Por supuesto que sí. Por poder… que no quede.
¿Debería atreverse cualquier hijo de vecino a ello?
Definitivamente, no. So riesgo que “el llegir ens faci perdre l’escriure”.
¿Y dónde debe buscarse la razón de una introducción-y con ésta ya van unas cuantas-, cuanto menos, peculiar?
Pues en mi reciente visita al nuevo Denver (Cambrils).
Un restaurante al que, el bagaje gastronómico de sus propietarios y cocinero, hace que no nos encontremos ante un lego en restauración –diría que más bien todo lo contrario-, pero que, al mudar de piel, de un encantador chiringuito de playa a un lujoso local a escasos metros del paseo marítimo de Cambrils, puede sucederle lo que a Napoleón al aventurarse con Rusia.
Y así, el nuevo Denver se erige como paradigma de que marco y propuesta gastronómica no son, no deberían ser elementos extraños el uno para el otro, o en otras palabras, que para que un arroz de bogavante pueda merecer los veintilargos euros que en el nuevo Denver cuesta, no solo debe estar bueno, debe ir acompañado de la vajilla, de la cristalería y del servicio de sala que se está cobrando.
En este sentido, la materia prima con la que se cocina en el nuevo restaurante Denver es, sin duda, una de las mejores que se puede encontrar en la Costa Dorada. El problema llega cuando, cuenta en mano, uno se pregunta cuáles han sido los “extras” para que ésta se vea notablemente incrementada respecto la que uno venía pagando cuando comía frente al mar en mesas de metal y mantelería de papel. Y a mi entender, a pesar de apreciar la belleza del nuevo local, ni un servicio flojo, aunque muy voluntarioso, poco acostumbrado a lidiar con grandes salas hasta la bandera, ni cierta falta de coherencia en algunos detalles (i.e. servir los postres en platos de diseño y en cambio, no cambiar los platos entre entrantes y servir arroces para compartir en platos, como mucho, de postre), me permiten hallar tal justificación.
Y los motivos de lo dicho, los encontraréis en:
Unos buenos calamares a la romana.
Unas correctas merlucitas fritas.
Su notable versión –qué restaurante de los denominados de producto no lo tiene- del pulpo a feira, fatalmente acompañado por una mayonesa de bote.
Unos excelentes, el mejor de los entrantes, mejillones a la sal.
Unas secas anchoas. A simple vista ya advertiréis cierto “rigor mortis” de las mismas, poco compatible con su disfrute.
Unas muy buenas croquetas de bogavante.
Un arroz de bogavante y butifarra negra que, de ser juzgado por su sabor, casi merecería un diez, pero que al entrar en la valoración su punto de cocción se queda en un cinco.
Y, para terminar una comida repleta de claroscuros, un postre con sus luces y una alargada sobra: una tarta de merengue y limón, en la que las primeras las encarnaban el merengue y la crema de limón y la segunda una base casi cruda.
En definitiva, el viejo Denver –no temáis, sigue en pié-, es uno de los mejores chiringuitos, sino el mejor, en los que he comido. En cambio, su versión “de lujo”, y a tenor de su precio, no es más, a mi etender, que otro buen restaurante de playa.
Bodega: Acústic 2009 (Macabeo y Garnacha Blanca). Acústic. Montsant.
Precio: 50 €
Calificación: 13/20
En pocas palabras: Crecer no siempre es bueno.
Indicado: Para los que no sepan disfrutar de un increíble bogavante en una mesa de chiringuito.
Contraindicado: Para los que nos deleitamos con el viejo Denver.
Mont-Roig 9, Cambrils (Tarragona)
977 360 023