martes, 14 de septiembre de 2010

Caelis

Casi 800 largos días ha sido el tiempo que, impacientes, hemos tenido que aguardar para ver surcar de nuevo el vasto mar de la gastronomía barcelonesa a la nave del Caelis.

Nave capitaneada por Romain Fornell -¿Era posible concebir que otras manos sujetasen su timón? Yo, como mínimo, no era capaz- y que, si el Faraón era el orgullo de los Morel, sin duda, la sala del Caelis ha de serlo de los oriundos de la Ciudad Condal.

Sala que rezuma lujo y amplitud –uno de los lujos que más brillan, pero en este caso, por su ausencia, en el actual panorama gastronómico- por cada uno de sus centímetros cuadrados que, no obstante, adolece de un ambiente, en muchos momentos, gélido al que, desafortunadamente, su “afrancesado” –en la menos buena de las acepciones de tal calificativo- servicio no contribuye a aportar calidez.

En esta nueva etapa del restaurante Caelis, Romain ha decidido solamente ofrecer el servicio nocturno y así poder emular a la “masovera”, a la que los niños de mi generación le cantábamos, yendo diariamente al mercado a por el mejor producto. Se trata, sin duda, de una apuesta de lo más romántica y, por ello, merecedora de un sonoro aplauso.

Cenas que pueden consistir en la elección de platos a la carta, en un menú degustación de temporada o en un menú sorpresa confeccionado con lo que en su visita a la “plaza” haya enamorado a Romain.

En esta primera visita, con mi más fiel compañera de fatigas gastronómicas, nos decantamos por el menú Colección de Otoño-Setiembre 2010, quedando el menú sorpresa pendiente para la próxima visita, que la habrá, pero que, y vistos algunos detalles de la cena del pasado jueves, responderá, en parte, a un acto de fe.

Servido el excelente surtido de panes, acompañado por aceite Bargalló y sal Maldon, la cena dio comienzo con los siguientes aperitivos:

Un sublime macarron de trufa blanca.

Un excelente canutillo de crujiente de parmesano con jamón ibérico.

Una correcta croqueta líquida de ostra que estaba dotada de un exceso de rebozado y de la que me permitiría cuestionar la complementariedad de sus texturas.

Una buena piruleta de foie, fruta de la pasión y avellanas.

Y un anodino, por su pobre intensidad de sabor, bombón de remolacha, caviar y manzana.

El menú, stricto sensu, estuvo compuesto por:

Una excelente vichyssoise en cubo de hielo, que terminaba por convertir la crema en un agradable granizado, con caviar “Sturia” y un prescindible cucurucho de chantillí.

Un notable té de colmenillas con pan de romero, chorizo, tripas y morro de bacalao.
La complementariedad de sabores era, sin duda, magnífica, no obstante el plato, en su conjunto, era algo “flojo de sabor”. En preparaciones como ésta, la cocina de Romain me evoca la peor versión de Carme Ruscalleda, esto es, cómo es posible que con ingredientes de tanta intensidad gustativa y aromática como el bacalao, el chorizo o las colmenillas se obtenga un resultado de poca intensidad para el deleite de los sentidos.


Un indescriptible foie gras en bocadillo crujiente con crema de cítricos, yogur ligero de foie y melocotón en semi-conserva. Cada uno de los elementos del plato era, en si mismo, de diez. Aunque, pensándolo un poco mejor, tal vez la terrina y la semi-compota se merecerían la Matrícula de Honor.

Hubiese sido excelente el pulpo con hongos, consomé ahumado, parmentier de patata, yema de huevo y emulsión de parmesano si no fuese por la desafortunada presencia de un pedazo de clara cruda que se había colado en el plato debido a una descuidada, e imperdonable en un restaurante de este nivel, separación de la clara y la yema del huevo.

Un muy buen rodaballo asado con rebozuelos, vinagreta tibia con berberechos y navajas y una emulsión de champagne que ofrecía una complementariedad de sabores magnífica con el toque iodado de los bivalvos.

Un correcto pichón en dos cocciones (al vacío y confitado), del que lo más destacado era el confitado con tinta de calamar de la pata de esta ave.

La otra pieza de carne también solo correctamente interpretada corrió a cargo un cochinillo ibérico acompañado por una excelente tatin de manzana granny Smith, patatas rattes al estragón y un granizado de manzana en exceso dulce.

Como habréis observado, se trató de una cena de “luces y sombras” -más luces, pero demasiadas sombras-. No obstante, y afortunadamente, tanto los postres como los petit fours fueron un derroche de luz.

Aunque algo fundida la bombilla en el surtido de quesos, no por la calidad y afinado de los quesos, sino por la presentación en forma de nido o volcán que, si bien era muy bonita, entorpecía el disfrute de los quesos pues sus sabores, y por culpa del contacto, se habían contaminado mutuamente, paren atención a lo que les siguió:

Un increíble postre Melba en el que el melocotón era sustituido por frutos rojos.

Una muy buena sopa de mango en la que nadaban una excelente ganache ligera de chocolate, un buen bizcocho de chocolate y, de nuevo, un excelente crujiente de praliné.

Unos magníficos petit fours, de entre los que sería imperdonable no destacar el macarrón de pistacho y la galleta de mantequilla con crema de limón.

En definitiva, el nuevo-viejo restaurante Caelis ya está aquí, con muchos de sus vicios y casi todas, y alguna que otra nueva, de sus virtudes. No obstante, Romain debe tener presente que cuando bajó el telón hace un par de años la coyuntura económica no era la actual, y lo que entones se entendía como un “más que agradable” extra (los precios ajustados) hoy se reputa como algo indispensable.

Vino: Goliardo Caiño 2007 “Tintos de mar” (Caiño tinto). Bodega Forjas del Salnés. Rías Baixas. Magníficas tanto la cristalería como la carta de vino. No obstante, ni la confluencia de ambas circunstancias justifica que algunas referencias vean su precio multiplicado por tres con respecto a su pvp.

Precio: 120 €
Calificación: 15/20

Indicado: Para románticos y nostálgicos.

Contraindicado: Para los que no saben, o no quieren valorar los intangibles.

Gran Via de les Corts catalanes 668, Barcelona
935 101 205

viernes, 10 de septiembre de 2010

Abogado de masas

Hace unos días tuve el placer de preparar una cena para unos amigos –si dicen que los amigos se pueden contar con los dedos de una mano supongo, entones, que debería referirme a ellos como conocidos, pues si bien no eran tantos como los espartanos que dieron sus vidas en la batalla de las Termópilas, una cuarentena es también un número de comensales más que respetable y, especialmente, si la infraestructura de la que dispones para cocinar es la propia de la casa de cualquier hijo de vecino- que me encantaría compartir con vosotros.

La cena, que tuvo lugar en el jardín de la casa de mis padres y que implicó mi reclusión en la cocina desde después del desayuno hasta pasadas las doce de la noche, consistió en:


Una sopa de melón con menta coronada por unas virutas de jamón.


(Melón triturado en la Termomix al que, al gusto, se le van añadiendo hojas de menta –recomiendo que, para que haga perfectamente las veces de aperitivo, se sea generoso con la menta-.)

Una crema de verduras (puerro, zanahoria, cebolla y patata) con espuma de cabeza de gamba roja.




(Pochar ligeramente las verduras y, tras cubrirlas con agua mineral, cocinarlas a fuego lento unos veinte minutos y triturar con la Termomix. Para la espuma de cabeza de gamba, hornear unos 7 minutos a 130º C las cabezas de gamba, pasar por el pasapurés y, una vez colado el jugo, añadirle nata e introducir en la espumadera).

Mí –cada maestrillo tiene su librillo- guacamole con nachos.

(Aguacate con un poco de aceite de oliva triturado con el tenedor, al que se le añaden dados muy pequeños de tomate y cebolla tierna y, para terminar, sal, lima (ralladura y jugo) y unas gotas de tabasco).

Tortilla “babosa” de patatas con cebolla confitada. Sin duda fue el plato en el que más tiempo invertí (casi tres horas confitando la cebolla y ya os imaginaréis que para 40 tuve que hacer más de una tortilla, concretamente, tres de casi tres kilos cada una) y, desafortunadamente, no dispongo de prueba gráfica del de que éste estuvo bien invertido.

Risotto marinero con almejas.


(Arroz carnarolli, cebolla pochada, ajo, perejil, fumet de pescado, alga comestible, queso parmesano Padano –para el risotto lo prefiero al Regiano- y almejas que deben añadirse con el arroz ya fuera del fuego)

Roast “beef” de pato con puré de patata al horno y salsa de naranja.


(Macerar el pato con aceite, sal, pimienta, tomillo y piel de naranja, pasadas unas horas marcar a la plancha y terminar en el horno a 150ºC unos 12 minutos. Para el puré, cocer las patatas al horno y preparar el puré también con las pieles. Para la salsa de naranja, reducir a fuego lento zumo de naranja natural, azúcar, un chorrito de Cointreau y pieles de naranja).

Crema de chocolate blanco con confitura de frambuesa y galletas de mantequilla.

(Preparar una crema con cobertura de chocolate blanco y nata a partes iguales. Poner la frambuesa en la base y la galleta semi-triturada sobre la crema tras pasar un par de horas en la nevera).

Pan con chocolate, aceite y sal.


(Preparar una crema de chocolate con una cobertura al 70% de cacao con 1,5 gramos de nata por cada gramo de cobertura. Una vez enfriado, añadir sal Maldon, aceite y una fina rebanada de pan).

Chocolate a la naranja.

(A la cobertura de chocolate negro recién descrita, añadirle las pieles de naranja de la salsa de naranja también antes descrita (estarán semi-confitadas) y decorar con un poco de galleta)

Bon profit!

jueves, 9 de septiembre de 2010

Genial

¿Pretencioso, pueril…? No, simple y llanamente, autocomplaciente.

Con la primera línea de esta crónica me he permitido preguntarme y contestarme –esto sí que es un acto del todo pretencioso- sobre la razón que impulsa a un bautismo tan falto de modestia.

Como he apuntado, tal razón ha de encontrarse en el notable amor por lo propio del que hacen gala en el restaurante Genial que, si bien encuentra sustento en el favor del público ilerdense –los llenos en los servicios nocturnos son ya toda una costumbre-, se reputa como excesivo a tenor de alguno de los platos –en parámetros de la ESO diríamos que: necesitan mejorar- servidos bajo la atenta mirada de Audrey o Marylin. Os preguntaréis, entonces, a qué responde el éxito del restaurante.

Varias serían las claves de su éxito.

Un decoración minimalista y poseer varias salas (desde una idónea para veladas románticas hasta otras más propias para cenas canallas con los amigos), sin duda son un reclamo más que interesante.

Una más que interesante carta de vinos, no por extensa ni por contener referencias como los Châteaus Lafitte o d’Yquem, sino por el hecho de mimar, mimos traducidos en casi una veintena de referencias, los vinos de la DO Costers del Segre, también contribuye a la causa. Si algo tenemos los de Lleida es que nos sentimos orgullosos de nuestra tierra: “la terra ferma”.

No obstante, es en el ofrecer cocina creativa en una plaza en la que ésta prácticamente brilla por su ausencia, y a precios más que razonables, donde recae la mayor parte del mérito.

Entonces, ahora os preguntaréis: ¿Qué es lo que Eduard censura del restaurante Genial?

Que, a pesar de lo meritorio de su decoración, otros aspectos de la sala –estoy pensado, por ejemplo, en la cristalería- son aquí ninguneados.

Que, como la competencia en la liga de la cocina creativa en Lleida es prácticamente inexistente, se aprecia cierta condescendencia y relajación en la cocina que, de no ponerle remedio, sólo puede conducir a una desafección de sus clientes. En este mundo en el que todo avanza tan rápido, si uno anda cuando los otros corren e, incluso, esprintan, sólo puedes solo quedarte atrás.

Tras esta verbosa introducción, va tocando entrar en materia.

Así, la comida del pasado sábado discurrió entre:

Una notable anchoa, en su justo punto de salazón, más que bien acompañada por una gota de caramelo de vinagre de Módena, a modo de aperitivo.

(Tuve la ocasión de degustar el taco de atún en ligero escabeche que hizo las veces de entrante de mi acompañante y, he de reconocer que, era más que meritorio.)

Un buen carpaccio de manitas de cerdo acompañado por una correcta fritura de puerro y un exceso de manzana ácida en juliana –me atrevería a decir que de haberla injerido toda, hubiese dado cumplimiento al mandato de los nutricionistas de injerir diariamente cinco piezas de fruta o verdura-. Sin duda, lo mejor del plato era que el carpaccio no estaba cortado excesivamente fino, pues si bien para según que carpaccios podría ser un valor, para disfrutar de la textura gelatinosa de las manitas, una de sus principales virtudes, resulta indispensable que los cortes tengan cierta –siempre en términos de carpaccios- entidad.

Un correcto tártar de atún marinado con soja y sésamo - mucho, demasiado sésamo- y acompañado por unas notables verduras en tempura.

Desafortunadamente, con los postres me dieron gato por liebre. Así, me las prometía muy felices con la “horchata de trufa blanca” que solicité, pero la decepción fue mayúscula cuando lo que llegó fue un batido de trufa. Ni rastro de chufla, y “d’Alba” todo lo que tendría la trufa sería algún parentesco con la Duquesa.

En definitiva, si bien no sería justo identificar la cocina del restaurante Genial con el dicho popular “dime de qué presumes y te diré de qué careces”, pues en líneas generales el restaurante bien merece una visita y un sonoro aplauso por la labor de difusión de la cocina creativa que está haciendo por mi tierra, sin duda, cierta constricción de su ego se antoja indispensable al efecto de evitar que quien hoy se encuentra en cabeza de carrera pase a situarse a la cola del pelotón.

Vino: Alto Sió 2006 (Tempranillo y Syrah). Bodegas Costers del Sió (Costers del Segre). Buen exponente –personalmente considero que el que mejor lo encarna es Tomás Cusiné- de que en las tierras de Lleida ya no solo se domina el cultivo del melocotón, la manzana, la pera o la aceituna.

Precio: 40 €
Calificación: 12/20

Indicado:Para legos en la cocina creativa.

Contraindicado:Para avezados en la cocina creativa.

Av. de Navarra 1, Lleida
973 241 471

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Entremeses

En su día, Lord Byron escribió:

“¡Quién hubiera creído, desde la simple ración de Adán, que la cocina llegaría a poseer tantos recursos como para crear una ciencia!”

Sirvan estas palabras para expresar mi reconocimiento a Ferran Adrià por la clase magistral -y magistral clase- que ha impartido en la Universidad de Harvard.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Casa Paloma

Los devoradores de carne roja estamos de enhorabuena.

Resulta sumamente reconfortante que, gracias a la prometedora –me he enfundado el traje de adivino, y le auguro un futuro brillante (no confundir con estrellado, pues este restaurante no compite en la liga de la estrellas Michelin)- propuesta gastronómica que Enrique Valentí, con aires de dandi, dirige en el ensanche izquierdo barcelonés, los carnívoros podamos dejar de sentirnos como unos proscritos –por eso que dicen que el engorde de ganado es menos sostenible que una central nuclear- y nos sintamos homenajeados.

Homenaje que se materializó en una cena casi sin fisuras hace un par de noches.

La velada dio comienzo con un vermout de la casa –me quedo con el Reserva de Izaguirre, pues éste adolecía de un exceso de amargor- con sifón, en una de las mesas que el restaurante Casa Paloma tiene situadas sobre las típicas, y casi enseña, baldosas barcelonesas.

Terminado el aperitivo, y ya que lo que lo sobrevendría serían palabras mayores, nos acomodamos en una de las mesas del interior del restaurante. En este sentido, merece destacarse la barra, exclusivamente reservada para la degustación de “tártars”, que nos da en la frente justo al entrar en Casa Paloma.



Lo primero que me llevé a la boca fue una buena anchoa de Santoña, carnosa, gruesa (huyendo de la tan extendida trampa de aplastarlas para darles una apariencia mayor), que, tal vez, pecaba de un exceso de sal, y que acompañé con una correcta, las he probado mucho mejores, coca de “pa amb tomàquet”.

Excelente la tortilla con patatas, no de patatas, y butifarra que la siguió. Servida “babosa” y que, sin duda, repetiré en mi próxima visita.


Tras la tortilla entró en escena la verdadera protagonista de este restaurante: la carne de ternera o de buey.

El primer acto lo interpretó más que correctamente un steak tártar de solomillo (excelente la calidad de la carne), por supuesto, cortado a cuchillo. El problema que hubo es que, con los steaks tártars, para gustos colores, y así, yo los prefiero algo más subidos de mostaza y salsa Perrins y sin dados de tomate, pues auque alguien pueda apreciar su labor desengrasante y refrescante, con su textura acuosa a mi me entorpecen el disfrute de la textura de una buena carne, y ésta lo era, cortada a cuchillo.

Fue en el segundo acto donde se alcanzó el clímax de la función. Así, mientras escribo estas líneas, todavía siento que puedo paladear esa increíble pieza de 380 gramos de ternera de la raza friesian, con 70 días de maduración, cocinada en su punto, esto es, casi cruda, en una parrilla argentina.

Carne madura, tierna y vetada de una grasa amarillenta sabrosísima, sólo apta para “cero negativos”: los genuinos carnívoros.

La patata gratén y el pan de espelta que la acompañaban bien merecen también un sonoro aplauso.

Afortunadamente, en Casa Paloma no sucede como en muchos restaurantes de los denominados “de producto”, en los que los postres son de corte industrial y es preferible obviarlos y dar entrada a los cafés –en ocasiones, ni éstos merecen ser recibidos en la mesa-.

Así, encontré buenísima la tarta de queso: base de galleta “María”, crema de queso con su justo toque ácido y en absoluto dulce y acompañada por un excelente sorbete de frambuesa.

Muy buena también la mouse, casi ganache, de chocolate (entre 65 y 70% de cacao), a la que adicioné unos cristales de sal Maldon y pasó a ser la guinda perfecta a una cena que, seguro, en breve tendrá su réplica. Sin duda, platos como los macarrones con chorizo, el tártar de atún o la pieza de Waygu -también está entre su oferta cárnica la raza Angus, aunque, personalmente, nunca me ha convencido. Para mi es a la carne lo que el rosado al vino- contribuirán a ello.

Por último, me gustaría destacar el magnífico local de copas que se aloja en los bajos –perdonad lo malsonante de la expresión- del restaurante. Local de cuidad diseño y que dispone de una notable oferta de ginebras -me decanté por una Junipero con Fever Tree- que, no obstante, es algo más corta en otros destilados.



En definitiva, con la aparición de Casa Paloma, los amantes –la condición de carnívoros es indispensable- de las cenas entorno a un producto de diez y con larga sobremesa tenemos una nueva morada en Barcelona.

Vino: 12 Volts 2008. 4 kilos. Vino de la Tierra de Mallorca (Callet-Fogoneu, Cabernet, Merlot y Syrah). Tercera ocasión en la que lo degusto y sigue ofreciéndome la misma sensación encontrada del “sí pero no”. Goloso, de intensidad aromática (frutos rojos iniciales, para pasa a tostados y balsámicos al final) pero con un exceso de mineralidaden boca .

Precio: 50 €
Calificación: 14/20

Indicado: Para disfrutar de los placeres de la carne

Contraindicado: Para vegetarianos

Calle Casanova 209, Barcelona
93 200 82 96