miércoles, 5 de agosto de 2015

Mont Bar

Tras un pujante -50 crónicas en 5 meses son muestra de brío, y hasta de vigor- despertar de su letargo –gracias por la fuerza, expresada como confianza, que me habéis transmitido- esta bitácora pensaba tomarse un agosto sabático.

Vacaciones como cronista –no confundir, como más de uno hace por intereses espurios, con corista-, que no como comilón –la cabra siempre tira al monte-, que debían traducirse en dejar por unas semanas la cámara y el bloc de notas en el cajón, en cambiar esferas por paellas y, sobre todo, en disfrutar más de la comida -¿Qué cómo se hace? Pues comiendo más con el corazón que con la razón-.

Pero por culpa -¡Bendita culpa!- del almuerzo que me regalé la pasada festividad de Santa Marta, por cierto, patrona de la hostelería, en el restaurante Mont Bar, me he visto obligado a poner tal propósito por unos días en barbecho.

Y así ha tenido que ser pues, casi todos los platos probados hace una semana en el restaurante Mont Bar merecen un reconocimiento, aunque sea a través de fotos malas –al no estar prevista la crónica, iba con lo puesto ¡¿Qué sería de nosotros sin los móviles!?- y apuntes breves -pues me conocéis, sabéis que no lo serán tanto-.

Reconocimiento a toda una carrera, que en algunos casos llega a su fin, o a fulgurantes apariciones que, más que probablemente, se convertirán en algunos de los “Greatest Hits” de la próxima temporada de la escena gastronómica barcelonesa.

Reconocimiento a unos platos que, sin duda, Iván, Ana, Marta y Domenico deben hacerse suyo.

¿Y cómo empezó todo? Poca sorpresa aquí: con un vermut Yzaguirre (de botella y no de tirador, y sin sifón -¡Qué memoria, Albert!-) disfrutado en su agradable terraza.

Al que acompañaron, todavía sentado en el chaflán de las calles Aribau y Diputació, un excelente buñuelo de bacalao -¡Qué suavidad, gustativa y al tacto, le confiere la patata al tenedor que encierra!- con alioli de membrillo. Un buñuelo al que, según me comentó Iván, le quedan dos telediarios. ¿Qué te hemos hecho, Iván, para privarnos de uno de los mejores (junto con el de Bar Bas) buñuelos de la ciudad?

Y una croqueta de jamón que, por su untuosidad e intensidad ibérica, también merece contarse entre las mejores de la City –tranquilos, ésta se queda, que en Barcelona con las croquetas no se juega-.

Ya en el acogedor comedor del restaurante Mont Bar, y resguardado de la canícula, dieron forma a mi almuerzo/merienda/cena –mi voracidad puede que rivalice con la del Monstruo de las Galletas, pero tras el siguiente festín, por la noche tocaba ponerse el hábito de Santa Teresa-:

Un muy buen pan rústico del Forn de Sant Josep, regado con el excelente coupage de argudell, picual y frantoio que ofrece el aceite ampurdanés de Clos de la Torre.

Un recién llegado que, de pulir algunos detalles, estoy seguro que dará mucho y bien de qué hablar. Dentelle de maíz con crema de tamarindo (demasiada, por invasiva), virutas de cacahuete (mejor hacer intervenir al cacahuete como crema, pues así solventaría la carencia de grasa, de hilo conductor de sabor del que adolece el bocado) y curry rojo con yogur. En definitiva, un aperitivo atractivo y todo un alarde técnico, pero que requiere de más concepto (unas virutas de piel de pollo crujiente podrían ser el punto de partida hacia una divertida versión de una croqueta de pollo al curry o de tortita de payés) para tener más futuro que presente.

Otro recién llegado al que, en cambio, le auguro menos futuro que al aperitivo anterior pues, dentro de otro alarde de técnica se escondía un batiburrillo de concepto difícil de desentrañar. ¿Qué quería ser este Boca Bit (galleta de arroz y tinta de calamar), con yogur, polvo de alga codium –desaparecido-, sardina ahumada, cilantro y mango? ¿Un plato profundo o uno fresco? ¿Un bocado digno de Aponiente, o una más que libre interpretación de los ceviches? ¡Decídanse! Pues a un restaurante como Mont Bar le exigimos algo más que sus platos estén buenos.

Tras dos bienvenidas, una despedida, eso sí, con honores, y no por ser uno de los platos del restaurante Mont Bar que más me guste, sino pues es uno de los que más alegrías, en forma de reconocimientos, ha regalado a Iván y sus chicos, y chicas. Estamos hablando, claro, de foie a la plancha sobre briox tostado de manzanilla –lo mejor del plato- emborrachado con Caligó, (vi de boira) texturizado y acompañado con crumble de cebolla.

Unas magníficas gambas de Blanes perfectamente cocinadas a la espalda. Un plato que, como la bodega del restaurante, ilustra la generosidad de Iván. La pedagogía, el proselitismo gastronómico debe hacerse siempre desde la calidad, pero en tiempos de crisis también desde la generosidad. ¿No mediréis que no es generoso cobrar 9€ por una gamba cuyo escandallo supera los 5€ y que, de comprarla –si es que la encontramos- nosotros en el mercado nos costaría casi 7€?

El que estoy convencido será uno de los platos estrella de la escena gastronómica barcelonesa la próxima temporada 2015-2016: espadeñas a la carbonara. Una carbonara para el recuerdo, pera disfrutar –no como la del Disfrutar-.

Un excelente plato de temporada que hace que hasta un amante como un servidor de las estaciones menos cálidas arda en deseos que el verano no termine: gazpacho de remolacha –agradable y acertadamente subido de pepino- con aguacate, lima, anguila ahumada y helado de horchata. Prodigioso equilibrio de untuosidad, profundidad y frescura para el gazpacho del verano.

No desaparecerá –sería casi como matar la gallina de los huevos de oro-, pero sí mudará, buscando la complejidad de sabores que le falta, su afamadísima ventresca de atún D.O. Balfegó ligeramente marinada en salsa teriyaki y ahumada, matizada con lágrimas de praliné de piñones y brotes de manzana.

Entran, y también pisando muy fuerte, los raviolis de daikon rellenos de crema y pipas de calabaza, y aderezados con dados de calabaza en crudo, esferas de queso Payoyo, consomé de setas y lima kéfir, y trufa de verano –en invierno, este plato será para llorar-.

Una versión mejorada –que no es moco de pavo- del steak tartar de la escuela Vilà (Alkimia o Vivanda), esto es, aderezado con anguila ahumada y mantequilla de café. Y digo mejorada pues no se abusa de la anguila ahumada (como en ocasiones sucede en el restaurante Vivanda), la mantequilla de café gana galones y protagonismo expresada como una salsa Café de París subida de café, y acompañan al conjunto unas perfectas mini-patatas suflé. Sin duda, uno de los mejores tártaros de Barcelona.

Un buen, en valor absoluto, y perfecto tras la comilona, sorbete de pomelo con sus lágrimas nitro.

Una composición de pepino, jengibre, menta, lima y yogur de la que resultaba un postre tan complejo como refrescante. Un postre muy Vilà, ergo, de altura.

Y para terminar, su ya clásica -y que todo hijo de vecino debería probar para poder distinguir entre versionar y pervertir- versión del tiramisú. Pocas versiones del tiramisú están a la altura de la receta original –aunque son menos las veces en que se encuentra ésta bien elaborada-, pero esta espuma de mascarpone, cubierta con una cúpula nitro de chocolate blanco y trufa negra y acompañada de unos melindros empapados en capuccino y de unas galletas rotas de Amaretti y cacao lo está.

En definitiva, un cálido interiorismo, un equipo (de sala y cocina) que sabe lo que hace –triste es el escritor que escribe más de lo que lee, como pena dan los cocineros o maîtres que solo conocen lo que se cuece en su casa- y un propietario que es un restaurador como la copa de un pino han hecho del restaurante Mont Bar una de las grandes revelaciones de los últimos dos años, pero cuyo techo está todavía muy lejos.

Bodega: Como su cocina, la bodega del restaurante Mont Bar trasciende, y mucho, la de un bar, pero también la de muchos, la de la mayoría de restaurantes. En este sentido, al homenaje gastronómico, lo acompañó otro enológico de la mano de la madrileña garnacha de la Reina de los Deseos 2011 (Uvas Felices).

Precio: 100€ (un chollo a tenor del pantagruélico almuerzo y del vino escogido para regarlo). Precio medio: difícil de definir, pero del restaurante Mont Bar uno puede salir la mar de contento pagando 30€ o 100€.

En pocas palabras: Se llama bar, cuando es mucho más que un restaurante.

Indicado: Para confirmar que la trascendencia gastronómica no entiende de corsés.

Contraindicado: Para los que pagan por dónde (ya sea estrellados, de postureo o de postín) les sirven y no por lo qué y cómo les sirven.

Diputació 220, Barcelona.
93 323 95 90

PD: Aunque la propuesta gastronómica del restaurante Mont Bar puede que invite más a una cena, os recomiendo visitarlo al mediodía, pues su cocina merece el sosiego que este turno brinda.

PD2: Os desearía felices vacaciones, pero como me temo que, afortunadamente, algún que otro ágape de los que me regalaré este agosto me obligará a seguir en contacto con vosotros, me limito a desearos un feliz fin de semana.

martes, 28 de julio de 2015

Manairó

El restaurante Manairó era la única Estrella Michelin barcelonesa que no brillaba en esta bitácora. Falso, tampoco encontraréis ninguna entrada sobre el restaurante Via Veneto, pero es que los viajes en el tiempo suelo hacerlos sin cámara ni bloc de notas en mano, no fuera a ser que rompiese el continuo espacio-tiempo.

Laguna que traía causa no en el desconocimiento de la cocina de Jordi Herrera, sino en el hecho que, en mi única visita al restaurante Manairó (en 2008 y justo la noche en la que lo bendijeron –aunque muchos restauradores renieguen de ellas, ayudan a pagar muchas facturas- con la Estrella que sigue luciendo) su menú degustación me dejó tan frío como esa noche de noviembre.

No sé si será porque ese día tenía las papilas gustativas constipadas, porque Jordi tenía la cabeza en otro sitio o porque el restaurante Manairó ha dado, no un paso sino un salto propio de Carl Lewis hacia delante desde esa fecha, pero sensaciones bien distintas –antagónicas- son las que me ha dejado el menú recién disfrutado y del que, en un suspiro, os daré cuenta.

La brevedad recién apuntada no será hoy un vacuo recurso estilístico y, así, tras unos apuntes sobre Jordi Herrera, su restaurante Manairó y su tripulación, descubriréis una cocina a la que, estoy seguro, querréis hincar el diente.

Me gusta del restaurante Manairó que:

Lejos de hacerle dormirse en los laureles –como en tantas ocasiones sucede-, de resultas de la concesión de la Estrella, Jordi Herrera está dando lo mejor de sí.

Su cocina tenga identidad, la que le confiere Jordi. Un concepto, el de cocina con identidad que, a mi humilde modo de entender, trasciende tanto al de la cocina con personalidad –mucho más genérico- como al de la cocina de autor –vacío de carga cualitativa, pues autores lo son todos, y “haylos” de buenos, pero también de malos-.

En sus platos las recetas se pongan al servicio del concepto.

Su concepto gastronómico sea sabor, sabor y sabor, aun a sabiendas que, con tal receta, puede dejar por el camino a más de un comensal. Me entristecen y son todavía más tristes las propuestas gastronómicas de aquellos cocineros que quieren gustar a todos.

Su sala -por cierto, agradablemente poblada por locales como pocos estrellados de nuestra ciudad- esté impregnada de la identidad del restaurante –para más detalles, deberéis sentaros en alguna de sus acogedores mesas-.

Su equipo, liderado en cocina por Roger (cocinero del que Jordi se quedó prendado cuando era su maestro en el CETT y que, desde los inicios del restaurante Manairó ha sido su mano derecha) y en sala por Enrico y Mónica, actúe como tal y no como una banda de mercenarios –los hay en todas las profesiones, pero lo de los fichajes galácticos en la restauración tienen bisos de terminar peor que los futbolísticos, esto es, en restaurantes sin alma, en S.A.G. (Sociedades Anónimas Gastronómicas)-.

Sus menús degustación sean de los mejores de Barcelona en términos de relación calidad-satisfacción-precio.

Al mío, el largo –la operación bikini la dejo para las que se los ponen o para los que prefieren una tableta de abdominales a una de chocolate al 99% de cacao-, le dieron forma:

Unos “Boca Bits” de lujo en forma de unos crujientes de “cap i pota” con curry.

Un segundo aperitivo que, por calidad, tendría ganado el estatus de ración, de plato. Papada de cerdo cocinada a baja temperatura y acompañada por una emulsión de judías secas con aceite de ajo quemado y laurel y falsas huevas de arenque –lo único sobrante del bocado, por irrelevantes-.

Una pizza frita –los abogados sabemos que las cosas no son lo que dicen las partes, sino lo que realmente son y, en sentido, esto era un buñuelo- de gorgonzola, aderezada con virutas de queso manchego –desaparecidas, aunque tampoco veo muy claro su rol-, y tomate aliñado con trufa y orégano –que el orégano se comiese a la trufa es síntoma que de la primera había muy poca o que ésta no era ni de Soria ni de Graus- tan resultona como simplona. Como en el caso del chupito de pan con tomate y longaniza del restaurante Alkimia, creo que la cocina de ambos Jordis ha superado, y con creces, el nivel de estos aperitivos que los acompañan desde los inicios y que, a pesar de las alegrías y aplausos que les han regalado, deberían guardar ya en el baúl de los recuerdos.

Un buen servicio de pan (blanco y de semillas) de elaboración propia, bien acompañado por la picual jienense de Orze-Oliva.

Una tan interesante como sabrosa versión de la menier, en este caso, de congrio y caballa, expresada como un tataki de caballa acompañado por un granizado de limón y mantequilla, las espinas crujientes (fritas) del congrio y una romana. Y he dicho versión de la menier, pues así se presentaba, aunque, en boca, y por el dominio gustativo del limón y la fritura, más evocaba a una andaluza.

Un buen gazpacho, agradablemente –y acertadamente- subido de pepino, acompañado por una gelatina de fondo de pescado, esferas de vermut y unas escamas crujientes de corvina que hacían perfectamente las veces de picatostes. Un plato perfecto, un fresco y sabroso descenso, para recuperar un paladar que ya acumulaba demasiados bocados de categoría especial -¡Cuánto echo en falta el Tour!-.

Una composición de cocochas de calamar, pil-pil por partes (emulsión de ajo y aceite de perejil) y ajos tiernos bellísima y todavía más sabrosa.

Un colosal caldo de calamar (su secreto, contado por Roger, un buen calamar, una buena cebolla confitada y una olla de hierro –con tanta antiadherencia estamos perdiendo la esencia de algunos sabores que solo se encuentra en esos fondos ligeramente enganchados-), perfectamente acompañado por una flor de guisante y el propio calamar en crudo. Un plato de 10 -¡Qué coño, de 11!-.

Unos golosísimos callos de congrio con butifarra negra de rape y sepia (y su tinta), y judías blancas. Un plato que, sin duda, podría figurar en el mejor de los menús servidos en el restaurante Aponiente. Solo imaginarme una eventual versión de otoño-invierno con lamprea y una butifarra negra hecha con su sangre me pongo… -ya podéis imaginar cómo, y seguro que no soy el único-.

Un buen ravioli de foie, acompañado por parmentier, emulsión de trufa y aceite de café. Un plato que, por su untuosidad y sus notas gustativas, me evocó a un tiramisú, lo que me llevó a plantearme que, si de potenciar este vínculo, por ejemplo, con un toque de ralladura de almendra amarga (potenciaría un café privado de algo de su amargor y restaría algo de potencia grasa al plato), estaríamos ante una composición todavía más redonda.

Una magnífica versión de los huevos estrellados, en forma de unos falsos calamares a la romana de huevo, acompañados con butifarra negra de cebolla y patatas panadera. A mi entender, presentar la reina de los tubérculos como crema o emulsión sería una apuesta doblemente ganadora, pues, además de ofrecer una mayor complementariedad de texturas, su apariencia de mayonesa reforzaría la imagen de este trampantojo de calamares a la romana.

Un sui generis –en la mejor acepción del concepto- filete (de ternera gallega y perfecto en su punto de cocción) faquir (cocinado a la llama sobre clavos ardiendo) con tirabeques, zanahoria y patata. Y es sui generis –aunque debería ser la norma-, pues Jordi trata el filete como lo que es: una magnífica textura, un gran conductor de sabores, en definitiva, el mejor de los lienzos; en este caso, para plasmar una oda al humo y al Mediterráneo.

Un buen gin-tónic de fruta de la pasión.

Un notable, aunque algo falto de punch, agrio de fresas (maceradas con vinagre) con helado de pimienta y nata nitro.

Una interesantísima composición gustativa de queso de cabra, cacao, limón y dulce de leche que, a mi entender, brillaría muchísimo más de optarse por un distinto equilibrio de sabores y texturas, pues un bizcocho exprés de chocolate (algo pasado de cocción), una tierra de cacao, una crema de dulce de leche, una gelée de limón y un helado de queso de cabra entendí que no remaban todos en la misma dirección. Una –mía, humilde e insignificante- sugerencia: cremosos de queso de cabra, sorbete de cacao, bizcocho exprés de limón y esferas de dulce de leche.

Un correcto trío de petit fours (galleta de almendras y nueces, coco y golosina de piña colada) en el que la que más brillaba era la última.

En definitiva, un restaurante que a nadie causará indiferencia y que de la mayoría arrancará un sonoro aplauso.

Bodega: Carta de vinos demasiado discreta y humilde para la cocina que pretende regar. Y hasta tal punto lo es, que me quedé con sus correctos vinos de la casa: unas garnachas, blanca y negra, de la Terra Alta, que responden al nombre de Desordre (unos vinos que solo encontraréis en el restaurante Manairó).

Precio: 110€ (Menú Manairó (90€) + bebidas). Disponen de otro menú degustación algo más corto (70€), y también puede comerse a la carta (precio medio: 40€-50€ + bebidas).

En pocas palabras: Sabor con nombre y apellidos.

Indicado: Para los que comemos con la boca, pero también con la cabeza y con el corazón.

Contraindicado: Para los de la cultura del “Blockbuster” y el “Best Seller”.

Diputació 424, Barcelona
93 231 00 57

jueves, 23 de julio de 2015

Cubica

Pese al boom gastronómico –hago mío el cantar de los pájaros de mal agüero que pronostican que éste terminará peor que el inmobiliario- que estamos viviendo, debo confesaros que, no es tarea sencilla ofreceros un par de reseñas por semana sin recurrir a la agenda.

Para tal propósito, en ocasiones tiro de ránquines, también, con más asiduidad de la que querría, me sumo al carro de ilustres opinadores (palabro recientemente aceptado por la RAE), aunque no son pocas las ocasiones en las que me tiro a piscinas, muchas veces vacías –y vaya ostias que me llevo-.

Y, en este sentido, la crónica de hoy trae causa en un posicionamiento Top 10 en Trip Advisor –un portal en el que solo los neófitos pueden creer- y en la generosísima crítica que uno de los más respetados “bloggers” de nuestro país le dedicó al restaurante Cubica hace unas semanas.

A modo de “spoiler” os diré que, no estar alineado con un ranquin tan oscuro como los restaurantes que aúpa no solo no me preocupa, sino que me congratula. Sensación bien distinta es la que me embarga cuando, cada vez con más frecuencia, discrepo de observaciones que cada día lamen más que muerden.

Lanzada ya una primera piedra –me temo que más que piedra será boomerang-, toca ponerse manos a la obra –que ya os avanzo, terminará en lapidación- sobre mi experiencia en el restaurante Cubica.

Restaurante Cubica: un restaurante del barcelonés barrio de Sant Gervasi que, de la mano de Matteo Gavazzi (cocina) y Andrea Clerici (sala), inició su andadura hace, apenas, tres meses.

Cubica: un restaurante italiano –ya me permitiréis la pueril y asonante rima- de cabo a rabo. Y así es pues: ofrecen –o así lo pretenden- una cocina italiana contemporánea, en su bodega solo encontraréis vinos transalpinos, su personal, con un par de excepciones, nació en la bota de Europa y, el ambiente que se respira, es genuinamente italiano, esto es, “buenrollismo” a las maduras y “altivismo” a las duras.

Y de adentraros en el restaurante Cubica, ¿Qué encontraréis?

Pues…

Un acogedor interiorismo de estética industrial, en el que convive –sobrevive- una cubertería Zwilling con una mantelería 100% reciclable –cuando uno paga 50€ por barba, espera algo más que trozos de servilletas reciclables enganchadas en su incipiente barba-.

Y una propuesta gastronómica que, tirando de dos pedazos de sabiduría popular aprendidos de mi “Padrí“ (los abuelos para los ilerdenses) –del que también he escuchado en innumerables ocasiones aquello de “Eduard, es más barato comprarte un traje que invitarte a comer”-, podría resumirse en “arrencada de cavall, frenada de ruc” (arrancada de caballo, frenada de borrico) y “buen negocio haríamos comprándolos por lo que valen y vendiéndolos por lo que creen que valen”.

Y tan severa introducción trae causa en una cena que comenzó a las mil maravillas de la mano de:

Un Aperol Spritz y unas aceitunas (arbequinas y muertas de Aragón) disfrutados en la barra situada en la entrada del restaurante Cubica mientras me zambullía en sus cartas.

Un buen pan de aceite de elaboración propia al que deslucía el vulgar aceite que lo regaba.

Un “steak tartar” para el recuerdo. Sin duda, lo mejor de la cena, pues un solomillo de ternera perfectamente cortado a cuchillo y magníficamente aderezado con limón y pimienta y acompañado con una mayonesa de espárragos, rúcula -¡Y qué rúcula! Delicadamente amarga, y no astringente como con las que suelen castigarnos en la mayoría de restaurantes- y Grana Padano, se me antoja como el perfecto tártaro de verano (una suerte de matrimonio entre un tátaro belga y un carpaccio). A pesar de los pesares -¡Qué grande era Goytisolo!- un plato que justifica la visita al restaurante Cubica. Y la justifica pues el único pero que puedo encontrarle a este gran “steak tartar” es que se optase por un Parmesano de baja curación en vez de un buen Reggiano que le hubiese aportado un óptimo punto de salazón. Y enrollándome algo más, y pues la crónica es muy reciente, os diré que este aliño le iría como anillo al dedo a una carne con mucho más punch, pongamos, por ejemplo, que hablamos del tártaro de Bos Taurus Ibericus del restaurante Can Xurrades -¿Oído, Rafa?-.

Unos muy buenos “Tagliolini alla scoglio”, esto es, unos tallarines con mejillones, almejas, tomate fresco, albahaca y un fondo de pescado agradablemente –aunque no para todos los públicos- subido de picante. De tener que ponerle un pero sería que, si el matrimonio perfecto del pesto son los penne y el de la carbonara son los spaghetti, el del fruto di mare son los spaghettini.

Y, colorín, colorado, como el cuento, aquí lo bueno se ha acabado.

Y así es pues…

Su ravioli de mar es un plato tan poco lúcido como lucido. Ni puedo ni quiero negar ni la calidad de la pasta del ravioli ni su buen acompañamiento (una suerte de salmorejo con aceitunas negras y albahaca), pero pretender que un relleno de lubina y pargo, excesivamente acidulado y texturizado, tenga algo qué decir se me antoja como una quimera. Sin duda, de otro cantar hablaríamos si el relleno del ravioli hubiese sido de pescados de roca o de mariscos –no solo aguantarían el punch del acompañamiento, sino que se complementarían- o de mozzarella –con el que se ofrecería una más que interesante versión de la clásica caprese-.

El plato de pulpo frito con calabacín y su flor en tempura de azafrán es uno de los platos más pesados que he comido en mucho tiempo. En este sentido, no sabía si me estaba comiendo lo que rezaba la carta o un lomo con patatas fritas en un bar de carreta propio de “Pesadilla en la cocina”.

Y, para terminar de ir de culo y cuesta abajo, su tiramisú –el postre más maltratado de la historia y que todo hijo de vecino se atreve a versionar, a pervertir-. En este caso, la perversión del restaurante Cubica es hacer pasar por tiramisú una espuma de mascapone con melindros secos y cacao –una suerte de vaso de pastel de cumpleaños-. ¿Dónde estaban la yema, el café y el Amaretto, esto es, el alma del tiramisú? Ya os lo diré yo, desaparecidos en combate.

En definitiva, un restaurante que ejemplifica perfectamente la disyuntiva entre el ying y el yang pero que, por desgracia, tiende al lado oscuro. Matteo, Andrea, atended más a Obi-Wan Kenobi, que la fuerza y el talento para ser Jedais las tenéis.

Bodega: Carta conformada por una decena de referencias transalpinas bastante anodinas y todavía más caras. Mi elección: Heba Morellino di Scansano 2012 (Sangiovese y Syrah). Fattoria di Magliano. DOCG Toscana.

Precio: 50€. Precio medio a la carta: 25€-35€ + bebidas.

En pocas palabras: Menos lobos “Cappuccetto”.

Indicado: Para disfrutar del tártaro del verano o para los que quieran reafirmarse en que su italiano es La –cualquiera de ellas- Tagliatella.

Contraindicado: Para los que han comido en Due Spaghi, Xemei, Bacaro o Massimo –mi póker de italianos de cabecera en Barcelona-.

Regàs 30, Barcelona.
935 124 800