miércoles, 9 de febrero de 2011

Una de chuletones

O lo que es lo mismo, un par de días en el Valle de Arán.

El último fin de semana que pasé en esta preciosa parte del Pirineo ilerdense decidí dar rienda suelta al carnívoro que hay en mí y que, normalmente, y a pesar de que en Barcelona contamos con excelentes restaurantes como Caldeni o Casa Paloma para el deleite de nuestros instintos más primarios, en “la gran ciudad”, y por la amplitud de su oferta gastronómica, se encuentra algo adormecido.

La restauración del Valle de Arán es tal vez la más rica y variada de nuestro Pirineo, no obstante, como no podría ser de otra forma, la tradición y, en particular, las carnes a la brasa son las que llevan la voz cantante.

Y sin duda, entre los restaurante que rinden culto a las brasas y a una carne de primera se encuentran los que coparon mis cenas del viernes y el sábado de hace un par de semanas.

Era Bruisha

Era Bruisha, y aprovechando que su cocina, sus brasas son unas de las que más tardan en consumirse del Valle, protagonizó la primera etapa de mi maratón de proteínas.


Era Bruisha, o Sidrería la Bruixa (la Bruja), en la que, en un marco que hace honor a su nombre, pude disfrutar de:

Una buena tortilla de bacalao, por supuesto, con su excelente sofrito de pimiento verde.

Un correcto chuletón. Sí, solo correcto, pues ni el punto de cocción, a pesar de mis advertencias que quería el pedazo de carne más crudo que jamás hubiesen servido, ni la maduración de la carne eran los óptimos.

En serio, ¿Tanto cuesta seguir las directrices del cliente por exageradas que puedan parecer? ¿No se está siempre a tiempo de pasar de nuevo por la brasa un trozo de carne? Pues parece que es casi imposible, ya que tras años implorando carnes casi crudas, podría contar con los dedos de una mano los restaurantes que se han ajustado a mis ruegos. Gracias Cassia, Casa Paloma o Caldeni.

Y de una notable cuajada con miel.

En definitiva, un restaurante a tener en cuenta dados, principalmente, sus horarios de tronera, su informal ambiente y su magnífica brasa que, no obstante, y como en tantas ocasiones sucede, no estuvo a la altura del magnífico recuerdo que tenía de él.

Bodega: Pago de los Capellanes Joven Roble 2009 (Tinta fina y algo de Cabernet y Merlot). Pago de los Capellanes. Ribera del Duero.

Precio: 35 €
Calificación: 12,5/20

En pocas palabras: Una buena sidrería.

Indicado: Para recuperar las energías tras un duro día de esquí con los amigos.

Contraindicado: Para los que no les gusta compartir mesa y todavía menos banco.

Calle Marrec 18, Vielha.
973 64 29 76

Eth Restillé

La segunda etapa de esta peculiar ruta me llevó a Garós y, en particular, al restaurante Eth Restillé.

Un acogedor y familiar –literalmente hablando, pues es ya la segunda generación la que lo regenta- restaurante cuya carta no cuenta con más de diez platos, pero entre los que se encuentran, para muchos –entre los que me incluyo-, la mejor olla aranesa y el mejor chuletón del Valle.


A tenor de lo dicho, supongo que no os costará demasiado saber por dónde fueron los tiros de mi elección para la cena sabatina.

Y así, tras un muy buen paté de la casa a modo de aperitivo, la OLLA del Valle y un notable chuletón fueron mi “ligerita” cena.



Como postre –afortunadamente algunos humanos tenemos un segundo estómago solo para éstos- me decanté por una buena, sin más alardes, crema catalana.

En definitiva, uno de esos restaurantes del Valle de Arán cuya parada en él se hace imprescindible.

Bodega: Muga Crianza 2006 (Tempranillo). Bodegas Muga. Rioja

Precio: 40 €
Calificación: 13,5/20

En pocas palabras: olla y chuletón.

Indicado: Para los que desean descubrir, y en su mejor versión, la tradicional cocina aranesa.

Contraindicado: Para vegetarianos, pues en este pequeño restaurante sirven hasta 9.000 kilos de carne al año.

Plaza Carreres 2, Garós
973 64 15 39

lunes, 7 de febrero de 2011

La Dolceta

Es probable que los asiduos a este blog –aprovecho para daros las gracias por vuestra confianza- sepan que mis orígenes deben buscarse en la capital de la “Terra Ferma”, esto es, Lleida, motivo por el cual los restaurantes de esa zona tienen más presencia en este blog que la que por cuestiones de representatividad cualitativa y cuantitativa les correspondería.

Obvia, dado que la provincia de Lleida aglutina tan solo un 7% de la población catalana y un 1% de la población española, resulta la poca trascendencia cuantitativa que puede tener Lleida en las escenas gastronómicas catalana y española.

No obstante, la poca visibilidad de la gastronomía de “les terres de Lleida” no solo se debe a cuestiones aritméticas, cuantitativas, sino que también trae causa, mal, muy mal que me pese –nada me gustaría más que poder hacer proselitismo de mi tierra- a razones cualitativas.

En Lleida tenemos una huerta prodigiosa, una ganadería que ríete tú de Gerona o Galicia y, no obstante, solo se nos conoce por los caracoles.

He aquí que tras mi última comida en la Dolceta, tal vez el restaurante de Lleida más conocido, una pregunta no dejaba de rondarme la cabeza.

¿Son los caracoles la gallina delos huevos de oro de la gastronomía ilerdense o, en cambio, son su becerro de oro, según el Libro del Éxodo, falsamente idolatrado?

Cuestión a la que, si me he aventurado a formular, me veo capaz de ofrecerle una –sobre decir que lo que seguirá es solo mi opinión- respuesta: la mía.

Lo siento compatriotas, pero creo que los caracoles son un falso mito, un lastre que nos ha impedido sumarnos al increíble ciclón que ha cambiado, según mi parecer, a mejor, la fisonomía del panorama gastronómico de nuestro país.

Lo siento compatriotas, pero considero que -y aceptad mis disculpas de antemano por la contundencia de mis palabras- la oferta gastronómica de mi ciudad natal, y la que siempre llevaré en el corazón, es pobre.

No pretendo que la oferta de restaurantes de Lleida pueda compararse a la de ciudades mucho más pobladas como Barcelona o Madrid, pero ciudades del mismo tamaño e, incluso, de menores dimensiones pueden hacer gala de una oferta gastronómica no solo de más calidad sino mucho más amplia, siendo su falta, a mi entender, el peor mal de la gastronomía de Lleida.

Sin duda, en Lleida se come bien, y el restaurante la Dolceta que en breve nos ocupará es un buen ejemplo de ello, no obstante, la oferta gastronómica de Lleida se reduce, en términos generales – mi padre me enseñó que para ejemplificar algo debe llevarse al extremo- a los caracoles, las carnes a la brasa y un buen producto, normalmente, cocinado en exceso. Y sino, que le pregunten a restaurantes como Malena o Ambrosía que fue de ellos cuando se aventuraron a dar un paso adelante. Yo os respondo yo: que tuvieron que bajar el telón y cambiar increíbles cremas de setas con emulsiones de foie o magníficos y originales risottos por pescados a la brasa –aunque la de Xixo sea vaporizada- o grandes comedores para bodas, bautizos y comuniones.

Pero lo peor de todo es que los que más se resienten no son los que visitan esporádicamente la capital de poniente, pues a ellos les encanta el “exotismo” de degustar caracoles, sino que son los paladares, por la falta de variedad, y los bolsillos, pues al no existir mucha competencia no es necesario ser muy competitivo con los precios, de los ilerdenses.

Sin duda, el pasado sábado disfruté de unas buenas anchoas, de unos increíbles tomates de la huerta de Lleida, de una correcta ventresca de bonito, de una excelente longaniza seca, por supuesto, de unos buenos caracoles, de unas notables longaniza y butifarra negra y, sin duda, lo mejor del ágape, de unas manitas de cerdo.








Y lo olvidaba, y de un buen Sant Honoré como postre. Por cierto, sabed que en Lleida la gente se divide entre si su Sant Honeré es el de la pastelería Pons o de la pastelería Cisne. Yo soy de los de la segunda.

En cambio, lo que resulta más cuestionable es si el precio de este menú debe rondar los 50 €, y si en Barcelona o Madrid restaurantes con esta propuesta gastronómica y estos precios tendrían alguna viabilidad.

Otra vez me atrevo con dos respuestas, seguro, no del agrado de algunos de mis conciudadanos: no y no.

En definitiva, la Dolceta es el restaurante que mejor ilustra el pasado, el presente y, por el momento, el futuro más próximo de la gastronomía de Lleida.

Bodega: Vilosell 2007 (Tempranillo, Merlot, Cabernet Sauvignon, Syrah, Garnacha y Cariñena) Tomás Cusiné. Costers del Segre.

Precio: 50 €
Calificación: 12/20

En pocas palabras: El exotismo del caracol.

Indicado: Para comprender la realidad gastronómica de “ponent”.

Contraindicado: Para los que rehúyen los tópicos o, en este caso y a mi entender, estigmas.

Camí de Montcada 42, Lleida
973 231 364

viernes, 4 de febrero de 2011

3 gastrobar (bis)

Hace unas semanas me enamoraron, no a primera vista, sino tras la primera visita –uffff, que mal comenzamos hoy-, y para comprobar tanto si ese estado de embriaguez –que no traía causa en el alcohol sino en la cocina de Matteo y Víctor- era flor de un día, como si Eddie había enmendado los pocos errores advertidos en mi primera cena en la casa que el “Food, People & Music” tienen en Barcelona, hace un par de días me dejé caer de nuevo por el gastrobar 3.

Comprobaciones cuyo resultado no podía ser mejor, pues no solo los platos que probé, todos distintos a los degustados hacía casi un mes, estaban al nivel de los escabeches, canelones o pollo confitado que me habían cautivado en mi primera visita, sino que, salvo los postres y una correcta ensalada, se encontraban un paso por delate de ellos. Asimismo, y haciendo bueno su compromiso, Eddie había ajustado los precios de su gastrobar 3, particularmente, los de las copas de vino.

Así, las buenas sensaciones que el gastrobar 3 me había inspirado en mi primera visita, la sospecha que podía devenir una propuesta gastronómica a tener muy en cuenta, se materializaron en la sólida convicción que 3 es la mejor expresión del sello Arola en nuestra ciudad, gracias a los siguientes platos:

Un fantástico bocata de sardinas –un elemento fetiche en el imaginario gastronómico de los Arola- marinadas y pimiento escalibado, acompañado por una taza del caldo ahumado de este último.

Unas increíbles migas con huevo a baja temperatura, menta en juliana y un sabroso caldo de atún. Una de las mejores versiones de migas que jamás he probado.

Una buena, aunque sí, lo dicho, uno de los platos menos lucidos de la cena, ensalada de tomates de colgar, atún ahumado “en casa” –lo mejor del plato, se nota el paso de Matteo por la “escuela” Roca-, y aceitunas de Aragón.

Un notable tártar de filete de Gerona, hojas de cogollo, chips de patata, chalota, aceite de avellanas, huevo de codorniz y una suave reducción de balsámico de Porto. Una vuelta más al, de nuevo, de moda steak tártar, de la que, no obstante, por el aroma en exceso graso que aportaban, no me convencía el papel que jugaban los chips.


Seguido del mejor plato de la noche: unos ñoquis, por supuesto, “hand made”, con trufa, de los que me atrevería a decir que son los mejores que he probado.

Cerraría el capítulo salado del menú una muy buena coca-pizza de alcachofas confitadas, jamón ibérico y crema de queso de cabra.

Con los postres, incomprensiblemente “hechos por mano ajena”, aunque sean las de Paco Torreblanca, particularmente dado el talento que atesoran las de Matteo, llegó el momento anodino de la noche, del que solo se salvó el primero de los tres “pastelitos” que degusté (cítricos, frambuesas y chocolate blanco, y chocolate 65% con vainilla de Madagascar).



No obstante, podemos estar tranquilos, pues Matteo me aseguró que, en breve, los postres ya serán de factura propia –ya hemos visto que en el gastrobar 3 son gente de palabra-, y entre los cuales podremos encontrar una tarta tatin “Ducassiana” –ahora que en todas partes se recupera lo clásico, seguro que será un éxito rotundo-.

En definitiva, poco más de un mes abierto y en el gastrobar 3 están que se salen. Crucemos los dedos para que no mueran de éxito.

Bodega: P. de María 2007 (Mantonegro, Cabernet, Merlot, Syrah). Macià Batle. Binissalem, Mallorca.

Precio: 40 €
Calificación: 14,5/20

En pocas palabras: Un restaurante de moda.

Indicado: Para disfrutar de lo más parecido a un L’Atelier de Joël Robuchon sin salir de Barcelona.

Contraindicado: Para los que no creen en el matrimonio gastronomía de altura y ambiente informal.

Córcega 231-233, Barcelona
677 887 565
www.3fpm.com

miércoles, 2 de febrero de 2011

Bar Cañete

De tapeo fue la cosa el pasado fin de semana y así, mientras el domingo comía en la zona alta de Barcelona en el restaurante Montesquiu, el día antes me había dejado caer por el barrio del Raval para, por fin, descubrir la cocina del Bar Cañete.

Las críticas leídas sobre este restaurante eran muy interesantes y, para no teneros en vilo, ya os adelanto que, en líneas generales, el Bar Cañete no me decepcionó en absoluto.

Tras un agradable –aunque cada día lo es menos- paseo por las Ramblas, me adentré en la calle Unió, justo por debajo del Liceo, y, con cierto asombro, descubrí que el antro en el que creía iba a tapear no es que no lo fuese tanto, es que no lo era en absoluto.



Acomodado, por decir algo, ya en la barra del Bar Cañete, tres sorpresas todavía me aguadaban antes de comenzar a comer.

La primera, que a pesar de la notable capacidad del local, diría que para unos cuarenta clientes, unos minutos después de la una y media el Bar Cañete ya estaba hasta los topes y, al tiempo de irnos, eso sería sobre las tres, la espera media para sentarse en uno de sus incómodos taburetes era de media hora. Así que, o paciencia o a comer, como un servidor ese día, en horario de nuestros vecinos franceses.

La segunda, que se respiraba un ambiente más “pijo” o “pijipi” de lo esperado. Supongo que es lo que acarrea estar de moda.

Y la última, fue encontrarme con una carta bilingüe. Y diréis: ¿Qué tiene de raro esto, será que no hay restaurantes con cartas en catalán, castellano, inglés…? Pero es que en el Bar Cañete no es que haya varias versiones de carta en distintos idiomas, los que sucede es que en una única se suceden platos y tapas escritos en catalán y en castellano alternativamente. ¡Bravo por este ejemplo de normalización y riqueza cultural!

A partir de ese momento, todo lo ocurrido, el resto de sensaciones ya traían causa en su propuesta gastronómica. Propuesta de entre las que nos fijamos y escogimos las siguientes tapas y platillos:

Un excelente ostra Gouthier nº 3.

Otro bocado de excelencia a cargo de una “auténtica” –así está definida en la carta, y doy fe que lo era- anchoa del Cantábrico.

Unas notables croquetas de jamón ibérico de las que destacaría la suave, casi sedosa textura de su bechamel. Sin duda, al día siguiente, las croquetas de Joselito del restaurante Montesquiu no superaron el listón puesto por el Bar Cañete.

Sí, en cambio, que lo hicieron con la tortilla de camarones, pues en esta desigual contienda se enfrentaron las excesivamente enharinadas del Bar Cañete con, tal vez, las mejores que he probado lejos de Cádiz.

Magníficas por su cremosidad y su intenso sabor las ortiguillas del Delta sobre un lecho de patatas fritas.


(Aquí pescando mis ortiguillas).

Aprovecho para reseñar los panes, blanco y con tomate, DO Crostó que acompañaron la comida.


Pan que se hacía indispensable con el huevo con trufa y foie fresco. Un plato que se convirtió en la mayor decepción del ágape por su escaso sabor y por la temperatura de servicio. De tener que poner un titular al plato me quedaría con un: “De cuando la presentación va en detrimento del sabor”.

Recuperamos la sonrisa con un muy buen steak tártar, de nuevo, acompañado por sus excelsas patatas fritas, por supuesto, con piel.

Sonrisa que se convirtió en una tímida mueca de aprobación con los postres.

Así, ni una torrija servida fría, escasamente empapada y en la que se había abusado de canela y piel de limón, ni un babá, en su justo punto de almíbar pero al que le faltaba una buena borrachera de ron para ser un auténtico babá al ron, y acompañados por una nata azucarada –desterremos, por favor, el binomio nata-azúcar, mucho mejor sola que mal acompañada-, resultaron de nuestra entera satisfacción.


En definitiva, mucho más que un bar -¡Qué modestos son estos del Cañete!-, que, difícilmente, decepcionará –sabed a lo que vais- a alguien.

Bodega: Disfruté de cuatro mini-copas de vino, a las que, como tenía que ser, había precedido una caña -qué si no, en el bar Cañete-, y de las que debo decir que, a tenor de los escasos centilitros de vino que contenían, sus precios, entre 3 € y 4,5 €, aunque pueda parecer que no, se reputan como excesivos.

Los vinos que acompañaron la comida sabatina fueron: un Val de Sil 2008 (Godello de Valdeorras), un Acustic 2008 (Garnacha blanca del Montsant), un Barbazul 2008 (Syrah, Merlot y Cabernet de Cádiz) y un Vallegarcía Syrah (Syrah manchego).

Precio: 30 €
Calificación: 13/20

En pocas palabras (hoy solo una): probadlo.

Indicado: Para los que buscan una excusa para pasear de nuevo por las Ramblas.

Contraindicado: Para los poco amantes del jaleo o con problemas de espalda.

Unió 17, Barcelona
932 703 458