viernes, 18 de marzo de 2016

Quique Dacosta

Tras dos años (2014 y 2015) en los que la crítica le había dado la espalada -o, cuanto menos, se había puesto de lado-, las generosas reseñas leídas sobre lo que en este 2016 se estaba cocinando en el restaurante Quique Dacosta coparon de ilusión y de expectativas mi cita con el restaurante que puso en el mapa a la jovial Denia -según el Trivial Pursuit, es el pueblo con más festividades de España-.

Pero, visto lo visto, se me antoja que tanta generosidad tiene más de gratuita -por no decir otra cosa- complacencia, que de verdad pues, aunque los coros de cronistas -en ocasiones, más peligrosos que las Sirenas de La Odisea-, La Guía Roja (atesora tres Estrellas Michelin), The World’s 50 Best Restaurants (ocupa el puesto trigésimo noveno), o la contra-lista de OAD (por dos veces lo ha encumbrado como mejor restaurante de Europa) se llenen la boca con las excelencias del restaurante Quique Dacosta, comido lo comido, a un servidor la más reciente propuesta gastronómica de Quique le dejó más frío que caliente.

Frialdad transmite su sala, por su desnudez y por el halo de altivez de parte de su servicio -Didier, la excelencia, que la alcanzáis, se diluye cuando en vez de practicarse se exhibe-.

Y uno helado se queda al ver cómo uno de los grandes cocina al rebufo de las modas, cuando su papel tendría que ser crearlas.

Modas -que no le quedan nada bien a mi paladar- como:

Paisajes y lienzos mucho más fotogénicos que apetecibles.

Sabor y concepto puestos al servicio de la técnica.

Reniego de nuestras especias y condimentos en favor de los de otros continentes. Una cosa es aprender de otras culturas gastronómicas e importar algunos de sus ingredientes, y otra bien distinta es aprehender (en su tercera acepción) un imaginario culinario foráneo con la creencia que encajará sin fisuras con nuestro paisaje gastronómico -Josep Pla decía que “la cocina es el paisaje llevado a la cazuela”-. Permitidme que os haga una pregunta entre maliciosa y capciosa para cerrar este capítulo: ¿De verdad creéis que si en Asia o en América tuviesen pescados o mariscos como los del Cantábrico o los del Mediterráneo los condimentarían tanto?

O abuso de aperitivos en detrimento de platos principales y de postres. ¿Falta de imaginación y de atrevimiento? A mi entender, sí, pues mientras dar con un aperitivo resultón es un juego de niños, parir un plato o un postre para el recuerdo es una empresa para titanes de los fogones -y un Tres Estrellas debería serlo o, como mínimo, comportarse como tal-.

Y tras dar más cera de la que esperaba al restaurante Quique Dacosta, el detalle de su menú degustación (uno de los más caros de España, pero en el que las materias primas de lujo brillan por su ausencia -con escandallos como éste, hasta la alta restauración es rentable-), por desgracia, no me permitirá pulir mucha -lo siento, Maestro Miyagi-.

Un menú degustación del 2016 (disponen de otro menú conformado por platos históricos, clásicos y tradicionales, el menú “Universo Local”, al mismo precio (190€)) con el siguiente relato:

Primer Acto:


Excelente té de galeras y hojas de limonero y correctas hojas de alcachofa de la Vega Baja -“Mon dieu”, tanta especia asiática y nos olvidamos de la sal-.

Unos, de nuevo, sosos buñuelos ligeros de bacalao.

Un efectista crujiente de arroz a banda “socarrat”. Lo mejor: la base crujiente elaborada como una crepe con un caldo de gambas ligado con el almidón del arroz. Lo mejorable: un sabor que poco recordaba a un arroz a banda, pues se imponían el ajo y las hierbas.

Unos resultones “corales” de pan de arroz, con camarones y con tomate y alga Codium.

Un desajustado ravioli, pues el picante asiático se lo llevaba todo, de edamame y kimchi.

Un sabroso homenaje a la historia de la tierra en forma de una salsa pericana (plato de pastor típico de la zona a base de ajo, pimentón, aceite y bacalao seco) con carbón (un merengue seco con tinta de calamar que evocaba a las hogueras alrededor de las que los pastores combatían los rigores del campo).

Unas buenas -perfectas para limpiar el paladar- hierbas de Km. 0 encurtidas: uva de pastor y cordifolia.

Y un anodino -lo mejor, el vaso- mojito de jengibre. A años luz de la alta coctelería gastronómica de elBulli y de sus herederos 41º o Disfrutar.

Segundo Acto:

Unas simplonas cebolletas frescas encurtidas con vinagre de frambuesa.

Un intrascendente pan de mandioca y tomates secos. En un gran restaurante, comer por comer es tontería.

Una mediocre ensalada de encurtidos (sorbete de aceitunas verdes -lo mejor-, bombón fluido de ajoblanco -vulgar por culpa de una invasiva manteca de cacao-, gel de tomate -insustancial-, atún, tomate, almendras, endivias, cogollo, guisantes…).

Un interesantísimo pulpo seco (secado en el campanario del restaurante Quique Dacosta) cocinado a la llama. Su textura será difícil, pero su sabor -equilibrio perfecto de humo y mar- la compensa con creces.

Y unas huevas de mújol afinadas (media salazón) para el recuerdo. Ya no podré comer otras, pues su sabor y, sobre todo, su textura no tenían parangón.

Tercer Acto:

Unas excelentes puntillas desecadas -¡Aquí, el kimchi, sí!-.

Una notable coca de tomates. ¿Buena? Sí, y mucho, pero ya a la mitad del menú estaba de tomate hasta los… tomates.

Un buen pez limón vestido de limón helado. Lo mejor: el equilibrado derroche (hasta 14) de cítricos. Lo mejorable: un mar (pez limón) desaparecido.

Un magnífico empanado de hoja de shiso y costilla de cerdo.

Un clásico de la casa (un Bosque animado que llevan cocinando desde el 2003) algo demodé, pues su belleza no está secundada por su sabor. Hojas de boletus y de maíz -efectistas-, consomé de boletus -soso-, y resultona composición de bizcocho exprés de tomillo, crema de parmesano, setas (trufa, colmenilla, boletus, senderuelas…), espárragos y sésamo.

Y unos grisines (de sobrasada, parmesano, olivas negras y aceite) que no venían a cuento.

Cuarto Acto:

Un excelente -de los mejores bocados del menú- Satay de cangrejo bola al que, por su aderezo (crema de cacahuete, citronela, lima, cilantro…), bien le valdría un bautismo como “Salpicón thai”.

Un notable Aspic de cigalas, espuma de erizo, habas y hojas de menta -adquirían más protagonismo del debido-.

Una surrealista Gamba roja Twombly. Y lo de surrealista no va por el estilo pictórico del cuadro, del pintor estadounidense Edwin Parker Twombly, que ha inspirado este plato, sino por lo absurdo e irracional que se me antoja cargarse así un producto tan magnífico como la gamba de Denia. Os aseguro que, si os lo diese a catar a ciegas, me diríais que os he servido unas gambas bravas.

Y el mejor servicio del menú: un arroz cremoso de acelgas, sus pencas confitadas, carabinero (cuerpo y emulsión de la cabeza) y sepia. Un perfecto mar y huerta.

Quinto Acto:

Una gustativamente tan facilona como lo es su nombre: “Pizzón (contracción de pichón y pizza) al funghi”. Una pizza de pichón (lomo, paté y piel), setas y queso Comté en la que la alargada sombra de la piel frita desvirtuaba el conjunto.

Un efectista, pero casi tan soso como uno sin sal, huevo entre cenizas. El huevo: yema curada y caldo de ave con piel de espárrago blanco. Las cenizas: arroz soplado, maltodextrosa y trompetas de la muerte. Las hebras: pasta kataifi.

Sexto Acto:

Un magnífico postre bautizado como “Flores raras” en el que convivían en perfecta harmonía casi tantos sabores (mango, lichi, sauco, eneldo, menta…) como texturas (merengue seco, crema, helado, sorbete, crujiente…).

Una canela en rama bien buena, pero como lo es una tableta de chocolate al 78% de cacao.

Otras buenas, pero también simples, pasas al PX con corazón de almendra.

Unos delicadamente sabrosos pétalos de rosa (manzana y agua de rosas).

Un cóctel de manzana... ¿Anodino? Sí.

Y unas correctas trufa, pseudo-Ferrero y bombón de almendras, que acompañaban a un excelente café (D.O. Colombia-Galápagos).

En definitiva, un restaurante que durante mucho tiempo hizo méritos para la tercera Estrella, pero que, ahora que la luce, no la justifica.

Bodega: Sin duda, la bodega, y su sumiller (José Navarrete), es de lo mejor del restaurante Quique Dacosta, por número (1.500), valor (muchas son magníficas rarezas) y precios (contenidísimos) de sus referencias. Mi elección -bueno, la de José-: Curii 2012 (Giró), Bodega Curii Uvas y Vinos, D.O. Alicante.

Precio: 230€ (menú degustación (190€) + bebidas).

En pocas palabras: Quique puede, pero no quiere.

Indicado: Para los que las Estrellas, en vez de comérselas, las coleccionan.

Contraindicado: Para los que creemos que, en restauración, la fama que no se carda a diario acaba por tener el valor gastronómico de la lana.

Ctra. Las Marinas Km. 3, Denia (Alicante).
965 784 179

lunes, 14 de marzo de 2016

Ricard Camarena

Cerraba mi última crónica afirmando que Ricard Camarena es el Alain Bras (contracción de Alain Ducasse y Michel Bras) del actual panorama gastronómico español, y no solo me agarro a esa apostilla, sin temor alguno a quemarme, para abrir la crónica sobre su homónimo restaurante, sino que doblo la apuesta afirmando que Ricard es el máximo exponente de la nueva y mejor -matrimonio que, por desgracia, cada vez está peor avenido pues, lo nuevo suele ponerle los cuernos a lo mejor con la humeante voluptuosidad del papel (cuché o divisas)- cocina valenciana -y de parte del exterior-.

Y tras este chute de verborrea que a más de uno habrá dejado más “pallá” que a la Lucy de John, en un castellano de lo más “pacá” os explicaré porque creo que Ricard Camarena son uno de los cocineros y restaurantes con más presente y todavía más futuro de la escena gastronómica española.

Ricard Camarena (persona) colgó el pico (sus primeros chavos se los ganó como picapedrero), apartó la trompeta (su otra vocación es la de trompetista), recuperó todo el saber atesorado en la tienda de ultramarinos de su abuelo y terminó de hacerse a sí mismo para brindarnos a un gran restaurador (dan fe de ello sus segundas, terceras y cuartas marcas valencianas: Habitual, Canalla Bistro y Central Bar) y a un todavía mejor cocinero (para muestra, dos restaurantes: el Arrop en el que despegó y el Ricard Camarena en el que se ha desatado).

Ricard Camarena (restaurante) lleva la piel del malogrado restaurante Torrijos y fue bendecido con una Estrella Michelin a los 6 meses de levantar el telón (junio de 2012), pero lo que realmente le da brillo, además de su cocina, es un cálido pero sobrio interiorismo (aunque a muchos se les olvide, o nunca hayan sabido, a un restaurante se va a comer -será provechoso, pero no se me antoja nada apetecible que un restaurante ocupe más páginas en revistas de diseño que de gastronomía-) y un magnífico servicio de sala (mención especial para Alba, la sumiller).

Ricard Camarena (cocinero y restaurante) es sinónimo de producto -calidad, temporada y proximidad son su Santísima Trinidad-, de creatividad y de técnica (siempre puestas al servicio del producto -“comme il faut”-) y, sobre todo, de complejidad y de matices. Complejidad y riqueza de matices que no se alcanzan -a diferencia de lo que muchos creen y practican- concatenado técnicas vacías y superponiendo ingredientes superfluos, sino que las dan el conocimiento (del producto), la lucidez (mental), el talento (culinario) y la agudeza (del paladar). Unos guisantes salteados con mantequilla pueden ser mucho más ricos (en toda la extensión de la palabra) que los ya demodé paisajes o esos lienzos a los que también les llegará su San Martín.

Y la armoniosa sinfonía gastronómica -de las 10 mejores piezas que le podéis regalar a vuestro paladar sin salir del país- de la que hace unos días disfruté en el restaurante Ricard Camarena la conformaron:

Unas picantes vainas de haba al vapor con emulsión de aceite de anchoa. Una versión mejorada, por más nuestra -evocaba tanto a unas aceitunas rellenas de anchoas que lamenté no tener en la mesa un vaso de vermut- de los edemames picantes de Dabiz.

Una velouté de pollo con Jerez y hojas de limonero que, por su textura, sabor y aroma, sin duda, merecería un “upgrade” de aperitivo a plato de menú.

Dos pequeños-grandes bocados:

Un maki-tártaro de 9 (piel de calabacín asada rellena de filete tártaro, requesón, frambuesas y alcaparras); y
Un bikini nórdico de 10 (nabo, rábano, nueces y cremoso de huevas de salmón).

Una interesante composición de cebolla asada, anchoa, ajo negro y trufa, a la que una anchoa algo deslavazada -el bocado pedía más punch, más sal- le cerraba las puertas del “ísima”.

Dos pequeños-medianos bocados:

Una alcachofa frita con pimientas y cremoso de hinojo de 8 -¡Más especias, más madera, Ricard!-; y
Un taco de remolacha asada con cremoso de anguila y eneldo de 7. Si el emparedado fuese de piel crujiente de anguila, estoy convencido de que estaríamos ante un bocado de 11, pues el cuerpo, el paladar pedía más anguila, más untuosidad.

Una notable zanahoria asada con coco, comino y cilantro.

Un excelente hatillo de acelga, corvina en adobo, brotes de perejil y nabo.

Un impecable servicio de pan (de centeno de elaboración propia) y aceite (arbequina de Castellón y picual de Jaén).

Una maravillosa ostra valenciana -tendrán más fama, pero un servidor prefiere las ostras y los arroces de la Albufera a los del Delta- con aguacate, shichimi, sésamo y horchata de galanga. Sin duda, una de las mejores ostras elaboradas que he comido.

Un perfecto plato de berenjena a la llama (ahumada pero de textura tersa), ventresca de atún, rillette encurtida (con alcaparras y aceitunas negras) de atún, mojama y brotes de albahaca. Un plato perfecto pues, cual alquimista, Ricard convertía en sutiles y delicados a dos productos sabrosísimos pero de lo más rudos.

Una redonda -de 10 o de tripe 0- composición de col verde, cebolla confitada, chipirones, su jugo encebollado y trufa.

Unos magníficos guisantes valencianos -nada que envidiar tienen a los nuestros, a los del Maresme-, con pesto (con complejo de curry -¡Bravo!-) de hierbas, y cigalas.

Una brutal raya estofada con alcachofas ecológicas (al natural y su ravioli), romero, yuzu y naranja. Una fresca pero sabrosísima y profunda raya “mediterránea” en contraposición a las “continentales” que suelen servirnos (con mantequilla tostada y alcaparras).

El que será, seguro, uno de los arroces de 2016: arroz bomba de la Albufera (más pequeño que el del Delta) con trompetas de la muerte, enoki, brotes de ajedrea y trufa de Castellón -dada su calidad (a la par, o primus inter pares respecto las de Graus, Solsona o Berga) ya tocaba que, tras tres intervenciones, le dedicase unas palabras-. Un arroz de 10 al que el consomé de gamba, que a la mitad de su degustación se servía, convertía en un servicio de 11.

Un muy buen plato de patos: taco (cogollo) de confit de pato, membrillo, pomelo, shichimi y menta, y pato salvaje (el perdigón que llevaba incluido era la prueba del algodón) con espinacas al vapor, castañas y vermut; que, no obstante, y a mi entender, no tenía la Intensidad, la profundidad suficiente como para ser el colofón de la parte salada del menú.

Un excelente postre de mango maduro -¡Y qué mango!- con cremoso de mango, curry verde, citronela, menta, cilantro, albahaca y crujiente de sésamo.

Una grandiosa chuche: remolacha, frutos rojos (arándanos, fresas y fresitas), leche fresca y eneldo.

Un colosal composición de turrón de jijona, limón (merengue helado y crema), tomillo (panna cotta), miel y trufa.

Y unos muy buenos petit fours (meregue seco de Ferrero Rocher, corte helado de turrón de jijona y limón, merengue de frambuesa con crema de galleta, y calabaza asada con jengibre, yogur y shiso) que acompañaban a un correcto café (Lavazza) -una pena a tenor de lo poco que cuesta ofrecer uno (e.g. Cafés El Magnífico) para el recuerdo-.

En definitiva, una Estrella hoy, y dos o tres mañana, pero, por encima de todo, Ricard Camarena -restaurante y, sobre todo, cocinero- es un nombre que no puede no figurar en vuestra agenda.

Bodega: Los mejor de sus 200 referencias, sus precios y Alba. Y Alba, acertadamente, me descubrió una peculiar Monastrell “atlántica”: Los Frailes 1771 2012 (Monastrell), Bodega Los Frailes, D.O. Valencia.

Precio: 120€ (Menú Ricard Camarena (105€) + bebidas). Otros precios: Menú Degustación (90€ + bebidas) y Menú Corto (75€ + bebidas).

En pocas palabras: LA COCINA DE AUTOR más barata de España.

Indicado: Para descubrir y disfrutar de uno de los mejores cocineros de nuestro país. Los Roca, Roca y Roca regentan el mejor restaurante del mundo, pero si Aduriz, Vilà y Camarena cocinasen en unos mismos fogones, tened por seguro que estaríamos ante el mejor restaurante de la historia.

Contraindicado: Para los que todo es brocha gorda salvo que esté firmada por cocineros cotizados (bi o tri-estrellados).

Sumsi 4, Valencia.
963 355 418