Cargándome cualquier halo de misterio que pudiese haber tenido esta crónica hasta descubrir si mi paladar también entendía la propuesta gastronómica de MIL921 como excelente, debo deciros que, en esta ocasión, mi paladar discrepó con las siempre magnificas observaciones gastronómicas de Philippe Regol.
Respecto el otro enigma que podrían encerrar estas líneas, esto es, quién es el conocido crítico que me merece todo el respeto pero del que, por su condescendencia y absoluta falta de mirada crítica, cojo con pinzas sus recomendaciones, perdonadme que os arroje un segundo jarro de agua fría, pues aquí termina también el misterio pero, en este caso, ya que no lo voy a nombrar.
Discrepancia que en absoluto debe identificarse con una experiencia gastronómica insatisfactoria, sino en algo decepcionante por las expectativas con las que afrontaba esa cena. ¡Dichosas expectativas!
La cena, que tuvo lugar en un sí excelente marco –se trata, sin duda, de un local de más que cuidado diseño y que lo convierte en uno de los más bellos, particularmente la sala interior, que he visitado últimamente en la Ciudad Condal- y en la que me quedé con ganas de probar su risotto “mar y montaña” y el plato de sugerente título “Verduras 2003”, la compusieron:
Una notable crema de zanahoria, de la que, sin duda, destacaría su finura, tanto gustativa como en su textura, bien aderezada con un toque de aceite de menta, que hacía las veces de aperitivo.
Un notable merece también el servicio de pan (Triticum) y aceite (L’Estornell) que ha de acompañar el ágape.
Y otro para el huevo frito servido sobre una intensa crema de setas y coronado por unas tiras de calamar cortadas a lo tagliatelle que otorgaban al plato una agradable presencia, y al que solo le sobraban unos picatostes de pan absolutamente reblandecidos.
Menos generoso debo ser con el pulpo a la plancha servido sobre una excelente crema de patata y condimentado con pimentón de la vera: otro producto para sentirnos orgullosos, cuanto menos gastronómicamente, de nuestra geografía. Como veis, patata y pimentón eran los alumnos aventajados del plato, lástima que el que tenía que dar el do de pecho desafinase en su textura: extremadamente dura.
Desafortunadamente, el bacalao tampoco superó las exigencias de mi paladar, aunque es de justicia señalar que, probablemente, se trate del producto con el que soy más exigente y no tolero un pieza de morro que no sea translúcida (señal de la justa cocción) y absolutamente carnosa, esto es, ausente de rastros fibrosos y que es prueba de la calidad del bacalao - ¡Qué difícil resulta encontrar un buen bacalao!-. No obstante, los actores secundarios del plato, un ragu de setas y unos excelentes garbanzos bordaron sus papeles.
El steak tartar de otoño, esto es, condimentado con foie, trompetas de la muerte y chalota, y a pesar de la calidad de la carne –indiscutible- tampoco sería un plato que repetiría tanto por estar ésta en exceso picada, impidiendo con ello disfrutar plenamente de su textura, como por el aderezo abusivo de reducción de Porto que endulzaba, desde mi punto de vista, sin sentido, el conjunto.
(Perdonad de aquí hasta el final la calidad de las imágenes, pero tuve un problema con la tarjeta de memoria de mi cámara y tuve que recurrir al móvil que, como veréis por la pobre calidad de las imágenes, no es de última generación.)
Las buenas notas y lo que es más importante, las buenas sensaciones regresaron con el postre: una sabrosísima crema de yogurt con miel, avellanas e higos.

Pero nos abandonaron –sí, fueron muy efímeras, demostrando que, en algunos casos, lo de “lo bueno, si breve, dos veces buenos” no siempre resulta lo óptimo- con el surtido de quesos “afinados”. Surtido que componían un Brillat-Savarin –que convertía en obligatoria la elección del plato de quesos- una crema ácida, un Taleggio, un queso de cabra de cuyo nombre no es que no quiera, sino que no puedo acordarme, y cuyo defecto no residía en la calidad de los quesos, sino en el estado de su presentación. Estado de los quesos debido a que, para que no lleguen fríos a la mesa a pesar de ser conservados en cámara, se presentan sobre una pizarra caliente que llega a desnaturalizarlos.
En definitiva, MIL921 y Àlex Suñé son dos nombres a seguir de cerca, aunque si de verdad anhelan hacerse un hueco entre los grandes del panorama gastronómico barcelonés no pueden descuidar ningún detalle y, especialmente, aquellos más básicos (cocciones, temperaturas de servicio, etc.)
Vino: Tres Patas 2007 (Garnacha y Syrah). DO Méntrida
Precio: 50 €
Calificación: 13/20
Indicado: Para constatar que, gastronómicamente, Barcelona sigue muy viva, y el tramo de la calle Casanovas por encima de Diagonal más (MIL921 es vecino de Casa Paloma: una de las propuestas más recientes y aplaudidas dentro de la restauración barcelonesa).
Contraindicado: Para “pejigueros” como el que escribe, pues a pesar de la agradable sensación general que ofrece MIL921, son unos cuantos los “typos” que se observan en su propuesta gastronómica.
Casanovas 211, Barcelona
93 414 34 94
