sábado, 22 de enero de 2011

Mótel

Superada la resaca de elBulli, y antes de que The Mirror (Paco Pérez) y Monvínic sean los protagonistas de este blog –la espera no será larga-, debo saldar la deuda que tengo con el Hotel Empordà y su restaurante Mótel –y, no, la tilde no está mal puesta, o sí, pero es que como palabra llana es conocido este restaurante entre sus clientes-.

Clientes, antes y ahora, célebres, mereciendo, tal vez, ser destacado el genial escritor y periodista Josep Pla, quien, en una de sus visitas, mantuvo un ilustrativo diálogo –dos frases contadas- con un miembro del equipo de sala del restaurante.

Sala: Tutéeme, por favor, Sr. Pla.

Sr. Pla: Un día conocí a alguien que lo hizo, y murió.

Evidentemente, eran otros tiempos, no obstante, no debemos confundir el tocino con la velocidad, y asimilar la modernidad con una falta de respeto y de decoro simplemente por el hecho que “lo de mantener las formas era una cosa del pasado”.

Con la trascripción de este breve diálogo que me describió Jaume Subirós, el actual propietario y jefe de cocina del Mótel y yerno del Sr. Mercader, el fundador de la casa y padre de muchos platos del imaginario gastronómico catalán, no estoy reclamando una vuelta a las formas de hace treinta o cuarenta años, en muchos aspectos anquilosadas y hasta clasistas, sino que pretendo denunciar lo frecuente que es ser tratado como un colega en nuestros restaurantes, a la vez que pretendo aplaudir a aquellos que entienden que una cena, una comida no es solo aquello que te llevas a la boca, siendo el servicio de sala, su corrección, profesionalidad, amabilidad…, un elemento trascendental para el éxito de cualquier experiencia gastronómica.

En este sentido, un sonoro aplauso para Albert Subirós, claro está, el hijo del yerno, o sea, el nieto del Sr. Mercader, por su excelente labor como jefe de sala del Mótel.

El Mótel, un restaurante “etiquetable” –que palabra tan fea- como de cocina creativa, hasta de autor, cuando hace más de cuarenta años introdujo, entre otros, el bacalao gratinado con muselina de ajos, la ensalada de habitas con menta o una carta de aguas con hasta treinta referencias, y que hoy se erige como bastión de la cocina de antaño, de la cocina del chup-chup, de la cocina de sabores intensos, auténticos, en ocasiones también poco refinados, en definitiva, de una cocina en vías de extinción.

Entrando ya en materia, apuntar que la cena, y cama, pues esa noche me alojé en el hotel que alberga este restaurante, no lo negaré, algo demodé –de nuevo con mis rimas facilonas, lo siento-, la compusieron:

El primer aperitivo de la casa: garum (un puré de origen griego hecho a base vísceras de pescado), aceitunas Kalamata y una sabrosa mantequilla, al que, y siguiendo la acertada recomendación de Albert, no acompañé con un vermut Izaguirre sino que lo hice con uno de Pau.


El segundo y último aperitivo de la casa: un buen parmentier de patata con lo que debía ser un crujiente de butifarra negrea que, no obstante, se presentaba algo reblandecido.

Antes de que hiciese su entrada en la mesa la primera de nuestras elecciones, se nos ofreció un notable servicio de panes (cebolla, nueces y pasas, aceitunas y de payés) y aceites (Dauro y Via Domitia).


De haber sabido que un parmentier se colaría como segundo aperitivo, tal vez no me hubiese decidido por otro parmentier de patata, en este caso con trufa y reducción de mistela, como primer entrante –algo que sí que era conocido por la cocina y de la que hubiese cabido esperar un rapidez de reflejos para ofrecer otro segundo aperitivo-. No obstante, celebro la elección, pues nada puedo reprochar a la magnífica pareja que formaban el parmentier con una excelente trufa. Qué decir respecto la reducción de mistela: pues que dos son compañía y tres son multitud. Muy escasa la complementariedad que ofrecía con sus dos compañeras de baile.

Como segundo y tal vez mejor entrante, se presentaron unos excelentes macarrones con crema de Peccorino y trufa.

El papel de tercero, último y más flojo de los entrantes correspondió a unos nabos negros de Capmany con crema de queso azul. Plato en el que la intensidad de la crema de queso azul inhibía cualquier otro sabor. Una lástima, pues estos nabos son toda una delicia.

La primera mitad del plato principal la interpretó un excelente tordo acompañado por unas buenas patatas asadas con aceitunas, ajos y beicon.

Y la segunda correspondió a una intensísima y muy meritoria terrina de liebre a la Royal con puré de remolacha.

Antes de pasar a los postres, afortunadamente se nos sirvió un sorbete de pomelo que nos permitió preparar el paladar para, tal vez, los dos mejores momentos de la noche.

El primero, a cuenta de unos magníficos taps de Cadaqués (tipo babá, tan de moda últimamente), flambeados con ron y servidos sobre una crema de café.


El segundo, y que desde el minuto uno de la cena sabía que sería el colofón de la velada, pues el carro de quesos situado a la entrada del restaurante me enamoró solo verlo, correspondió a una excelente tabla de quesos de la que destacaría el gorgonzola al tartufo Bianco d’alba, un Comté 24 meses, un buen Brie de mieux, el Charolais, el Albigiesee, el Castelmagno y el Blue d’Aubert.


En definitiva, un restaurante de visita obligada, aunque solo sea para descubrir las enormes dosis de historia de nuestra cocina que encierran sus paredes, pues para entender el presente e intuir el futuro de la gastronomía es imprescindible conocer su pasado.

Bodega: Masia Carreras 2006 (Garnacha, Cariñena, Tempranillo, Cabernet Sauvignon, Syrah). Martí Fabra. DO Empordà

Precio: 90 €
Calificación: 13,5/20

En pocas palabras: Un viejo roquero con mucha cuerda todavía.

Indicado: Para recordar o descubrir cómo era la gastronomía hace 30 años.

Contraindicado: Para los que solo saben ir a la última.

Avenida Salvador Dalí 170, Figueres
972 50 05 62

jueves, 20 de enero de 2011

elBulli V (reflexiones)


Aunque pueda estar de más advertirlo, las siguientes líneas lejos de pretender ser consideradas como verdades absolutas, de sentar cátedra, solo quieren ser una opinión más –parece que no eres nadie si no tienes una opinión sobre elBulli- sobre lo que rodea al restaurante que ha puesto a la Cala Montjoi en los mapas.

En todo un proceso reflexivo son muchas las preguntas que te asaltan y, por ello, he decidido plasmar mis reflexiones sobre elBulli como una breve “autoentrevista”, a la que os agradecería, al efecto de enriquecer este proceso, añadáis cuantas cuestiones se os ocurran o aportéis vuestra visión a las ya formuladas.

Comencemos fuerte:

¿Es elBulli el mejor restaurante del mundo?

Sí, o como mínimo es el mejor en el que yo he estado, y son ya unos cuantos, aunque el restaurante Noma, el que le arrebató el cetro de la gastronomía mundial, todavía no se cuente en mi haber.

Aunque qué es ser “el mejor restaurante del mundo”.

Donde mejor se come. El que más factura. El más rentable. El más innovador…

En este sentido, dudo mucho que elBulli sea el restaurante que más factura o el más rentable del mundo. Probablemente, no ha sido el restaurante en el que mejor he comido –sobre los hermanos Roca o sobre los chicos de Andoni recaería tal honor, y seguro que para muchos de vosotros la mejor cocina la identificaríais a Bras, Gagnaire, Ducasse, Santamaria…-. Sin ningún género de dudas, se trata del restaurante más innovador del mundo.

Entonces, ¿Por qué me atrevo a afirmar con tanta rotundidad que se trata del mejor restaurante del mundo, incluso diría de la historia?

Pues porque conceptualmente elBulli constituye el mayor hito de la historia de la gastronomía, porque, seguro, elBulli ha sido, y por muchos años será –pese a mi juventud no sé si voy a ver nunca nada igual- el restaurante más relevante, más trascendente del mundo, porque si los restaurantes franceses encumbraron la gastronomía a acto cultural, ha sido elBulli el que ha liderado la ascensión de ésta a la categoría de arte… y, en el plano más personal, porque nunca un restaurante ha conseguido que en el transcurso de una cena se me erizase en tantas ocasiones la piel.

¿Es Ferran Adrià el mejor cocinero del mundo?

Sí, y también de la historia. Por todo lo recién dicho sobre su criatura y por, y citando a Jordi Vilà (Alkimia, Dopo, SatimBocca y Vivanda), porque Ferran reproduciría el plato de cualquier chef del mundo y ninguno somos capaces de hacer, casi ni concebir, muchas de las cosas que él ha regalado al imaginario gastronómico colectivo.

¿Por qué baja el telón?

Por coherencia, entendida como un acto de integridad, de responsabilidad tras el agotamiento de un modelo.

Por cansancio, entendido como voluntario retiro –al más puro estilo Robuchon, aunque éste ha terminado por traicionarse a sí mismo- del antropofágico, de cuerpos y conciencias, circo en el que se ha convertido la gastronomía mundial.

Por… que sé yo. Supongo que algún día lo leeremos en alguna de las monografías sobre elBulli que todavía están por publicar, por escribir, o lo descubriremos en las biografías oficiales o no que el genial Adrià protagonizará.

¿Qué será de elBulli?

Una fundación, un taller creativo, una leyenda… Madrid Fusión 2011 o el tiempo nos dirán.

¿Verán nuestros ojos un nuevo elBulli?

Apuesten por el sí.

Sí, porque es demasiado el talento, la ilusión, la energía… que encierran sus paredes, que albergan sus nombres y apellidos en tantas ocasiones relegados al anonimato por la larga sobra que proyecta la marca elBulli, como para permitir que se pierdan en el tiempo.

Lo dicho, en leyenda seguro que se convertirán, pero como en el caso de Michael Jordan, para ello, les resta regresar todavía más grandes.

Preguntas y respuestas que nos podrían conducir a cuestionarnos si elBulli es solo un restaurante, a lo que, con toda rotundidad, digo ¡NO!

Y entonces ¿Qué es?

Un restaurante con maneras de circo, alma de universidad, funciones museísticas… una familia a la que, tal y como hoy la conocemos y de el pasado miércoles pude disfrutar, siempre echaré de menos.

lunes, 17 de enero de 2011

elBulli IV (postres y bodega)

Como en los sueños, la fatídica hora de despertar estaba ya al acecho, no obstante, quedaban todavía unos instantes para fuésemos arrancados de la más placentera de las ensoñaciones.

Instantes en los que pude disfrutar de:

Unos refrescantes “terrones” de azúcar al té y a la lima.



Unos divertidos filipinos de coco.

Dos postres que, a pesar de su “gracia” no estaban al nivel de lo hasta ese momento exhibido y que, por unos instantes –pocos-, me hicieron creer que cierto sinsabor empañaría mi segunda experiencia bulliniana.

No obstante, un último 2+1 –a pesar de que lo mío son los símiles futbolísticos, aquí va éste para los amantes del básquet- no solo iba a borrar la sombra de duda recién aparecida sino que supondría el perfecto, literalmente hablando, colofón a la mejor velada gastronómica de mi vida.

¿El mérito?

De una finísima –en su primera y segunda acepciones- coca de cristal con piñones tostados: la trascendencia de la levedad.

Del oro, el cacao, la menta y el café (sopa de café, hojas de menta y oro y terciopelo de cacao). Lujo, pero en este caso, de las Américas, para el paladar.

De LA CAJA. Sí, en mayúsculas. O a la vista de lo siguiente alguien se atreverá a discutírmelo.

Una caja repleta de bombones de chocolate blanco con fresas y yogur, maiz, frambuesa, grosella, té… de chocolate con leche con almendras, cacahuete, pistacho, fruta de la pasión… y de chocolate negro con sésamo, menta, mandarina…




Y acompañándonos en las casi seis horas de travesía por el imaginario gastronómico del genial Ferran Adrià:

Goliardo A Telleira 2007 (Albariño). Forja del Salnés. Rías Baixas.

Gorvia 2006 (Doña Blanca). Quinta da Muradella. Monterrei.

Arbossar 2007 (Cariñena). Terroir al Límit. Priorat.

Manuel Raventós Gran Reserva Personal 2002 (Xarello, Macabeo, Parellada y Chardonnay). Josep María Raventós y Blanc. Penedés.

Whisky de la destilería BANF (Speyside), natural cask strength de 21 años.

Ahora sí, colorín colorado, este cuento, que se transmitirá de generación en generación, forjándose así la leyenda de elBulli, se ha acabado.

O puede que no.

sábado, 15 de enero de 2011

elBulli III (“principales”)

Son magníficos, pero son muchos más de siete.

No son cuarenta, pero poco les falta.

He aquí, los cuarenta mal contados magníficos “principales”.

Las tortillas de camarones. Las dos caras de la moneda, y el segundo 11 de la velada.


Las “cañas” de jengibre: magníficas para preparar el paladar para otro pedacito de cielo.

El langostino, que se presenta en el menú como hervido, pero os puedo asegurar que, afortunadamente, estaba crudo y solamente ligeramente sazonado.

La gamba en dos cocciones con su jugo. Texturas y sabores al límite.

Los cinco muslitos de codorniz, ligeramente condimentados con pimentón, comino, pimienta, tomillo y, de nuevo, pimentón, y pintados con escabeche de zanahoria. Me he debatido entre si considerarlo el tercer 11 de la cena o no, y todavía no alcanzo a saber porque al final me he decantado por el no.


La paloma torcaz en tres servicios: canapé al cardamomo, alita y cabeza. Caza al cubo.



El cappuccino de caza (tordo): apto solo para paladares muy acostumbrados a la intensidad y profundidad de sabor de la caza.

El tártar de tomate con escarcha, pero preparado de la misma forma que un steak tártar (pimienta, tabasco, yema de huevo…, con la única salvedad de la sustitución del perejil por albahaca). Excelente y estudiadísimo su momento de servicio: un perfecto elemento de transición.

Los guisantes 2010: de los pocos platos que ofrecía el tradicional juego elBulli realidad Vs. ficción.

El increíble tiramisú japonés: espuma de tofu, gelatina de soja, bastoncillos de soja y wasabi, y miso blanco y negro.


Los ñoquis de polenta con alcaparras, azafrán, avellanas y café. Un plato sabroso pero “poco” elBulli.

La crema de caviar con caviar de avellana y viceversa, esto es, crema de avellana y caviar. Un plato que generó una interesante discusión en la mesa sobre qué mitad ofrecía una mejor complementariedad de sabores. Me quedé solo en la defensa de la primera.

El trapo de tartufo de Alba, en ese momento, solo para el deleite del olfato, mientras se degustaba…

Los perfectos macaron de parmesano.

Y que, por fin, entraba en juego para coronar un blini relleno de queso Saint Felicien.

Un triunvirato que, entendido como un único “ser”, supuso la tercera creación que escapaba a los límites de la puntuación ortodoxa.

Las angulas al vapor: la belleza de la sencillez.

Unas excelentes almejas con té de trompetas de la muerte.

El ceviche de lulo y moluscos: agua de almejas, lima, cilantro… el único plato que no nos gustó a ninguno de los que compartíamos esa mesa de elBulli, ese instante para la eternidad, que, no obstante, entendí como una provocación de Ferrán a la par que como un potente “limpiador” de los precedentes sabores marinos.

El taco. Si bien el anterior plato no me gustó, pero como he señalado, me atrevería explicarlo, éste fue el único plato del menú que me dejó absolutamente frío.

El gazpacho y ajoblanco: escarcha del primero y crema del segundo. Olé, olé y olé para el póker de onces de la noche.

Magnífica la “mise en place” de la papillot de endivias, nueces y caviar de aceite y notable su sabor.




Ostra con becada (y tuétano) y becada con ostra. Perfección del derecho y del revés, se mire como se mire un prodigio de sabor.


Bueno, sí, solo bueno el risotto de moras con jugo de caza.

Pero de nuevo colosal el ravioli de liebre con su boloñesa y su sangre –no os asustéis, era jugo de remolacha con jengibre y citronela- que materializó el repóker de ases de la cena.



Magníficas las fresas calientes con consomé de liebre.

Por fin llegaba uno de los famosos miméticos de Ferran: las castañas miméticas que, como su nombre indica, de castañas solo tenían la forma y en realidad eran un excelente concentrado de liebre.

Y colorín colorado…no, este cuento no se acabado. En breve, elBulli IV (postres y bodega).