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lunes, 11 de abril de 2016

The Ledbury

Undécima, última y mejor -aquí no hay “spoiler” pues, era obvio que os reservaba lo mejor para el final- etapa de mi tournée gastronómica por Londres.

Parada y fonda que tuvo lugar en el restaurante que el australiano Brett Graham (el que ya me había demostrado, unos días antes en su pub Harwood Arms, muchas maneras) regenta a las puertas del barrio de Notting Hill.

The Ledbury: un restaurante que luce dos Estrellas Michelin y que, al parecer de The S. Pellegrino World's 50 Best Restaurants Awards, es el vigésimo mejor restaurante del mundo.

En este sentido, su propuesta gastronómica y su sala -el contenido (un servicio de alta escuela pero empático), no así el continente- hacen, sin género de dudas, buena la bi-estrellada distinción.

Y, aunque es espectacular lo que sale de su fogones de trinchera -pocas cocinas más humildes he visto en la alta restauración-, se me antoja como algo generoso, a tenor de algunos achaques observados (e.g. mejorables ejecuciones y composiciones), entender que, en el mundo, solo haya 19 restaurantes mejores que The Ledbury.

Me permitiréis, antes de presentaros el detalle del menú degustación que ofrecen Brett Graham y compañía, que formule una doble, pero brevísima -palabrita del niño Jesús-, consideración a propósito de mis ágapes al otro lado del Canal.

Los prejuicios nunca son buenos, y con la gastronomía británica son peores pues, identificar su cocina con pesados “pies” y fritangosos “fish and chips” es tan o más injusto que asociar la cocina española a los potajes de bareto o a los pescaitos de chiringuito. Ya nos gustaría tener en la Península algunos productos (e.g. caza, de pluma o de pelo, quesos…) de los que disfrutan en las Islas, o que nuestra nueva cocina “verde” tuviese el bagaje, la solvencia y la complejidad gustativa de su cocina “verde” de siempre (allí, un Celerí o un 4 amb 5 Mujades serían noticiables por su calidad, pero nunca por lo novedoso de su propuesta gastronómica).

Y está bien ser algo chovinistas, pero no lo está, pues solo conduce a que la hostia venga antes y duela más -preguntádselo, si no, a nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos-, creernos el obligo del mundo. La cocina española ha revolucionado el panorama gastronómico mundial, sí, pero no creamos por eso que el universo gastronómico es hispano-centrista o, por cortos de miras, nosotros sí que mereceremos una inquisición que nos mande a la hoguera.


“Let’s go on with The Ledbury’s tasting menu consisting of”:

Un pan integral de masa madre y una mantequilla de cabra, ambos caseros, que merecen sendos retratos -a buenos entendedores…-.

Un gran bocado de mar: crujiente de alga, crema ahumada de mejillón ahumada, limón y eneldo.

Un gran bocado de tierra: lionesa de parmesano y foie con gelatina de miel de cerveza.

Y uno colosal: “dumpling” de ciervo (su paletilla ahumada y cocinada a baja temperatura), pera, membrillo, romero, tomillo y mostaza. De haber podido llevarme una docena, sin duda, hubiese sido el mejor souvenir que regalar a mis seres queridos -porque me quieren, con unos imanes se conformaron-.

Un plato que hubiese sido de 11: remolacha blanca cocida al barro (a la sal, pero con barro), anguila (ahumada y su chantilly salada), pan tostado y cebolla; de no ser por una anodina sal de caviar cuya intervención solo encontraba explicación -que no compresión- en una absurda necesidad de justificar la factura.

Una tan sabrosa como confusa composición de alcachofas (violeta y china), jamón de pato, endivia, sorel, eneldo, uva, nueces y polvo de foie.

Una sabrosísimo, pero facilón, plato de huevo planchado de faisán, celerí, jamón ibérico, portobelo, vinagreta de trufa y reducción de vino de Arbois.

Un arriesgado, pero magnífico, plato de vieira de Escocia, cocochas de merluza, crema de ostra, espárrago verde, aceite de algas, perejil de invierno y limón. Un plato delicado y sabrosísimo en el que cada producto del mar cumplía su función: ostra (sabor y más sabor), cococha (textura y sabor) y vieira (textura, más textura y algo de pertinente dulzor).

Una barroca composición de colmenillas rellenas de flan de caldo de pollo y té earl grey, crema de tallos del ajo tierno, parmentier, escamas de beicon, jugo colmenillas y caldo de ave. Un plato que sería mucho más con algo menos pues, a mi entender, le sobraban un parmentier y un beicon puestos para contentar a los paladares más profanos -o menos prosaicos-.

Un magnífico solomillo de ternera salvaje irlandesa -la mejor ternera que he comido pues era una pieza de caza mayor- aderezado con una suerte de salsa Café de París “British style”: tuétano ahumado, crema de chalotas, col kale, lúpulo encurtido, flor de ajo, cebolleta braseada y aceite de ajo.

Tres grandes quesos (azul de vaca inglés, piel lavada de vaca irlandés y blando con corteza a la ceniza de cabra francés perfectamente afinados) escogidos de un carro todavía más grande (cuantitativa y cualitativamente hablando).

Una excelente composición de crema y helado de suero de mantequilla, aceite de oliva, ruibarbo (su tallo y su jugo), naranja y menta que me evocó a ese grandioso gazpacho dulce del genial Jordi Vilà.

Un resultón buñuelo especiado.

Un perfecto “parfait” de vainilla sobre un “sablée” de Sauternes y acompañado por un helado de fruta de la pasión.

Un grandísmo trío de “petit fours”: crujiente de junípero, limón, especias y toffee -¿Gin-tonic en vena? No, en rama-, trufa de avena, y gominola de brandy, naranja y apio. ¡A cuál mejor!

Y un “super, super, super bonus track”: un toffee hecho helado (helado de buttermilk, toffee y crumble salado). “Super” por su calidad, “suuper” por haberlo disfrutado en compañía del bueno de Brett, y “suuuper” pues las manos que sostenían mi plato eran las de mi mujer y fiel compañera de fatigas gastronómicas.

En definitiva, uno de los grandes restaurantes del mudo y, seguramente, la mejor casa de comidas del Reino Unido.

Bodega: Gran carta de vinos (conformada por más de 1.000 interesantísimas referencias) y mejor sumiller. Mi elección, con la ayuda de un sumiller que nada pensaba en los ceros -como en tantos grandes restaurantes, y no tan grandes, por desgracia, suele suceder-: Champ de Cour 2011 (Gamay), Château Du Moulin-À-Vent, Beaujolais.

Precio: 200€ (menú degustación largo (150€) + bebidas). Menú mediodía: 65€ + bebidas. Menú degustación corto: 105€ + bebidas.

En pocas palabras: Con sus imperfecciones, casi perfecto.

Indicado: Para los que, aunque no sepamos hacer dos cosas a la vez, nos gusta que al comer nos hagan pensar.

Contraindicado: Para los que creen que la alta restauración fuera de España solo se disfruta comiendo un bun, un pie, un maki, un ceviche, una pizza o una crêpe en un “rooftop”.

127 Ledbury Road, Londres
+44 20 7792 9090

miércoles, 6 de abril de 2016

Fera at Claridge’s

El restaurante gastronómico de uno de los hoteles más lujosos de Londres (el Claridge’s) me regaló, en sentido metafórico pues, de la dolorosa -aunque, “panxacontent”, ésta lo fue menos- no hay quien se libre -bueno, algunos sí, pero entonces lo que publican no son críticas sino anuncios- una de las más gratas sorpresas de mi escapada gastronómica a la ciudad del Big Ben.

Sin duda, era de esperar que de la dupla Hotel Claridge’s y Simon Rogan (el chef ejecutivo del restaurante Fera y cuyo buque insignia es el restaurante L’Enclume: bendecido con 2 Estrellas Michelin y varios años, entre ellos, el 2015, reconocido como la mejor casa de comidas del Reino Unido) saliese un buen restaurante pero, en esta ocasión, la realidad superó las expectativas -¡Qué dicha de excepción!-.

Y así fue, pues…

Una sala genuinamente de hotel inglés de lujo (todo sea dicho, acertadamente reformada, hace un par de años, por el célebre interiorista británico Guy Oliver) y un servicio de escuela clásica y aires de restaurante de postín, ofrecían un marco sorprendentemente cálido.


A la treintena de manos -las de sus 15 cocineros, pues no conté ninguno manco- que trajinan por su espectacular cocina les advertí una gran solidez técnica materializada en bellos e impecables platos.

A su sabrosísima propuesta gastronómica debe sumársele el plus -cuando éste va por delante del sabor deviene un minus- de la filosofía de proximidad y ecológica -con estos principios, la temporalidad viene sola- que Simon Rogan abraza, y fuerte (e.g. muchos de los productos que se sirven en el restaurante Fera provienen de su granja en el Valle de Cartmel; no encontraréis en su cocina un solo ingrediente que no tenga D.O. UK -¿Preparándose ya para el “Brexit”?-).

Y de todo ello disfruté a través de:

Un excelente servicio de pan de malta y de mantequilla ligera “home made”.

Unos buenos, aunque no tanto como bellos chip de cereales y romero, crema de queso con pepinillos, mostaza, brotes y flores.

Un notable bikini crujiente de pan de algas, mousse de vieiras, tomate seco y brócoli encurtido.

El mejor “nugget” que recuerdo haber comido: “rillette” de conejo con rebozado de tapioca y cebolla deshidratada, acompañada por mayonesa de ajo silvestre.

Un excelente merengue seco de setas, nueces e hinojo -gran complementariedad gustativa la de las notas húmedas, tostadas y anisadas de sus componentes-.

Una sabrosísima crema de patata y queso Tamworth (una suerte de Camembert irlandés), con pato guisado.

Una notable composición de sepia (su mousse y al natural), celerí (jugo reducido de su escalivado, chips y a láminas a la llama) y apio (su sal y su aceite).

Y una excelente de remolacha a la sal, crema de salsifí, gírgola silvestre, regaliz, brotes verdes y cebolla frita.

Un plato que haría que cualquier hijo de vecino desease que su médico lo pusiese a dieta: bacalao al vapor con aire de mejillones y acompañado con brócoli, col, acelgas y algas -¡Verde que te quiero verde, bacalao mío!-.

Y una panceta de cerdo ahumada con chicharrones, cebolletas y calçots asados, cebolla tierna (su cremoso), col (sus hojas escaldadas), emulsión de suero de mantequilla y ajo negro que obtendría el aval del 99% de los dietistas. Con lo gafe que soy, seguro que el mío sería el del 1%, pero le diría: “Con lo bueno que está, no puede hacerme mal”.

Una bellísima y todavía más buena composición de “buttermilk” (panna cotta y polvo), calabaza (bizcocho exprés y compota), naranja sanguina (coulís y sorbete) y anís (brotes).

Otro gran postre de helado de té earl grey, manzana en escabeche, crema de queso, buñuelos de anís y crumble.

Y unos notables “petit fours”: trampantojo de huevo de codorniz (merengue seco de limón y cremoso de una baya cítrica de color naranja conocida como uchuva), y gominola de hinojo y uvas.

En definitiva, cuando el sabor es el actor principal y la proximidad, la temporalidad, la sostenibilidad, lo ecológico, la técnica, la innovación o la vanguardia son grandes secundarios, estamos, sin duda, ante una cocina de cine que deviene un restaurante de Óscar de la mano de una sala (continente y contenido) estelar.

Bodega: Sin duda, y a pesar de sus precios -el mal de todos los restaurantes cruzados los Pirineos-, la mejor bodega que vi y bebí en Londres. Mi elección, de entre sus más de 1.000 referencias: Le Plou 2013 (Ploussard), Les Granges Poquenesses, D.O. Cotes du Jura.

Precio: 135€ (menú degustación (95€) + bebidas). Menú mediodía: 50€ + bebidas. A la carta: 70€-90€ + bebidas. Menú degustación largo: 140€ + bebidas.

En pocas palabras: El mejor restaurante Slow Food en el que haya comido.

Indicado: Para los que creemos que una filosofía que da gusto es esa que tiene por filosofía el gusto.

Contraindicado: Para los que persisten en su obstinación de creer que en los hoteles se come solo un poquito mejor que en los coles.

Hotel Claridge’s (Brook Street), Londres.
+44 20 7107 8888

miércoles, 23 de marzo de 2016

Alvart

Me apetecía mucho revisitar el restaurante Alvart pues, hace casi 5 meses y con apenas unas semanas de vida, lo visto y comido me permitió augurarle un brillante futuro y catalogarlo como una de las más gratas sorpresas gastronómicas de 2015.

¿Y qué es de Alvar Ayuso y de su restaurante Alvart en este 2016?

Pues Alvar Ayuso (chef fogueado en restaurantes tales como Michel Bras, Hofmann, Saüc, Gaig o Dos Cielos) sigue con la ilusión de un niño (con 26 años casi lo es) y, lo que es más importante, trabajando mucho, demostrando todavía más talento y haciendo oídos sordos a los cantos de sirena -interesados o maliciosos- que le invitan a dejar de tener los pies en el suelo -saberse bueno es fundamental, pero todavía lo es más no creérselo demasiado-. El único borrón que advertí: cierta falta de sosiego y de reflexión -comprensibles a tenor de la vorágine en la que vive y de la alta cocina que practica con tan solo la ayuda de un par de manos más- que hace que algunos grandes platos se queden en simplemente buenos -aunque, ya querrían muchos llorar con los ojos de Alvar-.

Y su Alvart

Ha mudado la piel de su servicio de sala -el eslabón más débil del restaurante Alvart- y ahora Antoine y Elena se llaman Alberto -al que conocí en el sobrevalorado restaurante Sergi de Meià- y Lorena. ¿Curada la herida, entonces? Más bien puesta una tirita, diría.

Y ha decidido jugar en la liga de los mayores (i.e. Gresca o Hisop) al incorporar a su oferta gastronómica un menú degustación por 66€.

¿Y qué papel le auguro al restaurante Alvart en estas lides?

Si me quedo con los primeros dos tercios del menú -me evocaron, y mucho, los mejores tiempos del restaurante Libentia, la mejor versión de Albert Ventura o los inicios del restaurante Alkimia en la calle Industria-, sin duda, por los puestos de Champions luchará.

No obstante, si sus postres o los últimos compases de la parte salada del menú son los que han de marcar el ritmo del restaurante Alvart, los puestos UEFA son su techo -lo que tampoco es moco de pavo-.

Y la alineación con la que Alvar intentará alcanzar el cielo y las Estrellas la conforman los siguientes platos:

Un correcto servicio de pan -tendrá el horno Turris a dos, literalmente, pasos, pero aquí, el Km. 0 suma cero- acompañado por un gran aceite extremeño (el coupage de arbequina y cornicabra de Oro San Carlos).

Un buen aperitivo compuesto por espárrago verde, brotes de guisante, flor de ajo -sin duda, una gran forma, por amable, de introducir uno de los ingredientes del ADN de la cocina española-, mascarpone con cebollino y rábano que, a mi entender, sería buenísmo de concurrir algo de proteína marina (e.g. mejillones).

Una notable caballa en ligera salazón (apenas 20 minutos), acompañada por un consomé de alga de nori y las espinas de la caballa, hojas de mostaza, semillas de cilantro y “crème fraîche” cítrica. Un servicio que sería excelente si se sirviese en un plato hondo, pues permitiría disfrutar más de ese gran caldo dashi que riega a la caballa.

Un excelente txangurro -uno de los mejores que he comido- con un par de acompañantes de 10: una emulsión de mantequilla y una flor de borraja, pero otro de 5: unas huevas de arenque. ¿Aportaban mar? Sí. ¿Sal? También. Pero, a su vez, unas notas de vulgar grasa que nada demandaba la delicadez del txangurro -¿No serían mejor unas huevas de un pescado blanco? Creo que sí. Así que, Alvar, pide a Vicente Patiño (chef del valenciano restaurante Saiti) la receta de sus magníficas huevas de lubina-.

Una perfecta perdiz escabechada acertadamente acompañada por unas mini verduras encurtidas (zanahoria, mazorca de maíz, berenjena, pepinillo y calabacín) y un romesco en el que los frutos secos llevaban la voz cantante -lo que tocaba dada la acidez dominante del plato-.

Un magnífico carpaccio de manitas de cerdo, ostra, hoja de ostra, piñones y brotes de rúcula.

Una gran versión libre de un “suquet” que, por su composición: lluerna -calidad y cocción de 10-, trompetas de la muerte (en crema y salteadas), parmentier y caldo reducido de pescados de roca, un servidor rebautizaría como mar y montaña de pescado de roca.

Un irregular arroz de pichón. Top: la calidad del pichón y el punto de cocción del arroz. Chof: los excesos de pimentón en el sofrito y de pimienta en el pase.

Una buena -solo faltaría, a tenor de su pedigrí y de las manos en las que se había puesto- llata de wagyu (cocinada a baja temperatura durante 36 horas con un maridado de salsa hoisin y jengibre) acompañada por una reducción de los jugos de cocción, hoja de capuchina, brotes de pimpinela y espárrago blanco. Lo dicho, buena, pero que no enamoraba, y Alvar es capaz de ello; así que, a darle una, o dos vueltas de tuerca -podrías comenzar por darle más (el debido) protagonismo al espárrago blanco (sus muchos matices gustativos te lo pondrán fácil)-.

Una facilona y dulzona espuma de mascarpone con fresitas del Maresme, frambuesa liofilizada -impertinente, pues su sabor y, sobre todo, su textura mancillaban el postre- y menta.

Un excelente pre-postre que, no obstante, se queda en una notable composición de nueces de macadamia (bizcocho exprés, al natural y garrapiñada -algo invasiva-), sorbete de naranja sanguina, espuma de limón y crema inglesa de cardamomo -demasiado ligera, no de textura sino de sabor-, pues su rol es el de postre y le falta empaque (complejidad gustativa) para tal misión.

En definitiva, si Alvar afina la sala y compone postres al nivel de su cocina salada -y lo hace con sosiego y sin creérselo demasiado- su Alvart es una Estrella en ciernes.

Bodega: Debía mejorar, y lo ha hecho, aunque diría que todavía tiene margen para hacerlo más. Conformada por una cincuentena de interesantes referencias a correctos precios. Mi elección: Cortezada 2014 (Mencía), Bodegas Fedellos do Couto, D.O. Ribera Sacra.

Precio: 90€ (menú degustación (66€) + bebidas). Otros precios: 50€-70€ (precio medio a la carta); 19,80€ (interesantísimo menú mediodía).

En pocas palabras: Mucho presente y todavía más futuro.

Indicado: Para disfrutar de un restaurante que cada día que pasa mejora. No os hagáis los listos y esperéis demasiado en visitarlo, pues el sabroso camino hacia la grandeza merece ser degustado -sin duda, el nivel gastronómico del restaurante Alkimia en 2008 no estaba en las altísimas cotas del 2015, pero… ¡Qué bien se comía!-.

Contraindicado: Para los que a los grandes chefs los quieren ya hechos y derechos.

Aribau 141, Barcelona
934 305 758