es un plato tan poco lúcido como lucido. Ni puedo ni quiero negar ni la calidad de la pasta del ravioli ni su buen acompañamiento (una suerte de salmorejo con aceitunas negras y albahaca), pero pretender que un relleno de lubina y pargo, excesivamente acidulado y texturizado, tenga algo qué decir se me antoja como una quimera. Sin duda, de otro cantar hablaríamos si el relleno del ravioli hubiese sido de pescados de roca o de mariscos –no solo aguantarían el punch del acompañamiento, sino que se complementarían- o de mozzarella –con el que se ofrecería una más que interesante versión de la clásica caprese-.

El plato de pulpo frito con calabacín y su flor en tempura de azafrán es uno de los platos más pesados que he comido en mucho tiempo. En este sentido, no sabía si me estaba comiendo lo que rezaba la carta o un lomo con patatas fritas en un bar de carreta propio de “Pesadilla en la cocina”.

Y, para terminar de ir de culo y cuesta abajo, su tiramisú –el postre más maltratado de la historia y que todo hijo de vecino se atreve a versionar, a pervertir-. En este caso, la perversión del restaurante Cubica es hacer pasar por tiramisú una espuma de mascapone con melindros secos y cacao –una suerte de vaso de pastel de cumpleaños-. ¿Dónde estaban la yema, el café y el Amaretto, esto es, el alma del tiramisú? Ya os lo diré yo, desaparecidos en combate.

En definitiva, un restaurante que ejemplifica perfectamente la disyuntiva entre el ying y el yang pero que, por desgracia, tiende al lado oscuro. Matteo, Andrea, atended más a Obi-Wan Kenobi, que la fuerza y el talento para ser Jedais las tenéis.

Bodega: Carta conformada por una decena de referencias transalpinas bastante anodinas y todavía más caras. Mi elección: Heba Morellino di Scansano 2012 (Sangiovese y Syrah). Fattoria di Magliano. DOCG Toscana.

Precio: 50€. Precio medio a la carta: 25€-35€ + bebidas.

En pocas palabras: Menos lobos “Cappuccetto”.

Indicado: Para disfrutar del tártaro del verano o para los que quieran reafirmarse en que su italiano es La –cualquiera de ellas- Tagliatella.

Contraindicado: Para los que han comido en Due Spaghi, Xemei, Bacaro o Massimo –mi póker de italianos de cabecera en Barcelona-.

Regàs 30, Barcelona.
935 124 800

martes, 17 de marzo de 2015

Due Spaghi

Hay días en los que uno se sienta delante del ordenador con mal cuerpo por verse obligado a sacar el látigo –aunque algunos no se lo crean, el papel de “Vengador justiciero” es el que menos me gusta interpretar-, otros lo haces nervioso pues no sabes si serás capaz de verbalizar, de plasmar en un lienzo de palabras la obra de arte gastronómica de la que has disfrutado -¡Benditos nervios!- y, en ocasiones, el buen rollo es el que marca el ritmo de tu teclear pues tienes una pequeña joya en el tintero con ganas de compartir.

En el caso del restaurante que hoy nos ocupa más que delante de una joya nos encontramos ante un ejemplo de bisutería gastronómica –una forma más prosaica y menos vista para referirnos a los “bistronómicos”-, a la que el romanticismo que hay detrás de ella –y que se respira en la sala y se paladea en los platos- le aporta ese plus de quilates que hacen del restaurante Due Spaghi una casa de comidas en la que dejarse caer, como mínimo, una vez –seguro que recaeréis (yo lo he hecho)-.

Y ese romanticismo que se respira y que también se mastica en el restaurante Due Spaghi trae causa en sus dos “alma máters”: el matrimonio Nicoletta-Toni.

Nicoletta Acerbi: una fotógrafa y periodista gastronómica que ha dado el valiente salto de situarse al otro lado del objetivo y del teclado -¡Olé tus bemoles!-, y que ha volcado en la carta del restaurante Due Spaghi todo el poso de la riquísima tradición culinaria italiana que durante tantos años mamó.

Y Toni Pol: un curtido restaurador a sueldo (Tragaluz, MIL921, Re-Pla…) que se ha dado cuenta que, en ocasiones, menos es más, y que ejerce de magnífico “oste” (anfitrión) –¡Cuánto se echa en falta esta figura!-.

Matrimonio que, para aterrizar sus sueños, ha sumado a su causa a Paolo Mangianti, un tan talentoso como por pulir chef o, en otras palabras, y siguiendo con el hilo conductor de la introducción de esta crónica, un diamante en bruto.

Romanticismo que también se destila de su política de compras, basada en recurrir a proveedores de proximidad (un “Slow food” sin integrismos) y también cercanos (si uno es muy, muy puntual, como un servidor, puede encontrase con alguno de ellos tomando la cerveza premio al deber cumplido).

Y todo ese buen hacer, en ocasiones pervertido en “buenismo”, en mi segunda visita al restaurante Due Spaghi se materializó en:

La solvencia del vermut de Casa Mariol, mejorada con un toque de pimienta y de ginebra (una suerte de Negroni “soft”) acompañado por unas buenas aceitunas de Aragón y disfrutado en una de las dos mesas de su terraza –el tiempo ya empieza a acompañar-.

Un interesante aperitivo de la casa en forma de “espaguetis” de calabacín a la menta, dados de calabaza, gelée de tomate y sal de apio que, en mi humilde opinión, sería de ¡Olé! mejillón o berberecho mediante.

Un irregular servicio de pan y de aceite. Algo vulgares tanto el pan del horno Bargalló como el aceite Picual (una variedad capaz de lo mejor y de lo peor) y, en cambio, excelentes la coca de aceite y el aceite Empeltre (una desconocida variedad de aceituna que, por su suavidad, fragancia, dulzor y notas a frutos secos es una auténtica joya).

Una agradablemente diferente –el panorama barcelonés está tan plagado de versiones anodinas o, y lo que es peor, de cuarta o quinta gama que esta frescura se agradece- croqueta de polenta, queso de Malga, mermelada de pimiento rojo y ricota ahumada –el aroma que le confiere ésta invita a devorarla-. Croqueta que, por su base de polenta y por la mermelada de pimiento que la adereza, también podría responder al nombre de Bomba.

Una excelente “tatin” de cebolla confitada, queso stracciatella y pimienta rosa, que sería de matrícula si se moderase la presencia de la tan compleja como invasiva pimienta rosa, o se sustituyese ésta por la ralladura de un fruto seco “en crudo” (mantendría el efectismo y las notas de resina y de amargor de ésa pero respetando su rol de secundaria).

Unos “Huevos felices” (huevos ecológicos poché, “parmentier” de patata, puerro y vainilla, crujiente de parmesano, habas, guisantes y germinados de cebolla) que, por su pésima ejecución, me infundieron una profunda infelicidad, pues el “parmentier” era demasiado fluido y nada untuoso y, y lo que es del todo imperdonable, en el pochado de los huevos a Paolo se le fue la mano con el vinagre –serían ecológicos en su origen, pero en el paladar eran encurtidos-.

Unos brutales –de los mejores platos de pasta de los que uno puede disfrutar hoy en Barcelona –“papardelle” de los recuerdos, esto es, con ragú de conejo “feliz” –aquí sí que su producción ecológica se traduce en felicidad para el comensal- y tomillo.

Una excelente –la foto, y la forma de presentarla que ésta ilustra, es la prueba del algodón de su calidad- crema catalana -¡Manda huevos que sea en un restaurante italiano dónde tengamos que ir a buscar una de las mejores cremas catalanas de la ciudad!- acompañada con tejas de hojaldre –absolutamente prescindibles-.

Y en un buen, pero solo para paladares amantes del "rock and roll", surtido de quesos italianos que el matrimonio se trae de sus recurrentes viajes a Italia. Los que a mí me tocaron: un buen Parmesano “Reggiano” de 24 meses aderezado con una excesivamente ácida crema de balsámico de Módena de la familia –¡Ay la familia! No siempre lo de casa es lo mejor-, un notable Gonzaga (una suerte de Salers, aunque no a su nivel) y un queso Lombardo cuyo mérito residía en el matrimonio bien avenido entre un gorgonzola y un cabrales en que se materializaba.

En definitiva, en el restaurante Due Spaghi se come bien y se está mejor, aunque de mediar algo más de lucidez en la génesis de algunos platos y una pizca más de precisión en su ejecución, sin duda, su cocina se situaría al nivel de su ambiente.

Bodega: Todo lo que tiene de corta la carta del restaurante Due Spaghi lo tiene de interesante, pues en ella casi todo son apetecibles rarezas, con una notable presencia de vinos italianos y también de vinos de producción ecológica o naturales y, casi siempre, de pequeño productor. Mi elección, de la renacida –por calidad, no por cantidad, pues de ésta siempre le ha sobrado- D.O. Penedès y de la bodega Partida de Creus, fue su Garrut 2011 (100% Garrut).

Precio: 30€

En pocas palabras: Bisutería gastronómica de la buena, bonita y barata.

Indicado: Para los que entienden, entendemos, que tanto la honradez como el romanticismo en la cocina son grandes sazonadores. También para los asiduos a las “Tagliatellas” o sucedáneos, pues descubrirán que, por muy poco más, disfrutaran muchísimo más.

Contraindicado: Para los que para elegir se arman con una escopeta de feria, pues aunque en la carta del restaurante Due Spaghi hay mucho de bueno, también encontraréis un puñado de referencias, cuanto menos, irregulares (huid de lo que os suene a barroco o a “poti-poti”).

Carrer Sepúlveda 151, Barcelona.
935 031 930