Para tristeza de muchos, a finales del mes de julio de este mismo año, el restaurante Libentia, a unos días de cumplir su primer añito, bajaba el telón.
Bajaba el telón tras once meses bordando casi cada actuación, habiendo cosechado galardones como el de Restaurante Revelación de Madrid fusión 2010 y gozando del favor, aunque en las postrimerías de su primera etapa éste fuese menos generoso, del público.
Al acariciar el suelo la tela roja de terciopelo que indica el final de la función, el proyecto, el sueño compartido de cuatro jóvenes que quieren –porque seguro que todos siguen amando a mucho más que una profesión- a esto que se llama gastronomía llegaba a su fin, y ello, sin perjuicio que dos de los Mosqueteros ya habían despertado tempranamente de su ensoñación.
Pero, seguro que para sorpresa de muchos –no para los que conocemos a Chema-, poco ha sido el tiempo que el restaurante Libentia ha permanecido en el limbo, y así, ayer, y retomado el símil de la novela de Alexandre Dumas, José María Alpuente “Chema”, en el papel de D’Artagnan, decidió subir de nuevo al escenario, en esta ocasión en solitario, para convertir sus sueños en una realidad más duradera.
Seguro que, a estas alturas, son ya muchas las preguntas que os asaltan.
Si una de ellas es: ¿Ha cambiado algo más a parte de sus propietarios?
La respuesta ha de ser afirmativa. Así, la propuesta gastronómica del restaurante Libentia también ha experimentado algunos cambios. En este sentido, y a pesar de que sigue siendo posible disfrutar de un menú degustación a base de medias raciones, la nueva carta, confeccionada prestando mayor atención al producto y algo menos a la innovación gustativa, está más orientada al disfrute de un entrante, un plato principal y un postre.
Asimismo, y aprovechando la sapiencia que en ese aspecto atesora Chema, en su nueva etapa el restaurante Libentia pretende convertirse en un referente para aquellos apasionados por el mundo del vino. Así, su carta, que, según me comenta Chema, estará en constate transformación, pretende dar a conocer vinos, principalmente catalanes, pero también auténticas rarezas del resto de la geografía de nuestro país, poco, o nada conocidos y ello a precios más que competitivos (solo con un suplemento de 3€ respecto del precio del vino en tienda).
Un buen ejemplo de estas rarezas, nuestras, a precios de saldo, lo encarna el vino que maridó los primeros platos del ágape: Pedralets 2005, de la DO Priorat, del que solo se producen 5.000 botellas, de excelente nariz y que en el restaurante Libentia se sirve al módico precio de 13 €. Otra rareza, ésta riojana, y que acompañó la segunda mitad de la cena, la encontraréis reseñada más adelante.
A otra duda que es probable, cuanto no seguro, que tengáis: ¿Quién se ocupa ahora de la cocina?
Puedo deciros que de ella ahora se encargan Natalie y Víctor. Ambos discípulos de Sergi, uno de los Mosqueteros –yo me decantaría por Aramis- quien, desinteresadamente, o por el interés que le merece la amistad con Chema, ha echado una mano en la reinauguración
Y a la que, en estos momentos, yo me estaría haciendo: ¿Nos dirás de una vez que cenaste?
Ahora mismo la respondo.
Unas magníficas aceitunas perfectamente maridadas por un vermut Izaguirre Reserva.
Un buen servicio de pan, aceite y sal.
Y una terrina de cochinillo con bogavante y setas, como aperitivos. Nótese que este segundo aperitivo, por ser uno de los mejores mar y montaña que he probado últimamente, bien merecería el honor de servirse en ración completa.
Como primer entrante se nos sirvió un buen tomate raf con atún marinado. Cocina sencilla, pero que, gracias al excelente marinado y, especialmente, a la textura que éste confiere al atún, merece su reconocimiento.
Sin duda, el mejor plato de la noche fue el canelón de rabo de buey con bechamel de colmenillas (múrgules): buenísimo. Me hubiese comido una de esas enormes bandejas de canelones que mi “padrina” solía preparar cada navidad.
El siguiente plato, y a pesar del perfecto punto de cocción del arroz y de la calidad de la gamba roja que lo coronaba, fue, tal vez, el menos lucido de la noche, y ello debido a que la intensidad de los corales con los que se había preparado este arroz de marisco hacía preciso que en el plato hubiese algún elemento que aportase frescura (como el aceite de perejil del arroz con ñoras y cigalas del restaurante Alkimia).
El último plato que degustamos antes de que el surtido de quesos llegase a la mesa para hacer las veces de postre fue un taco de bacalao, ligeramente marcado a la plancha y acompañado por un muy buen puré de berenjena ahumado y unos dados de tomate aliñados con un exceso de vinagre.
El notable surtido de quesos ya apuntado lo compusieron: un Idiazábal, tal vez, poco curado; un muy buen Comté que contaba –perdonad el pueril juego de palabras- con 18 meses de curación; una excelente Torta del Casar; y, si cabe, un mejor Stilton.
En definitiva, las cenizas del restaurante Libentia ya surcan de nuevo el cielo de la Ciudad Condal y, seguro, que bajo la batuta de Chema, se alzarán como nunca antes.
Vino: El Brozal 2008 (Tempranillo, Garnacha y Graciano). Bodegas El Indiano. Un Rioja de corte borgoñón más que recomendable.
Precio: 35 €
Calificación: 13,5/20
Indicado: Para comprobar lo que puede llegar a amarse un oficio.
Contraindicado: Para fans de Salsa Rosa.
Calle Córsega 537, Barcelona
93 435 80 48
(Uno de ellos es Chema, y si aquí no lo veis bien, ya tenéis excusa para visitar el restaurante Libentia)