miércoles, 8 de julio de 2015

Aponiente

¡Tin-ti-tin-tin-tin-tin-tin, tin-qui-tin-qui-tin-ten-ten, ya está aquí, ya llega, por fin… Ángel León!

Un Ángel León que, en breve (1 de septiembre) verá como su restaurante Aponiente muda de caparazón, abandonado el casco antiguo de El Puerto de Santa María para alojarse en un Molino en las colindantes marismas, y dónde Aponiente seguirá siendo un gran restaurante, pero también un espacio para la investigación, divulgación o reivindicación del mar.

Un Ángel León cuya ausencia el día de mi visita no hizo naufragar –aunque, por momentos, sí zozobrar- la velada gastronómica, pues el Chef del Mar ha sabido rodearse de una hábil tripulación (comandada, en cocina, por Juan Luis Fernández y, en sala, por Juan Ruiz Henestrosa).

Y pues el apartado estrictamente gastronómico de esta crónica tiene bastante chicha, en dos párrafos, más propios –por extensión y, tal vez, por provocadores- de la sección de Clasificados de cualquier periódico, condensaré el que podría haber sido un tedioso prefacio.

El restaurante Aponiente dispone –la caducidad de este apunte no es mucho mayor que la de un yogur- de una sobria, pero más que confortable, sala, por la que desfila –o deambula-, un personal irregular: salda, castrense y ducha se muestra la capitanía, mientras muchos de los marineros parecen más propios del camarote de los Hermanos Marx que de la cubierta de un restaurante.

El actual momento de la cocina de Ángel León me recuerda, y mucho, al vivido por Andoni Luis Aduriz allá por el año 2012, cuando, en su incesante evolución, reinvención, dio un salto de calidad, pero también al vacío, que muchos no entendieron. Un servidor entendió –o eso cree- y disfrutó, ese año y los venidos, de la arriesgada apuesta del restaurante Mugaritz, y también cree entender, pero espera en próximas citas disfrutar más, el golpe de timón dado en el restaurante Aponiente.

Y ya, sin más dilación, un Gran Menú, a precio de los más grandes (185€) –una declaración de intenciones, sí, pero también un listón solo superable para los Sergey Bubka de la cocina-, compuesto por:

Una deliciosa tortilla de camarones Siglo XXI. Supongo que, en el sur, preparar las tortillas de camarones a la plancha debe ser una herejía, pero saben tan y tan bien… que te comerías una docena, a diferencia de lo que sucede con las de su Bistreau, pues aquí, en Barcelona, Ángel León las ofrece en una versión más comercial, ergo, más pesada –el dichoso peaje del hotel de lujo-.

Un tan divertido como sabroso picnic marino compuesto por:

Un goloso trampantojo de mora: yema embrionaria curada en soja, rebozada con huevas de pez volador y aderezada con un sutil toque de wasabi; y

Un bocata –o bollicao- de calamares de lujo: pan frito relleno de un sublime y picante guiso de calamar, coronado por lascas de calamar de potera en crudo y con un acertado aderezo de harissa.

Una tan interesante como complicada –yo estoy al 100% en lo primero y mi acompañante al 80% en lo segundo- sardina cocinada a la brasa de huesos de aceituna, vestida con sus escamas fritas y servida sobre un merengue elaborado con la grasa de la sardina y tapioca (aquí radicaba lo complejo, por su sabor y, sobre todo, por su textura, del bocado).

Unos de los mejores platos de la velada: gazpachuelo (sopa de pescado y mayonesa), con mejillones, gelatina de mar, rocas nitro de agua de tomate y plancton. Sabor a raudales, untuosidad a mansalva y complejidad para dar y tomar.

Una composición de ostra escabechada con manzanilla y soja, polvo de ostra, espuma de ostra, hoja de ostra y plancton, que no mejoraba una buena ostra gallega al natural. ¡Mucha ostra y pocas nueces!

Un sabroso, aunque dulzón, cono de obulato con erizo (su royale y su coral).

Una menos lúcida que lucida composición de caballa en adobo (3 minutos a 70 grados, según me contaron –“(…) Cuéntame un cuento y verás que contento, me voy a la cama y tengo lindos sueños (…)”-), mayonesa elaborada con el propio adobo, espárrago de mar, rábano fermentado y plancton. Y he dicho menos lúcida que lucida pues, a pesar de lo resultón del bocado, uno se cuestiona la necesidad de cuidar tanto la cocción de la caballa y de preparar una delicada mayonesa, para acabar relegándolas a meras texturas al servicio del plancton –el sello, en ocasiones, y por abuso, transmutado en la letra escarlata de la cocina de Ángel León-.

Un canapé que Isabel Preysler se moriría por servir en sus fiestas y sobre el que Mario Vargas Llosa escribiría todo un “best seller”: cococha de pijota (meluza pequeña), miga de pan en salsa verde de capuchina y flor de ajo. Un bocado perfecto.

Plancton. Otro bocado perfecto, o casi. A Ángel –o al actual Ángel, pues su archifamosa parpatana o su celebrado arroz de plancton representan todo lo contrario-, como a Sergi Arola, se le da mejor la cocina de uno o dos bocados que la cuchillo y tenedor -¿Falta de madurez? ¿De sosiego? Vete tú a saber-. ¿Y de qué iba esta oda al mar? Pues de plancton, plancton y más plancton, servido sobre una oblea de gelatina de agua de mar y un vaporizado de cítricos (lima kéfir y yuzu). Y si he apostillado un “casi” es pues, se me antojaría como un plato perfecto de servirse 100% -no a medias, como así se hace- como un trampantojo de caviar -usando, por ejemplo, como base gelatinosa, para así respetar la idea original, el caviar de sagú y mandioquinha icono de la cocina de los gemelos Torres-.

Un irregular servicio de panes de elaboración propia: muy buenos los picos y las regañás, buenos el de centeno y trigo, y el blanco, y correctos el de miso y el de plancton –prefiero el que prepara Xevi Ramon (Triticum)-.

El peor plato de la velada: coquinas (relegadas a una mera textura), ñoquis de queso Payoyo (sosos y de irregular textura), guisantes (fuera de época y, por ello, bastos), flor de ajo y crema de guisantes y hierbabuena (lo mejor del plato por su aterciopelada textura).

Una resultona, pero con más futuro –eso sí, si Ángel la exprime, pues su potencial gustativo latente es altísimo- que presente, “Marbonara” (carbonara de mar): tallarines de calamar, hilo de yema de huevo curada, sopa de jamón y patata y, por supuesto, plancton.

Un delicioso mar y montaña propiciado por una carrillera de rape, un jugo de carrillera ibérica, una lámina de gelatina de cebolla quemada y cebolla liofilizada.

Sabor al cuadrado y untuosidad al cubo, para otro bocado redondo, en el puntillón a la brasa con una salsa holandesa de tinta.

Un sublime carpaccio de pulpo aderezado con un caldo gelatinoso de raya y espardeñas. Un plato para relamerse –cualquier cosa menos las heridas-.

Un plato tan resultón como impropio –hasta imperdonable diría-. ¿Era sabrosa la aleta de pez espada con salsa teriyaki, miso, requesón y alga laminaria deshidratada? Sí, y mucho. Y, entonces, ¿Qué es lo que no le perdono? Pues que el gran defensor del mar, en tantas –demasiadas- ocasiones relegue a sus habitantes a meros lienzos para composiciones gustativas que nada tienen que ver con él -¿Medio o fin, pretexto o texto, he aquí la cuestión, el dilema, el problema?-.

Una brutal –y demostración de que en el mar no solo se pesca, sino que también puede cazarse- acedía a la brasa aderezada con un civet de mar, plancton y encurtidos. Sin duda, el colofón que, a pesar de sus sombras, una grandiosa cena merecía.

Una buena sultana de coco y yogur. Un chollo si fuese un petit four, un poco tomada de pelo como primer postre.

Una notable –la excelencia en la partida dulce sigue siendo la asignatura pendiente de Ángel León- composición de caramelo, sal, espuma de maíz, chocolate, té ahumado y aceite –me disculpo en este punto tanto por haber tomado esta foto antes de que éste fuese servido, como por la calidad general de las fotos de la crónica, pues la Reflex me falló y tuve que tirar de la compacta de repuesto-.

Unos resultones “petis”: mejor el refrescante canelón de piña y manzana ácida que el dulzón tigre (impecable la valva del mejillón elaborada con manitol) de cacao.

En definitiva, un gran restaurante –sin duda, mucho más grande que hace dos años- pero que precisa de algo más de madurez o de sosiego para que toda la complejidad e intensidad que destilan sus creaciones se materialice en platos para el recuerdo. Sin las fotos y mis apuntes, una semana y media después, solo recordaría media docena de ellos –muy pobre bagaje-. ¡Ángel, llama a Andoni!

Bodega: Magnífica carta de vinos y mejor sumiller, de la mano del que disfruté de: Algueira Cortezada (un viejo y solvente conocido), As Covas (una Pinot Noir gallega única), Fino Gutierrez Colosía (un vino capaz de acercar al lado oscuro de los amontillados hasta a una orgullosa bebedora de José Pariente -¿Oído, suegra?-), y Moscatel de Alejandría de Cesar Florido (la guinda, en todos los sentidos, de una gran cena).

Precio: 250€. Dos menús disponibles: Selección (150€ + bebidas) y Gran menú (185€ + bebidas).

En pocas palabras: El Mugaritz del Sur.

Indicado: Para los que saben, sabemos que, si el mar ocupa el 71% de nuestro planeta, también debe encerrar casi tres cuartas partes de su potencial sápido -¡Casi ná!-.

Contraindicado: Para los que su guía, su luz en el Sur es el restaurante El Faro. Tampoco para los que le hacen los mismos ascos al verde marino que a ese verde terrestre que nos brinda los mejores quesos (penicillium) –está claro que el sabor no va con ellos-.

Calle Puerto Escondido 6, El Puerto de Santa María (Cádiz).
956 851 870

¡Eso es todo, de mi tournée andaluza –no temáis o no descorchéis el cava todavía- amigos!

domingo, 5 de julio de 2015

El Campero

He aquí la cuarta entrega –lo que significa que el restaurante Aponiente ya está llamando a la puerta- de unos ágapes andaluces repletos de luces –tantas que hasta estuve a punto de vestirme una montera-, pero también de sombras –las buscaba paseando por las tórridas calles de Sevilla o Cádiz y, desafortunadamente, me las sirvieron en las mesas de Medina Sidonia, Barbate o El Puerto de Santa María-.

Y tras este denso primer párrafo –que puede que os haya infundido, y con motivo, cierto pavor sobre el devenir de la crónica-, a continuación os ofrezco una reseña del restaurante El Campero que solo identificaríais como mía pues, como siempre, está escrita a puerta gayola.

Es incontrovertido que:

En el restaurante El Campero se ha cocinado, desde sus inicios, con los mejores atunes salvajes de almadraba de las Costas de Barbate.

En 1994 abrió sus puertas de la mano de José Melero y, desde entonces, José Manuel Núñez ha sido su jefe de cocina.

Se estrenó como casa de comidas de pueblo marinero y hoy, fruto de los merecidos éxitos cosechados, puede vestir de largo.

Afirman que:

Escuchan el susurro de los atunes.

Y, un servidor opina que:

Se han vestido de largo, sí, pero como en Pigmalión –May Fair Lady para los que de Grecia solo conocen Mykonos-, el marfil transluce las miserias, en este caso, las de un servicio irregular –tantos galones advertí en la comandancia, como borrones en la tropa-.

No sé si José Melero escucha el susurro de los atunes o cantos de sirena, pero haría bien en atender al pulso de la sociedad, de los clientes que lo auparon pues, antes (como mínimo cuando lo visité hace un par de años) el restaurante El Campero era luz, mar, sabor… Andalucía en estado puro, y, ahora, es también fuegos artificiales, mareo y sinsabor –el mar, para nadar, para navegar, pero para crecer, para dar un salto como el pretendido, hay que tener los pies bien puestos en la tierra-.

Ya me estoy, ya os estoy liando, así que, vayamos ya al quid de la cuestión que, no es otro que una cena que navegó –tranquilos, pues a pesar de cierto mar de fondo, llegó a buen puerto- por:

Un correcto pan de Pan de Medina-Sidonia, al que daba lustre la gran arbequina jienense (Castillo de Canena) que lo acompañaba. Ni el pan, a excepción de los picos y las regañás, o ese mollete antequerano planchado y relleno de jamón que me desayuné en el trianero bar Las Columnas -¡Mmmmm! Ponedme cara de Homer Simpson ensoñando un Donut-, ni los cafés son el fuerte del sur.

Un buen maki de atún. Bien por el atún -¡Faltaría!- y el wasabi fresco. A buen entendedor… y para los que no lo son: sí, el arroz tenía margen de mejora.

Unas ortiguillas que, justo posarse en la mesa ya advertí que, como el 99% de las que se sirven –mal de muchos, consuelo de tontos-, eran ultracongeldas. ¿Eran buenas? Sí, por su buena fritura y la calidad del producto. ¿Estaban a la altura de las degustadas el día antes en Bodeguita Casablanca? Ni en sus mejores sueños, pues esa untuosidad, fluidez e intensidad a mar solo se encuentra en las ortiguillas frescas.

Dos versiones de lo mejor (la ventresca) de los mejores (de 10-12 años y más de 200kg) atunes:

Sashimi: una rebanada de la más sabrosa y delicada mantequilla de mar.

En salazón: el cénit de la velada. El umami del mar sabe igual, o mejor, que el de la dehesa.

Unos interesantes, por sabor y por textura –a ciegas, pocos creerían lo que se están comiendo- filetes de corazón de atún a la plancha, que hubiesen brillado mucho, muchísimo más –y lo dice un consumidor asiduo de estas exquisiteces (principalmente de vaca) que uno solo puede comer sin sentirse un bicho raro en Japón- de haber estado mucho, muchísimo menos cocinados.

Una poco, muy poco lúcida composición de parpatana de atún –excelente tanto su textura como su sabor-, cuscús de hierbabuena y sésamo –tan correcto como prescindible- y una suerte de salsa jardinera -para más inri, intensísima- que lo emborronaba todo. Si alguien me vuelve a servir un atún vestido de tuno, se va a ganar una pecera… por sombrero.

Un excelente (por sabor y punto de cocción) “Tuna-bone” -el chuletón del mar, pero que, catado a ciegas, muchos creerían que no nada sino que pastura- a la parrilla, sencillamente –que no simplemente- acompañado por unas buenas patatas panadera y una salsa barbacoa casera de lujo –amigos de Wilkin and Sons, ya sabéis hacia dónde mirar para mejorar vuestra casi insuperable salsa-.

Y un trío de postres de tamaño inversamente proporcional a su mérito.

Colosal tamaño y raquítico valor gastronómico el de un arroz con leche soso, poco cremoso y acompañado por un igual de anodino helado de leche merengada. El arroz con leche requiere tiempo y amor –que se lo pregunten sino a la matriarca de la familia Morán (Casa Gerardo)- y este más parecía el resultado de un calentón o de un aquí te pillo aquí te mato.

Un postre de chocolate ideal para a los que no les gusta el chocolate –si te van los brownies, pueden darte por aludido, pedirlo y disfrutarlo-. Un servidor solo come brownies cuando su mujer le pide compartir uno –sí, soy un calzonazos- o cuando se los cuelan bajo sugestivos epígrafes, en este caso: bizcocho templado de chocolate, helado y salsa de cacao (el cacao no llegaba, seguro, ni al 60%) y nueces.

Y una delicada, golosa –pero nada dulce- y sabrosísima composición de pastel de queso, miel, polen y helado de yogur. Un postre de 9, casi la misma puntuación que los otros dos juntos (4+6).

En definitiva, el restaurante El Campero era una de las mejores casas de comidas marineras de España –con el permiso del restaurante Rafa’s de Roses- y de parte del extranjero y, ahora, es un buen restaurante de postín –eso sí, si se hurga, se encuentra, se paladea y se disfruta esa gran casa de comidas que fue-. ¿Buen negocio? Para ellos, seguro que sí. Para mí… a buen entendedor… y para los que no lo son: no.

Bodega: Gran carta, por precios y referencias, de vinos, e igualmente interesante su apéndice de vinos naturales. Mi elección, un gran vino atlántico del que se elaboran, a penas, 900 botellas: Arpegio 2013 (Mencía); Ribera Sacra; Ronsel do Sil.

Precio: 75€. Precio medio: 40€-60€ + bebidas. Precio medio en la barra/terraza (otra carta): 25€-45€ + bebidas.

En pocas palabras: Menos era más.

Indicado: Para los devotos del atún de almadraba, pues el restaurante El Campero es su meca.

Contraindicado: Para los que no tienen ni ojo ni memoria a la hora de elegir.

Avda. de la Constitución 5, Barbate (Cádiz).
956 43 23 00

jueves, 2 de julio de 2015

Tradevo

Cantaban Los Del Río que “Sevilla tiene un color especial”. Popular estribillo convertido en el eslogan de la capital andaluza que, un servidor, completaría diciendo que la ciudad de Curro –ese “orgulloso” gallifante que en el año 1992 fue mascota de la Expo- tiene también un sabor y un precio especiales.

Y un sabor especialmente bueno y barato es el que nos ofrece el restaurante Tradevo, el paradigma del nuevo tapeo sevillano.

Una nueva forma de entender y de servir las tapas en Sevilla que, seguro, a Gonzalo Jurado y a su mujer Liliana Murillo les habrá costado más de un disgusto desde que abrieron su restaurante Tradevo en 2010, pues no es la antigua Híspalis el terreno abonado para la alquimia, aunque sea con los cachivaches de los juguetes de Mediterráneo, gastronómica. No obstante, a tenor del lleno absoluto –remontes mediantes- y de los dispares perfiles de clientes que observé en mi visita, está claro que, desde el paladar puede llegarse hasta la mente más obtusa.

En este sentido, no sería de recibo obviar que, parte del éxito del restaurante Tradevo son sus precios de derribo –con platos a precio de gaseosa de marca blanca, quién no se atreve a experimentar-.

Sabores y precios especiales son la mitad de la fórmula del éxito del restaurante Tradevo, a la que completa el factor humano personificado en el propio Gonzalo y en Carlos González.

Gonzalo Jurado: lo dicho, el propietario, junto a su mujer, del restaurante Tradevo y, sobre todo, un gran cocinero formado junto a un buen puñado de los mejores (Santamaría, Ruscalleda, Adrià o Arola). Y digo formado y no paseado, pues sus estancias en Can Fabes, Sant Pau, Hacienda Benazuza o la Broche no han sido meros “stages” de pocos meses. Cuando leo el currículum de un joven cocinero y veo que ha estado en media docena de grandes restaurantes me viene siempre a la cabeza la simplona rima “formación itinerante, bagaje errante”.

Carlos González: el tan “salao” como “formao” sumiller y responsable de la sobria pero acogedora sala del restaurante Tradevo. Podéis cargar, sin riesgo, el peso de vuestra elección en sus anchas espaldas.

¿Y qué ofrecen Gonzalo, Liliana, Carlos y el resto del equipo del restaurante Tradevo?

Pues un tapeo creativo -una suerte de nuestros Arume, Lando, Capet o El Tiet- del que disfruté de la mano de:

Un buen rebujito del que estuve a punto de pasar por culpa de la sorprendente referencia al vermut de Casa Mariol que vestía una de las paredes del restaurante Tradevo. Si está invadiendo hasta la tierra de las cañas, las manzanillas y los rebujitos, será que esto del vermut no es una moda pasajera –a los que siempre nos ha corrido vermut por las venas, lo celebramos-.

Un discreto aperitivo de la casa a base de unas vulgares aceitunas y maíz dulce.

El mejor pan (de centeno y trigo de Conesa) que comí durante mi escapada al Sur, acompañado por una buena hojiblanca de Jaén y una interesantísima sal de las marismas de San Fernando.

Un muy buen cartucho de boquerones fritos acertadamente subidos de limón, que ocupó el lugar de una de sus tapas estrella (sardinas marinadas sobre tostada de pimientos asados), no disponible ese servicio –inicial desencanto, para un encantador final-.

Un notable sashimi de pargo salvaje, aderezado con yuzu, wakame y soja.

Una tan ligera como sabrosa, y con todo en su punto, fideuá de rape y gambas aderezada con un suave alioli.

Una correcta y algo barroca composición de mollejas de cordero, ñoquis, pesto, tomate concasé y cebolla morada encurtida. A la molleja le va la patata, sin duda, pero con el sabor no basta, pues la compatibilidad de texturas juega también un papel fundamental, y aquí, aunque entiendo el guiño visual de la molleja y el ñoqui, la textura de éstos entorpecía el disfrute de esas –dónde esté una buena patata al tenedor o un buen parmentier…-.

Unas excelentes costillas de cochinillo perfectamente acompañadas por un puré de patatas, manteca, pimentón dulce de la Vera y torreznos.

Una muy buena presa ibérica de bellota, cocinada en su punto, pero mal cortada –como nadie duda ya que para el disfrute de un sashimi o de un tataki el corte del pescado es fundamental, a ver si nos entra ya en la mollera que la carne no merece menor atención-, acompañada por un puré de patatas con manteca “colorá” y chorizo -¿Algo reiterativo? Sí. ¿Buenísimo? También-.

Una degustación, cortesía de Carlos, del excelente queso de Lanzarote Alegranza (leche cabra majorera, pasta prensada y con entre 10 y 12 meses de maduración), acompañado por unos picos de morreo.

Y una poco lúcida y menos lucida versión del Tiramisú: bizcocho excesivamente empapado de un dulzón café (con ello, su textura se iba al traste), nula presencia de Amaretto (el alma del Tiramisú) y una excesivamente ligera y con demasiado sabor a clara de huevo espuma de mascarpone.

En definitiva, el precio no lo es todo, pero cuando un restaurante ofrece una comida bonita, rebuena y retebarata, la visita se me antoja como requeteobligada.

Bodega: Interesante, por selección y precios, carta de vinos. Aunque, en puridad, carta no la hay, y lo que encontraréis son una veintena de vinos reseñados con tiza en las paredes del restaurante. El bueno de Carlos acertó en al recomendarme el jienense Marcelino Serrano 2011 (Syrah y Tempranillo) del homónimo pequeño elaborador.

Precio: 25€ -sí, lo habéis leído bien-. Precio medio a la carta: 15€-20€ + bebidas.

En pocas palabras: Otra Sevilla es posible.

Indicado: Para confirmar que la calidad no tiene precio o, como mínimo, que precio y calidad son variables independientes.

Contraindicado: Para los que Sevilla es sinónimo de caña, fritanga y tablao.

Plaza Pintor Amalio García del Moral 2, Sevilla.
626 255 573

miércoles, 1 de julio de 2015

Bodeguita Casablanca

¡A por la segunda!

Y de un restaurante tradicional que coquetea –con mayor o menor fortuna- con la cocina creativa, a otro que practica un sabroso inmovilismo de la cocina andaluza con más solera.

¡Bienvenidos a la Bodeguita Casablanca!

Bodeguita Casablanca: la casa de comidas de los primos hermanos Tomás y Antonio Casablanca que se erige como el único bastión de la cocina con fundamento del centro (la encontraréis a escasos metros de la Catedral) de Sevilla. Y dan fe de ello tanto el hecho que es el único restaurante de la zona en el que los guiris no campan a sus anchas, como sus horarios (cerrado los sábados por la noche, los domingos y las fiestas de guardar) -¿Opulencia o cuidado a su personal?-.

Bodeguita Casablanca: un restaurante dotado de una bella terraza y de una castiza sala –eso sí, no apta para los que la tauromaquia les provoca urticaria-, atendido por un risueño personal, que practica una cocina genuinamente tradicional que no defrauda (a excepción de su partida de postres), pero que tampoco levanta grandes pasiones (salvo alguna de sus frituras o guisos) y del que disfruté de la mano de:

Unos picos y un pan más que mejorables -¡Tiene delito!-.

Unas frituras -que no las fritangas a las que tantos, tantísimos restaurantes nos tienen acostumbrados- de: boquerones (excelente) y ortiguillas (de matrícula). Y las ortiguillas a la andaluza eran de matrícula pues, además de una fritura precisa, éstas eran frescas, lo que es una auténtica rara avis (el 99,9% de las que se sirven son ultracongeladas). Frescura que les confiere una textura más cremosa y un sabor mucho más intenso, en definitiva, que las convierte en un coulant de mar. Si podéis, probadlas, eso sí, desde ese día la mayoría de las que degustéis os parecerán anodinas -avisados estáis-.

Un notable plato de chanquetes –de fritura perfecta- con huevo frito. Algo más de huevo –¿Por qué llamarlo huevo cuando quiero decir yema?- mediante sería un plato perfecto.

Unos buenos riñones de cordero a la plancha acompañados por unas excelentes patatas fritas. ¿Ya os había comentado que en el restaurante Bodeguita Casablanca las frituras las tienen por la mano, verdad?-

Unas interesantes mollejas de cordero guisadas al Jerez. Sin duda, lo mejor, el guiso a base de verduras, fondo de carne y vino de Jerez.

Un sabrosísimo, aunque demasiado pesado, rabo de buey a la andaluza, esto es, guisado con verduras (sobre todo tomate, zanahoria y cebolla), un buen vino tinto, caldo de carne y alegremente sazonado con pimienta negra y pimentón.

Y de unos dulzones, y con complejo de flan, tocinillo y leche frita –debería haber pedido el flan-.

En definitiva, un oasis de tradición sin complejos y sin pretensiones en el corazón de la estepa turística sevillana.

Bodega: Corta, clásica –de Ribera a Rioja, y tiro porque me toca- pero de precios moderados, carta de vinos. Mi elección: Muga 2011 (Tempranillo, Garnacha, Mazuelo y Graciano); Bodegas Muga; D.O. Rioja.

Precio: 40€. Precio medio a la carta: 25€-35€ + bebidas. Precio medio en la barra o en la terraza: 15€-25€ + bebidas.

En pocas palabras: Tradición y buen rollo por montera.

Indicado: Para los que no nos resignamos a concebir el centro de nuestras ciudades como territorio comanche.

Contraindicado: Para los que la operación biquini es un estado civil.

Adolfo Rodríguez Jurado 12, Sevilla
954 224 114