miércoles, 16 de febrero de 2011

Hasta siempre Santi Santamaria

Un excelente cocinero, uno de los más grandes gourmets de nuestro país, un prolífico empresario, un filántropo que amaba a su tierra, un escritor que no dejaba a nadie indiferente… pero sobre todo, una gran persona cuya contribución ha sido capital para que nos sintamos orgullosos de nuestra cocina y ésta sea envidiada en el todo el mundo, nos ha dejado prematuramente a los 53 años.

Mi más sentido pésame para la familia Santamaria y las familias de Can Fabes, Santceloni, Evo y tantos otros restaurantes en los que dejó su sello.

Y gracias, Santi, por tus terrinas, tu inigualable talento para cocinar la caza, tu tesón en la búsqueda, siempre, de la mejor materia prima, en definitiva, por regalarnos tantas horas de placer.

Adiós, bueno, hasta luego Santi Santamaria.

martes, 15 de febrero de 2011

Vivanda (ter)

Con A de Vilà.

Ha trascurrido casi un año desde la última ocasión en la que os hablé de este encantador restaurante situado en el barrio de Sarrià y, sin duda, el tiempo está dando la razón a Gabriel, quien, hace algo más de un año y medio decidió dejar en las sabias y experimentadas manos de Jordi Vilà (Alkimia, Dopo o SaltimBocca) la dirección gastronómica de su Vivanda.

En ese momento, el restaurante Vivanda dejó de lado una cocina catalano-creativa algo encorsetada y claramente desajustada en su relación calidad-precio y apostó por abrazar unas tapas y unos platillos que combinan a la perfección conceptos tan, a priori, dispares como tradición y cocina contemporánea.

Apuesta que, como apuntaba, les ha salido redonda, pues a una propuesta gastronómica interesante que se desarrolla en un más que agradable espacio y de la mano de un notable servicio de sala se le une que, desafortunadamente, Sarrià es uno de los barrios de Barcelona con una más pobre oferta en restauración, que no gastronómica, pues su mercado cuenta con interesantísimas paradas -Jordi y su carnicería y Marta y su tienda de bacalao son magníficos ejemplos de ello- y, de un tiempo a esta parte, parece que la calle Mayor de Sarrià se ha convertido en un terreno muy fértil para las tiendas de delicatesen, particularmente, las dedicadas a la cocina transalpina y argentina.

Factores que hacen casi inevitable tener que reservar para poder sentarse en una de sus mesas, especialmente los fines de semana (abierto sábado y domingo), y que, por el momento, no dan más que alegrías a sus progenitores pero que, de no gestionarse como se deben –en mi última comida advertí ya algunos indicios en este sentido- pueden conducir al restaurante Vivanda a morir de éxito.

Comida que consistió en:

Unas magníficas –la mejores de Barcelona junto con las del restaurante Coure- croquetas de jamón ibérico que, no obstante, cada día son más pequeñas.

He aquí la foto de las sabrosísimas pero increíblemente menguantes croquetas del restaurante Vivanda.

Unas correctas anchoas con algo de trampa: aplanadas para dotarlas de una mayor sensación de amplitud.

Una de las mejores tortillas de patatas de Barcelona.

Un excelente tártar de atún con soja, wasabi y piñones tostados.

Unos buenos, aunque servidos fríos, parpadelles con mantequilla de trufa.

Unos fantásticos macarrones cuya virtud hay que buscarla en la carne de "pollastre rostit" que los acompaña. ¡Qué recuerdos a mi iaia me evoca este plato, y no concibo mayor piropo para un plato¡

Un soso, aunque de textura muy interesante, potaje de garbanzos con butifarra negra.

Todo ello acompañado por una buena coca de pan con tomate y pan de elaboración propia.


Y rubricado a la perfección por:

Un flan que, de nuevo, hizo aparecer a mi iaia en la mesa.

Un buen babá al ron (Matusalem 12 años) acompañado con nata, por supuesto, sin azúcar.

Y una torrija imprescindible.

En definitiva, una magnífica opción para una comida o una cena de fin de semana y, especialmente, cuando llegue el buen tiempo –aunque en Barcelona ya casi ni sabemos lo que es pasar frío-, pues dispone de un precioso jardín interior.

Bodega: Phincas 2007 (Tempranillo, Graciano, Viura y Garnacha). DSG Vineyards. Riojo

Precio: 35 €
Calificación: 13/20

En pocas palabras: Tradición del siglo XXI

Indicado: Para disfrutar de destellos de genialidad “made in Vilà” a precios “populares”.

Contraindicado: Para los que con la comida son peores que Golum con su anillo, pues al restaurante Vivanda se va a compartir.

Major de Sarrià 134, Barcelona
93 203 19 18

viernes, 11 de febrero de 2011

Tapas 24

Casi cinco años abierto –fue inaugurado el 3 de mayo de 2006- y hasta el día de ayer no me había dejado caer por casa del hermano pequeño del célebre y estrellado restaurante Comerç 24.

Supongo que su localización en una de las zonas más plagadas de turistas de Barcelona junto con el hecho que en el restaurante Tapas 24 no se permitan reservas, circunstancias que obligan a sentarse a cenar antes de las ocho y media si uno no quiere tener que esperar su vez entre media hora y una hora, no ayudaron a que mi primera visita no tardase tanto tiempo en producirse.

No obstante, algo de excusa de mal pagador tiene lo recién apuntado y, seguramente, la razón última de que haya dejado pasar casi cinco años hasta visitar este restaurante de tapas y platillos que tantos éxitos ha cosechado y, seguro, por mucho tiempo seguirá cosechando, es que, a pesar de reconocerles todo su mérito y virtud, siempre he encontrado que en las propuestas gastronómicas de Carles Abellán (Comerç 24, Bravo o Bar Velódromo) hay más “humo” –en vigor la Ley del Tabaco no creo que sean precisas muchas explicaciones- del deseado y, a la postre, la factura final casi siempre se antoja como algo excesiva.

Con una sensación parecida abandoné el Tapas 24, no obstante, un par de destellos de mucha calidad así como un servicio muy, pero que muy amable hicieron que ésta fuese mucho menor que la temida y, seguro, y contra todo pronóstico –dichosos prejuicios-, en breve repetiré.

Como decía, faltaban unos minutos para las ocho y media cuando y, tras disfrutar pausadamente –hubo más disfrute, pero éste fue el único relajado, pues a partir de ese momento, y en un intervalo de media hora todos los platos se agolpaban en nuestra diminuta mesa- de un vermut y unas patatas fritas de bolsa con salsa de wasabi –magnífica combinación-, saldé la deuda contraída con el restaurante Tapas 24.

Primero llegaron unas correctas, sí, solo correctas patatas bravas. Si sois de las bravas del Bar Velódromo, éstas son las vuestras, pues son idénticas y, probablemente, de las que he probado últimamente, a las que más se parecen es a las del Bar Cañete.

No obstante, y aun siendo dos estilos de bravas muy distintos entre ellas, mis dos referentes en Barcelona son las celebérrimas del Bar Tomás de Sarrià y las del restaurante Bohèmic.

Luego, llegaron unas buenas croquetas de jamón ibérico cuyo clon también podréis hallar en el Bar Velódromo.

Siguió un algo reblandecido pan con tomate.

Sé que en una cocina tan pequeña como la del Tapas 24 y que marcha tantos, tantísimos platos a la vez, los segundos que se ahorran tostando y preparando el pan antes del servicio son valiosísimos, no obstante, ni los paladares, ni en estos tiempos los bolsillos entienden de excusas o justificaciones.

A continuación llegaron unos notables huevos rotos con una excelente butifarra negra.

Que prepararon la entrada en escena de las dos mejores actuaciones de la noche protagonizadas por:

Una muy buena hamburguesa con un toque de foie, aunque dada la calidad de la carne, y también del pan que la acompañaba, este último no jugase ningún papel relevante en el éxito del plato.

Y un excelente steak tàrtar, por supuesto, cortado a cuchillo y en su justo punto de picante y condimentación.

Con los postres, media de cal y una de arena.

Primero esta última a cuenta de una simple “Naranja con naranja”. Si bien tras la cantidad de grasas ingeridas, unos gajos de naranja con jugo de naranja y ralladura de naranja limpiaban un poco el paladar, pero he de reconocer que, por 5€, esperaba algo más.

Sin duda, son los postres el apartado en el que los restaurantes de “tapeo” más deben mejorar, pues, por norma, ni los precios ni la calidad de éstos se encuentra acorde con lo que les ha precedido. ¡Una lástima!

La media de cal correspondió a una correcta crema catalana.

En definitiva, uno de los pioneros de nuestra ciudad en el hoy tan en boca de todos mundo de la tapa y el platillo al que, no obstante, propuestas gastronómicas más recientes –estoy pensando en la barra “l’Atelier” del Coure, el Bar Cañete o el nuevo Vivanda- le hacen algo, o mucha sombra.

Bodega: Nita 2009 (Garnacha, cariñena, cabernet y syrah). Meritxell Pallejà. Priorat

Precio: 40 €
Calificación: 12,5/20

En pocas palabras: Abellán bueno, bonito y “barato”.

Indicado: Para descubrir que en las zonas más turísticas también pueden encontrarse propuestas de tapeo auténticas.

Contraindicado: Para los que no les gusta comer apremiados.

Diputació 269, Barcelona
93 488 09 77 (aunque no se aceptan reservas)

miércoles, 9 de febrero de 2011

Una de chuletones

O lo que es lo mismo, un par de días en el Valle de Arán.

El último fin de semana que pasé en esta preciosa parte del Pirineo ilerdense decidí dar rienda suelta al carnívoro que hay en mí y que, normalmente, y a pesar de que en Barcelona contamos con excelentes restaurantes como Caldeni o Casa Paloma para el deleite de nuestros instintos más primarios, en “la gran ciudad”, y por la amplitud de su oferta gastronómica, se encuentra algo adormecido.

La restauración del Valle de Arán es tal vez la más rica y variada de nuestro Pirineo, no obstante, como no podría ser de otra forma, la tradición y, en particular, las carnes a la brasa son las que llevan la voz cantante.

Y sin duda, entre los restaurante que rinden culto a las brasas y a una carne de primera se encuentran los que coparon mis cenas del viernes y el sábado de hace un par de semanas.

Era Bruisha

Era Bruisha, y aprovechando que su cocina, sus brasas son unas de las que más tardan en consumirse del Valle, protagonizó la primera etapa de mi maratón de proteínas.


Era Bruisha, o Sidrería la Bruixa (la Bruja), en la que, en un marco que hace honor a su nombre, pude disfrutar de:

Una buena tortilla de bacalao, por supuesto, con su excelente sofrito de pimiento verde.

Un correcto chuletón. Sí, solo correcto, pues ni el punto de cocción, a pesar de mis advertencias que quería el pedazo de carne más crudo que jamás hubiesen servido, ni la maduración de la carne eran los óptimos.

En serio, ¿Tanto cuesta seguir las directrices del cliente por exageradas que puedan parecer? ¿No se está siempre a tiempo de pasar de nuevo por la brasa un trozo de carne? Pues parece que es casi imposible, ya que tras años implorando carnes casi crudas, podría contar con los dedos de una mano los restaurantes que se han ajustado a mis ruegos. Gracias Cassia, Casa Paloma o Caldeni.

Y de una notable cuajada con miel.

En definitiva, un restaurante a tener en cuenta dados, principalmente, sus horarios de tronera, su informal ambiente y su magnífica brasa que, no obstante, y como en tantas ocasiones sucede, no estuvo a la altura del magnífico recuerdo que tenía de él.

Bodega: Pago de los Capellanes Joven Roble 2009 (Tinta fina y algo de Cabernet y Merlot). Pago de los Capellanes. Ribera del Duero.

Precio: 35 €
Calificación: 12,5/20

En pocas palabras: Una buena sidrería.

Indicado: Para recuperar las energías tras un duro día de esquí con los amigos.

Contraindicado: Para los que no les gusta compartir mesa y todavía menos banco.

Calle Marrec 18, Vielha.
973 64 29 76

Eth Restillé

La segunda etapa de esta peculiar ruta me llevó a Garós y, en particular, al restaurante Eth Restillé.

Un acogedor y familiar –literalmente hablando, pues es ya la segunda generación la que lo regenta- restaurante cuya carta no cuenta con más de diez platos, pero entre los que se encuentran, para muchos –entre los que me incluyo-, la mejor olla aranesa y el mejor chuletón del Valle.


A tenor de lo dicho, supongo que no os costará demasiado saber por dónde fueron los tiros de mi elección para la cena sabatina.

Y así, tras un muy buen paté de la casa a modo de aperitivo, la OLLA del Valle y un notable chuletón fueron mi “ligerita” cena.



Como postre –afortunadamente algunos humanos tenemos un segundo estómago solo para éstos- me decanté por una buena, sin más alardes, crema catalana.

En definitiva, uno de esos restaurantes del Valle de Arán cuya parada en él se hace imprescindible.

Bodega: Muga Crianza 2006 (Tempranillo). Bodegas Muga. Rioja

Precio: 40 €
Calificación: 13,5/20

En pocas palabras: olla y chuletón.

Indicado: Para los que desean descubrir, y en su mejor versión, la tradicional cocina aranesa.

Contraindicado: Para vegetarianos, pues en este pequeño restaurante sirven hasta 9.000 kilos de carne al año.

Plaza Carreres 2, Garós
973 64 15 39

lunes, 7 de febrero de 2011

La Dolceta

Es probable que los asiduos a este blog –aprovecho para daros las gracias por vuestra confianza- sepan que mis orígenes deben buscarse en la capital de la “Terra Ferma”, esto es, Lleida, motivo por el cual los restaurantes de esa zona tienen más presencia en este blog que la que por cuestiones de representatividad cualitativa y cuantitativa les correspondería.

Obvia, dado que la provincia de Lleida aglutina tan solo un 7% de la población catalana y un 1% de la población española, resulta la poca trascendencia cuantitativa que puede tener Lleida en las escenas gastronómicas catalana y española.

No obstante, la poca visibilidad de la gastronomía de “les terres de Lleida” no solo se debe a cuestiones aritméticas, cuantitativas, sino que también trae causa, mal, muy mal que me pese –nada me gustaría más que poder hacer proselitismo de mi tierra- a razones cualitativas.

En Lleida tenemos una huerta prodigiosa, una ganadería que ríete tú de Gerona o Galicia y, no obstante, solo se nos conoce por los caracoles.

He aquí que tras mi última comida en la Dolceta, tal vez el restaurante de Lleida más conocido, una pregunta no dejaba de rondarme la cabeza.

¿Son los caracoles la gallina delos huevos de oro de la gastronomía ilerdense o, en cambio, son su becerro de oro, según el Libro del Éxodo, falsamente idolatrado?

Cuestión a la que, si me he aventurado a formular, me veo capaz de ofrecerle una –sobre decir que lo que seguirá es solo mi opinión- respuesta: la mía.

Lo siento compatriotas, pero creo que los caracoles son un falso mito, un lastre que nos ha impedido sumarnos al increíble ciclón que ha cambiado, según mi parecer, a mejor, la fisonomía del panorama gastronómico de nuestro país.

Lo siento compatriotas, pero considero que -y aceptad mis disculpas de antemano por la contundencia de mis palabras- la oferta gastronómica de mi ciudad natal, y la que siempre llevaré en el corazón, es pobre.

No pretendo que la oferta de restaurantes de Lleida pueda compararse a la de ciudades mucho más pobladas como Barcelona o Madrid, pero ciudades del mismo tamaño e, incluso, de menores dimensiones pueden hacer gala de una oferta gastronómica no solo de más calidad sino mucho más amplia, siendo su falta, a mi entender, el peor mal de la gastronomía de Lleida.

Sin duda, en Lleida se come bien, y el restaurante la Dolceta que en breve nos ocupará es un buen ejemplo de ello, no obstante, la oferta gastronómica de Lleida se reduce, en términos generales – mi padre me enseñó que para ejemplificar algo debe llevarse al extremo- a los caracoles, las carnes a la brasa y un buen producto, normalmente, cocinado en exceso. Y sino, que le pregunten a restaurantes como Malena o Ambrosía que fue de ellos cuando se aventuraron a dar un paso adelante. Yo os respondo yo: que tuvieron que bajar el telón y cambiar increíbles cremas de setas con emulsiones de foie o magníficos y originales risottos por pescados a la brasa –aunque la de Xixo sea vaporizada- o grandes comedores para bodas, bautizos y comuniones.

Pero lo peor de todo es que los que más se resienten no son los que visitan esporádicamente la capital de poniente, pues a ellos les encanta el “exotismo” de degustar caracoles, sino que son los paladares, por la falta de variedad, y los bolsillos, pues al no existir mucha competencia no es necesario ser muy competitivo con los precios, de los ilerdenses.

Sin duda, el pasado sábado disfruté de unas buenas anchoas, de unos increíbles tomates de la huerta de Lleida, de una correcta ventresca de bonito, de una excelente longaniza seca, por supuesto, de unos buenos caracoles, de unas notables longaniza y butifarra negra y, sin duda, lo mejor del ágape, de unas manitas de cerdo.








Y lo olvidaba, y de un buen Sant Honoré como postre. Por cierto, sabed que en Lleida la gente se divide entre si su Sant Honeré es el de la pastelería Pons o de la pastelería Cisne. Yo soy de los de la segunda.

En cambio, lo que resulta más cuestionable es si el precio de este menú debe rondar los 50 €, y si en Barcelona o Madrid restaurantes con esta propuesta gastronómica y estos precios tendrían alguna viabilidad.

Otra vez me atrevo con dos respuestas, seguro, no del agrado de algunos de mis conciudadanos: no y no.

En definitiva, la Dolceta es el restaurante que mejor ilustra el pasado, el presente y, por el momento, el futuro más próximo de la gastronomía de Lleida.

Bodega: Vilosell 2007 (Tempranillo, Merlot, Cabernet Sauvignon, Syrah, Garnacha y Cariñena) Tomás Cusiné. Costers del Segre.

Precio: 50 €
Calificación: 12/20

En pocas palabras: El exotismo del caracol.

Indicado: Para comprender la realidad gastronómica de “ponent”.

Contraindicado: Para los que rehúyen los tópicos o, en este caso y a mi entender, estigmas.

Camí de Montcada 42, Lleida
973 231 364