martes, 17 de marzo de 2015

Due Spaghi

Hay días en los que uno se sienta delante del ordenador con mal cuerpo por verse obligado a sacar el látigo –aunque algunos no se lo crean, el papel de “Vengador justiciero” es el que menos me gusta interpretar-, otros lo haces nervioso pues no sabes si serás capaz de verbalizar, de plasmar en un lienzo de palabras la obra de arte gastronómica de la que has disfrutado -¡Benditos nervios!- y, en ocasiones, el buen rollo es el que marca el ritmo de tu teclear pues tienes una pequeña joya en el tintero con ganas de compartir.

En el caso del restaurante que hoy nos ocupa más que delante de una joya nos encontramos ante un ejemplo de bisutería gastronómica –una forma más prosaica y menos vista para referirnos a los “bistronómicos”-, a la que el romanticismo que hay detrás de ella –y que se respira en la sala y se paladea en los platos- le aporta ese plus de quilates que hacen del restaurante Due Spaghi una casa de comidas en la que dejarse caer, como mínimo, una vez –seguro que recaeréis (yo lo he hecho)-.

Y ese romanticismo que se respira y que también se mastica en el restaurante Due Spaghi trae causa en sus dos “alma máters”: el matrimonio Nicoletta-Toni.

Nicoletta Acerbi: una fotógrafa y periodista gastronómica que ha dado el valiente salto de situarse al otro lado del objetivo y del teclado -¡Olé tus bemoles!-, y que ha volcado en la carta del restaurante Due Spaghi todo el poso de la riquísima tradición culinaria italiana que durante tantos años mamó.

Y Toni Pol: un curtido restaurador a sueldo (Tragaluz, MIL921, Re-Pla…) que se ha dado cuenta que, en ocasiones, menos es más, y que ejerce de magnífico “oste” (anfitrión) –¡Cuánto se echa en falta esta figura!-.

Matrimonio que, para aterrizar sus sueños, ha sumado a su causa a Paolo Mangianti, un tan talentoso como por pulir chef o, en otras palabras, y siguiendo con el hilo conductor de la introducción de esta crónica, un diamante en bruto.

Romanticismo que también se destila de su política de compras, basada en recurrir a proveedores de proximidad (un “Slow food” sin integrismos) y también cercanos (si uno es muy, muy puntual, como un servidor, puede encontrase con alguno de ellos tomando la cerveza premio al deber cumplido).

Y todo ese buen hacer, en ocasiones pervertido en “buenismo”, en mi segunda visita al restaurante Due Spaghi se materializó en:

La solvencia del vermut de Casa Mariol, mejorada con un toque de pimienta y de ginebra (una suerte de Negroni “soft”) acompañado por unas buenas aceitunas de Aragón y disfrutado en una de las dos mesas de su terraza –el tiempo ya empieza a acompañar-.

Un interesante aperitivo de la casa en forma de “espaguetis” de calabacín a la menta, dados de calabaza, gelée de tomate y sal de apio que, en mi humilde opinión, sería de ¡Olé! mejillón o berberecho mediante.

Un irregular servicio de pan y de aceite. Algo vulgares tanto el pan del horno Bargalló como el aceite Picual (una variedad capaz de lo mejor y de lo peor) y, en cambio, excelentes la coca de aceite y el aceite Empeltre (una desconocida variedad de aceituna que, por su suavidad, fragancia, dulzor y notas a frutos secos es una auténtica joya).

Una agradablemente diferente –el panorama barcelonés está tan plagado de versiones anodinas o, y lo que es peor, de cuarta o quinta gama que esta frescura se agradece- croqueta de polenta, queso de Malga, mermelada de pimiento rojo y ricota ahumada –el aroma que le confiere ésta invita a devorarla-. Croqueta que, por su base de polenta y por la mermelada de pimiento que la adereza, también podría responder al nombre de Bomba.

Una excelente “tatin” de cebolla confitada, queso stracciatella y pimienta rosa, que sería de matrícula si se moderase la presencia de la tan compleja como invasiva pimienta rosa, o se sustituyese ésta por la ralladura de un fruto seco “en crudo” (mantendría el efectismo y las notas de resina y de amargor de ésa pero respetando su rol de secundaria).

Unos “Huevos felices” (huevos ecológicos poché, “parmentier” de patata, puerro y vainilla, crujiente de parmesano, habas, guisantes y germinados de cebolla) que, por su pésima ejecución, me infundieron una profunda infelicidad, pues el “parmentier” era demasiado fluido y nada untuoso y, y lo que es del todo imperdonable, en el pochado de los huevos a Paolo se le fue la mano con el vinagre –serían ecológicos en su origen, pero en el paladar eran encurtidos-.

Unos brutales –de los mejores platos de pasta de los que uno puede disfrutar hoy en Barcelona –“papardelle” de los recuerdos, esto es, con ragú de conejo “feliz” –aquí sí que su producción ecológica se traduce en felicidad para el comensal- y tomillo.

Una excelente –la foto, y la forma de presentarla que ésta ilustra, es la prueba del algodón de su calidad- crema catalana -¡Manda huevos que sea en un restaurante italiano dónde tengamos que ir a buscar una de las mejores cremas catalanas de la ciudad!- acompañada con tejas de hojaldre –absolutamente prescindibles-.

Y en un buen, pero solo para paladares amantes del "rock and roll", surtido de quesos italianos que el matrimonio se trae de sus recurrentes viajes a Italia. Los que a mí me tocaron: un buen Parmesano “Reggiano” de 24 meses aderezado con una excesivamente ácida crema de balsámico de Módena de la familia –¡Ay la familia! No siempre lo de casa es lo mejor-, un notable Gonzaga (una suerte de Salers, aunque no a su nivel) y un queso Lombardo cuyo mérito residía en el matrimonio bien avenido entre un gorgonzola y un cabrales en que se materializaba.

En definitiva, en el restaurante Due Spaghi se come bien y se está mejor, aunque de mediar algo más de lucidez en la génesis de algunos platos y una pizca más de precisión en su ejecución, sin duda, su cocina se situaría al nivel de su ambiente.

Bodega: Todo lo que tiene de corta la carta del restaurante Due Spaghi lo tiene de interesante, pues en ella casi todo son apetecibles rarezas, con una notable presencia de vinos italianos y también de vinos de producción ecológica o naturales y, casi siempre, de pequeño productor. Mi elección, de la renacida –por calidad, no por cantidad, pues de ésta siempre le ha sobrado- D.O. Penedès y de la bodega Partida de Creus, fue su Garrut 2011 (100% Garrut).

Precio: 30€

En pocas palabras: Bisutería gastronómica de la buena, bonita y barata.

Indicado: Para los que entienden, entendemos, que tanto la honradez como el romanticismo en la cocina son grandes sazonadores. También para los asiduos a las “Tagliatellas” o sucedáneos, pues descubrirán que, por muy poco más, disfrutaran muchísimo más.

Contraindicado: Para los que para elegir se arman con una escopeta de feria, pues aunque en la carta del restaurante Due Spaghi hay mucho de bueno, también encontraréis un puñado de referencias, cuanto menos, irregulares (huid de lo que os suene a barroco o a “poti-poti”).

Carrer Sepúlveda 151, Barcelona.
935 031 930

4 comentarios:

  1. És dels llocs que em va agradar descobrir aquest 2014 passat... I em va costar anar-hi doncs algunes cròniques bloggers llegides anteriorment em van fer sospitar de que no em trobés en la comèdia habitual...

    Però vam anar un dissabte migdia "a veure que passava" i realment molt bé. I com tu dius, dels llocs que cap problema en repetir.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Justament, Ricard, la meva primera visita al Due també va ser un dissabte al migdia i, com tu, hi anava amb cert temor fruit del soroll que hi havia al seu voltant, però com veus, em va deixar amb ganes d'una segona (la publicada).

      Eliminar
  2. Respuestas
    1. ¡Ni te imaginas lo feliz que me hacen estas palabras!

      Eliminar